Łączna liczba wyświetleń

środa, 30 maja 2012

PRÍNCIPE POLACO

Los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma. 
Catecismo de la Iglesia Católica 1030

Hubo un príncipe polaco, que por una razón política, fue exiliado de su país natal, y llegado a Francia, compró un hermoso castillo allí. Desafortunadamente, perdió la fe de su infancia y estaba, a la sazón, ocupado en escribir un libro contra Dios y la existencia de la vida eterna.

Dando un paseo una noche en su jardín, se encontró con una mujer que lloraba amargamente. Le preguntó el porqué de su desconsuelo. -¡Oh, príncipe -replicó ella-, soy la esposa de John Marie, su mayordomo, el cual falleció hace dos días. Él fue un buen marido y un devoto sirviente de usted. Su enfermedad fue larga y gasté todos los ahorros en médicos, y ahora no tengo dinero para ir a ofrecer misas por su alma.

El príncipe, tocado por el desconsuelo de esta mujer, le dijo algunas palabras, y aunque ya no creía en la vida eterna, le dio algunas monedas de oro para ofrecer una misa por su difunto esposo.

Un tiempo después, también de noche, el príncipe estaba en su estudio trabajando febrilmente en su libro impío. Escuchó un ruidoso tocar a la puerta, y sin levantar la vista de sus escritos, invitó a quien fuese a entrar. La puerta se abrió y un hombre entró y se paró frente a su escritorio. Al levantar la vista, cuál no sería la sorpresa del príncipe al ver a Jean Marie, su mayordomo muerto, que lo miraba con una dulce sonrisa.

-Príncipe -le dijo-, vengo a agradecerle por las misas que, con su ayuda, mi mujer pudo encargar por mi alma. Gracias al sacrificio de la Misa, ofrecido por mí, voy ahora al Cielo, pero Dios me ha permitido venir aquí y agradecerle por su generosa limosna-. Luego, agregó solemnemente: -Príncipe, hay un Dios, una vida futura, un Cielo y un Infierno-. Dicho esto, desapareció.

El príncipe cayó de rodillas y volvió a la verdadera fe. 

Fuente: Paul O’Sullivan, Léeme o laméntalo, pgs. 7-8. (texto levemente cambiado)

Brak komentarzy:

Prześlij komentarz