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sobota, 23 października 2010

UN MAL COMUNISTA

Hagamos la guerra al que nos reprende porque violamos la Ley; nos recuerda cómo fuimos educados y nos echa en cara nuestra conducta. Pretende conocer a Dios y se proclama hijo del Señor. No hace más que contradecir nuestras ideas, y su sola presencia nos cae pesada. Lleva una vida distinta a la de todos y es rara su conducta. Nos considera unos degenerados, creería mancharse si actuara como nosotros. Habla de una felicidad para los justos al final y se vanagloria de tener a Dios por padre. 
(Sabiduría 2,12-16) 


El impío desde siempre odia al justo, y entre el bien y el mal existe un abismo irreconciliable. Eso ocurrió durante la guerra civil española, en el año del Señor 1936. Los comunistas, respirando odio contra la santa Iglesia católica, atraparon a un piadoso sacerdote, muy anciano ya y achacoso. Sin que les importara su venerable edad y su miserable salud (el reumatismo atormentaba sus miembros de tal manera que tenía que ayudarse con un bastón), se lo llevaron consigo hacia Madrid, todo esto en medio de burlas, blasfemias y maldiciones. 

Ahí esos incrédulos lo entregaron a su tribunal ladronesco y bajo amenaza le obligaban a que renunciase de la sacrosanta fe católica. No lo pudieron conseguir, ni por buenas, ni por malas. 

- ¡Ciudadano, jure usted que Dios no existe, reniegue de su fe! – instaban los comunistas maldiciendo y blasfemando contra el inefable Nombre de Dios. 

Entonces el sacerdote empezó a presentarles las razones a favor de la sensatez de la fe y demostrándoles sabiamente la insensatez de su bruto ateísmo. En consecuencia, los injustos jueces se enfadaron más todavía y - ya sin rodeos - comenzaron a ensañarse con él amenazándolo abiertamente con la muerte si no abjurase de su fe en Dios. En aquel momento, el sacerdote dijo calmadamente: 

- ¿Cómo negar la existencia de Dios si Él nos mira ahora y ve nuestras obras? 

Entonces el cabecilla de los comunistas se puso en pie de un salto y a sus muchos pecados quería añadir uno más todavía - he aquí, echando fuego por los ojos, sacó su revólver, lo arrimó al corazón del sacerdote y le gritó furibundo: 

- ¡Reniega de tu fe en Dios, o te mato ya! 

El sacerdote se levantó a duras penas, agarrándose por el tablero de la mesa, y dijo con fuerza y claramente: 

- Creo en Dios Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra… 

Del rostro del testigo de Cristo emanaba una luz cuya fuente puede ser tan solo la Verdad misma. El renegado empedernido, ya que antes de haber llegado a ser apóstata habrá nacido católico seguramente, echó su pistola por el suelo, golpeó con la mano en la mesa y exclamó: 

- ¡Yo no puedo matar a este hombre…! 

¿Acaso alguien sabrá qué ocurrió después? ¿Qué habrían pensado los demás camaradas sobre su compañero que permitió que un sentimiento más noble naciera en su corazón? ¿Que fue un mal comunista? Dios sólo sabe qué pasó con esos dos. Hoy ambos ya no viven más. Los dos saben ahora que Dios existe, que hay premio por el bien y castigo por el mal; ambos habrán recibido ya según merecieron sus obras. Pero esta historia vuelve a repetirse siempre y esta lucha no cesa jamás, hasta que – pasado el tiempo de la prueba – el abismo separe a los contrincantes; este abismo que ni el uno ni el otro jamás podrá franquear, según asegura el padre Abrahán al epulón rico sepultado en el abismo por falta de misericordia... 

Tras: Mauricio Rufino, Vademécum de ejemplos predicables 
(Editorial Herder), Barcelona 1962, N° 1099, pgs. 445-446.

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