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piątek, 8 czerwca 2012

UN MÉDICO Y UN MORIBUNDO

Ser devoto de María Santísima es señal segura de salvación. A quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace muy devoto de la Virgen María.
San Alfonso de Ligorio

 Estatua de la Muerte en
la Catedral de Trier
Dicen los santos Doctores, que a la hora de nuestra muerte tendrá lugar el postrero combate por nuestra alma. Para los demonios será la última oportunidad de arrebatarnos la eterna dicha, apartándonos del verdadero arrepentimiento. Por otro lado, nos vendrá en ayuda la Iglesia con sus sacramentos, los Bienaventurados con su intercesión, nuestros seres queridos con sus oraciones; de oficio nos defenderá nuestro ángel custodio, obviamente...

Recamier, el célebre médico, estaba atendiendo a un moribundo. Le hablaban de confesión al pobre enfermo pero éste se enfure­cía, y había que cambiar de tema. El médico se fue y pidió a varias personas devotas que le ayudaran con sus avemarías a convertir aquel enfermo. Un sacerdote se ofreció aquel día rezar el Rosario por ese pecador, y varias monjitas tam­bién.

Esa noche cuando con su familia, Recamier había termi­nado de rezar sus oraciones de la noche, los invitó a rezar tres avemarías por su moribundo. Los familiares aceptaron.
Al terminar se sintió un ruido estridente: era el reloj de la pared, al que se le había reventado la cuerda. Eran las ocho y treinta.

Al día siguiente volvió nuestro médico al lecho del enfermo. Encontró a todos muy consolados: “Anoche a las ocho y treinta el mismo enfermo pidió confesor y se reconcilió con Dios -dijeron los familiares-. Luego recibió la Sagrada Co­munión. El enfermo estaba feliz. Toda la noche estuvo re­zando con gran fervor. Esta mañanita se fue durmiendo y murió tranquilamente como persona que está en paz con Dios”.

El Dr. Recamier les dijo entonces: “Ya desde hacía tres días debería haber muerto pues los pulmones no le funcionaban. Pero en su vida había rezado siempre a la Virgen cada noche sus tres avemarías y llevaba la medalla de Nuestra Señora. Por eso, aunque médicamente debería estar muerto, la Santísima Virgen hizo que la muerte esperara y no llegara antes de que él se confesara y comulgara. La Madre de Dios no deja condenar a sus devotos.”

Ojalá todos pudieran antes de expirar reconciliarse con Dios por medio de la Iglesia, recibiendo los Sacramentos. Es el camino ordinario y seguro hacia la eterna salvación. María sin pecado concebida, ruega por nosotros, que acudimos a ti.

Adaptación según: P. Eliécer Sálesman, Ejemplos marianos,
Editorial Centro Don Bosco, Bogotá, 7° Edición, p. 76-78.    

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