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piątek, 18 marca 2011

FELICIDAD QUE SE FUE

Si uno quisiera ser feliz él solo, tal objetivo podría ser conseguido fácilmente. Pero uno querría ser más feliz que otros, y eso es dificilísimo, porque los consideramos a los demás más felices de lo que ellos son realmente.
Montesquieu
  
Muchacha con el plato, por Carl von Bergen
Había un hombre que de por sí debería considerarse feliz. No le tocó la suerte ni de ser demasiado rico ni la de sufrir extrema pobreza. Su esposa era prudente, linda y laboriosa - a veces se quejaba un poco, por los tiempos que le parecían difíciles. Sus niños eran sanos y buenos, un poco atrevidos, como todos los niños. El hombre tenía una linda casa con un trozo de jardín, nada grande pero para ellos suficiente. Su trabajo era seguro y tranquilo, relativamente bien pagado, aunque no como para derrochar el dinero. Tenía justamente tanto cuanto según los sabios es necesario para considerarse feliz.

Sin embargo, ese hombre no se sentía feliz. Peor todavía, ha llegado a la conclusión que era muy, ¡pero muy infeliz! Su frustración crecía día a día, llenándole de amargura su alma.

- Iré a buscar la felicidad, ¡qué me importa la familia!… - decidió un día.

Y abandonó su familia. Dejó su casa. Salió para recorrer el mundo, a lo desconocido. Ahí pronto conoció a muchos compañeros alegres. No les disgustaba tomar una copita... Perdía el tiempo del que dicen que vale oro, o quizá más, entregándose a una vida desordenada. Siempre en busca de felicidad. Probaba fortuna con una que otra cosa. Buscaba la felicidad, pero no la encontraba, tan solo se dejaba engañar por sus apariencias...

Corriendo así en pos de vanidades, desperdiciaba las fuerzas, echaba a perder los mejores años de su vida. Enflaqueció. Encalveció. Envejeció. Tan solo le quedaron unos pocos dientes. Su rostro se tornó pálido. Su modo desenfrenado de vivir le causó melancolía, cuya raíz eran sus remordimientos.

Viéndose desamparado así, el viejo pecador sintió el deseo de volver a su hogar. Acercándose a la casa que antaño abandonó, vio en su umbral a una figura hermosa, clara y fugaz, que le hacía con la mano señas de despedida, airosamente.

- ¿Quién eres tú? – preguntó el vagabundo esposo y fracasado padre.

- Soy la Felicidad a quien desafortunadamente no quisiste reconocer como tuya. Años enteros te esperaba en tu hogar pero no regresabas. Ahora me voy, porque tu tiempo para ser feliz ya ha pasado, estoy de sobra aquí. Esta vez soy yo quien te tiene que abandonar a ti. ¡Adiós para siempre, hombre ciego e infeliz!

Y la Felicidad estaba yéndose mientras desde el interior de la casa estaban llegándole al hombre unos llantos y lamentos fúnebres. Era su esposa difunta a quien lloraban. El trabajo durísimo y la suerte de una mujer abandonada con hijos por criar llenaron de amargura su vida abreviándola. Los hijos ya crecidos no reconocieron, o quizá no quisieran reconocer en este viejo demacrado a su infiel padre, que una vez los abandonó, desperdiciando su propia felicidad y la de los suyos.

 Adaptación tras: Tihamér Tóth, Cristo Rey o Jesucristo y Nuestro Siglo,
Buenos Aires 1944, p. 135.


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