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czwartek, 19 lipca 2012

HISTORIA DE UN MONJE DE SANTA VIDA QUE SINTIÓ UN GRAN DESEO DE COMER PESCADO SECO - de los Cuentos de un peregrino ruso

¿No es maravilloso que una acción tan insignificante —sí, el simple hecho de sacar el rosario del bolsillo y llevarlo a la mano, e invocar una sola vez el Nombre de Dios— pueda dar la vida a un hombre, y que en la balanza de la Justicia, un instante de invocar a Jesucristo pueda pesar más que muchas horas de negligencia? 
Del Peregrino ruso

«Le contaré un caso que yo mismo vi el año pasado.

»En el monasterio de Besarabia donde yo vivía, había un starets, un monje de santa vida. Un día, una tentación le asaltó. Sintió un gran deseo de comer pescado seco. Y como era imposible conseguirlo en el monasterio en aquel momento, proyectó ir al mercado y comprarlo. Durante largo rato luchó contra la idea, razonando que un monje debería contentarse con la comida habitual de que se provee a los hermanos y evitar a toda costa el caer en la gratificación de los propios deseos. Además, andar por el mercado, entre la muchedumbre, era también para un monje motivo de tentación y algo impropio para él. Al final, las mentiras del Enemigo le pudieron a sus razonamientos y él, rindiéndose a su propia obstinación, se decidió y salió a por el pescado.

»Después que hubo dejado el monasterio e iba por la calle, reparó en que no llevaba su rosario en la mano, y se puso a pensar:
“¿Qué es esto de ir como un soldado sin su espada? Esto es muy impropio, y los laicos que me encuentren me criticarán y caerán en tentación, viendo a un monje sin su rosario.”

»Ya iba a volver para buscarlo, cuando, palpando en su bolsillo, vio que estaba allí. Lo sacó, se santiguó y, con su rosario en la mano, siguió tranquilamente.

»Cuando se aproximaba al mercado, vio a un caballo parado frente a una tienda con una gran carretada de enormes cubas. De repente, este caballo, asustándose por algún motivo, se desbocó con todos sus bríos y, con gran estampido de cascos, se fue derecho hacia él, rozándole el hombro y derribándolo al suelo, aunque sin hacerle mucho daño. Acto seguido, a dos pasos de él, la carga se volcó y el carro se hizo añicos. Él se incorporó rápidamente, por supuesto que bastante asustado, pero al mismo tiempo maravillado de cómo Dios había salvado su vida, ya que si la carga hubiese caído una fracción de segundo antes, él habría sufrido la misma suerte que el carro. Sin pensar más en ello, compró el pescado, volvió, se lo comió, rezó sus oraciones y se acostó.

»Tuvo un sueño ligero, y, en el mismo, un starets de aspecto afable, a quien no conocía, se le apareció y le dijo:
“Escucha; yo soy el protector de esta casa y deseo instruirte para que comprendas y recuerdes la lección que se te ha dado. Fíjate: El débil esfuerzo que hiciste contra el sentimiento de placer y tu negligencia en comprender y en dominarte, dieron al Enemigo la oportunidad de atacarte. Él había dispuesto para ti esa bomba que explotó ante tus ojos. Pero tu ángel custodio lo previó, y te inspiró la idea de ofrecer una plegaria y el acordarte de tu rosario. Puesto que prestaste oídos a esta sugerencia, obedeciste y la pusiste en práctica, ello fue lo que te salvó de la muerte. ¿Ves el amor de Dios por los hombres, y Su generosa recompensa del menor acto de volverse hacia Él?”
Diciendo esto, el starets de la visión desapareció rápidamente de la celda.

»El monje se postró a sus pies, y al hacerlo se despertó, encontrándose no en su cama sino arrodillado en el umbral de la puerta. Contó la historia de esta visión para el provecho espiritual de mucha gente, entre la que me contaba.»

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