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sobota, 9 czerwca 2012

LOS TRES SUICIDAS

Incluso la más mínima oración a la Madre de Dios no queda sin respuesta. Ella goza recompensándonos aún los más pe­queños servicios con gracias abundantísimas.
San Andrés Corsini

El suicida, por Édouard Manet
Sucedió muy avanzado el siglo veinte. Tres jóvenes drogadictos eran el dolor de cabeza de su barrio: agre­sivos, ociosos, amigos de promover escándalos. Los ve­cinos se reunieron y les decretaron una “guerra fría” que consistía en que nadie los saludara, nadie los invitara a ninguna reunión, y nadie les proporcionara dineros.

Los tres drogadictos se dieron cuenta muy pronto de lo terrible que era vivir en un barrio donde nadie les demostraba estimación. 

Un día en medio de la más depresiva impresión de desprecio y abandono, se dirigieron a un río cercano que bajaba muy tumultuoso por las muchas y recientes lluvias, y desde un muro alto se lanzaron a las torrentosas aguas. 

Pero en ese mismo momento bajó una nueva y poderosa oleada de aguas lluvias, y los echó de manera impresionante hacia la orilla. Los tres se quedaron desconcertados, y a uno de ellos se le ocurrió una idea: 

- Esto se debe a la medalla de la Virgen que llevamos al cuello. Quitémonos esta superstición de nuestras madres y ya todo se arreglará. 

Y él y otro de los tres arrancaron con rabia de su cuello la cadenita con la medalla de la Virgen Santísima, y se lanzaron al torbellino del crecido río. Un turbión de aguas violentísimas los arrastró en medio de palos y basuras y desaparecieron en el abismo tormentoso. 

El tercer joven no se atrevió a arrancarse del cuello la cadena con la medalla de la Virgen, porque a pesar de sus maldades guardaba en su corazón el gran aprecio que su propia madre le había enseñado hacia la Madre de Dios y hacia su sagrada imagen. Y al ver desaparecer entre las turbias aguas a los dos compañeros de andanzas, se puso a reflexionar: 

- Así se los llevaron los vicios a la perdición. A mí me salvó la Virgen Santísima. Estuve a un minuto de mi condenación eterna y la Madre de Dios me libró de esta locura. 

Y se volvió a su barrio y a su casa.

En adelante cambió totalmente de conducta. Ya sin influjo de las malas compañías le quedó más fácil liberarse de la esclavitud de la droga. Tuvo la suerte de hacerse amigo de un grupo de catequistas de la parroquia, los cuales se propusieron ganárselo para el apostolado. Unas semanas después ya estaba ayudando al párroco en la enseñanza de la religión, y como “el que más aprende es el que enseña”, se fue convenciendo profundamente de las verdades de la fe católica, y obtuvo después que el sacerdote de su parroquia lo relacionara con una comunidad religiosa misionera, se fue con ellos y ya lleva varios años trabajando alegre y plenamente satisfecho y muy realizado, en las misiones del África. 

Según: P. Eliécer Sálesman, Ejemplos marianos, 
Editorial Centro Don Bosco, Bogotá, 7° Edición, pgs. 97-99.

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