Łączna liczba wyświetleń

środa, 27 października 2010

TABERNERO SUCIO - INCRÉDULOS ILUSTRES

TABERNERO SUCIO

La sola corrupción de costumbres, si no se ha extinguido ya del todo la luz de la fe, deja al menos la esperanza de la enmienda; mas, si unir la perversidad de costumbres y la falta de fe e ignorancia, ya es casi imposible el remedio y sólo queda abierto el camino de la ruina. (Pío X)

En un pueblo, habíase una vez un tabernero. Un día le faltó el vino. Siempre ajetreado, viendo ahora a muchos clientes sedientos, se desesperaba, pobrecito, sudaba a chorros. Sin que se bañase ni cambiase, tan sucio como estaba, con traje de trabajo lleno de manchas de grasa, subió al carro y se dirigió a la ciudad vecina, a la tienda de vinos más distinguidos, para comprar allí algunos barriles. Iba probando todos los vinos que se le ofrecían, pero ninguno le satisfacía.

- No hay nada que decir… es un vino bueno… es vino bueno pero …    pero tiene un olor…

Iba probando aún más clases de vinos muy exquisitos, pero todo en vano: todos los vinos le olían mal.

El vendedor sacó entonces el mejor de sus vinos. Era por demás. La respuesta era la misma:

- Es un vino muy bueno… pero también tiene un olor…

Entonces el comerciante examinó de más cerca al cliente, cuyo vestido estaba lleno de grasa, frunció el ceño, se tapó la nariz y le dijo:

- Ah, Amigo, antes vuelva usted a casa, quítese este vestido hediondo, lleno de grasa vieja, de aceite rancio, de manchas antiquísimas, póngase otro limpio y entonces venga otra vez y dígame si todavía sigue sintiendo un olor… al probar el vino…

INCRÉDULOS ILUSTRES
El pueblo cesa de creer en Dios cuando cesa de ser virtuoso. 
(Claude Piat)

Ocurrió en el salón de Chateaubriand, uno de los escritores más célebres de Francia en el siglo XIX. Los invitados eran en su mayoría sabios y artistas incrédulos. Y se habló de la religión - ¡cómo ocurre con frecuencia entre los incrédulos! – y sacaron la conclusión de que el hombre instruido no puede ya ser creyente. Entonces se levantó Chateaubriand y dijo:

- Señores, pónganse la mano sobre el corazón. ¿No volverían otra vez a ser creyentes si supiesen vivir una vida pura?

Los incrédulos engreídos quedaron atónitos. De veras, más cómodo les era vivir como si Dios no existiera, tampoco el premio por el bien ni el castigo por el mal. ¿Cómo vivir frívolamente y deshonestamente creyendo que hay un Ojo que siempre ve y Alguien que lo sabe todo y lo juzga todo? Pero, ¿negar las realidades hace que ellas desaparezcan? La vida del hombre pasa volando, el juicio espera. Dios es el Juez justo que premia el bien y castiga el mal. 


Cfr. Mons. Tihamér Tóth, Creo en Dios (Razonemos nuestra Fe 1), 
Editorial Poblet, Buenos Aires 1944, pgs. 50-51.

Brak komentarzy:

Prześlij komentarz