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środa, 18 lipca 2012

HISTORIA DE UN PRÍNCIPE PENITENTE - de los Cuentos de un peregrino ruso

¿Qué daños causa al alma el pecado mortal? - El pecado mortal priva al alma de la gracia y amistad de Dios; le hace perder el cielo; la despoja de los méritos adquiridos e incapacita para adquirir otros nuevos; la sujeta a la esclavitud del demonio; la hace merecedora del infierno y también de los castigos de esta vida.
Catecismo Mayor N° 954 

Un día llegó a nuestra casa un viejo mendigo muy débil y decaído; llevaba el pasaporte de un soldado libre y estaba tan pobre que iba casi desnudo; hablaba poco y tenía las maneras de un campesino. Le dimos entrada en el asilo; pasados cinco días, cayó enfermo. Le llevamos al pabellón y mi mujer y yo nos ocupamos enteramente de él. Cuando vimos claro que iba a morir, nuestro sacerdote lo confesó y le dio la comunión y los últimos sacramentos. La víspera de su muerte, se levantó, me pidió papel y pluma, e insistió en que la puerta estuviera cerrada y en que nadie entrase mientras escribiera su testamento, el cual yo debía hacer llegar a su hijo, en San Petersburgo. Quedé estupefacto cuando vi que escribía a la perfección, y que sus frases eran perfectamente correctas y elegantes y que rebosaban ternura (…)

Todo esto me causó gran admiración, y llevado de la curiosidad, le rogué que me contase su origen y su vida. Me hizo jurar que nada diría a nadie antes de su muerte, y para gloria de Dios me hizo el siguiente relato: 

«Yo era un príncipe y poseía grandes riquezas; llevaba la vida más disipada, brillante y lujosa que se pueda imaginar. Mi mujer había muerto y yo vivía con mi hijo que era capitán de la guardia. Una noche, mientras me preparaba para ir a un gran baile, me irrité contra mi criado; en mi impaciencia le golpeé en la cabeza y mandé que fuera enviado a su aldea.

»Esto era por la noche, y a la mañana siguiente el criado moría de una inflamación en la cabeza. No se dio mayor importancia al asunto y, aunque lamenté mi violencia, olvidé completamente lo sucedido. 

»Pasadas seis semanas, el criado comenzó a aparecérseme en sueños; noche tras noche venía a importunarme y a hacerme reproches repitiendo sin cesar: "¡Hombre sin conciencia, tú fuiste mi asesino!" Más tarde, comencé a verle estando despierto. Las apariciones comenzaron a ser cada vez más frecuentes, hasta que acabé por tenerlo presente casi de continuo. Al fin, al mismo tiempo que a mi criado, comencé a ver a otros muertos: hombres a quienes había ofendido gravemente y mujeres a las que había seducido. Todos me hacían reproches hasta no dejarme descansar; tanto que ya no me era posible ni dormir, ni comer, ni hacer cosa alguna. 

»Mis fuerzas estaban consumidas y ya no tenía sino huesos y pellejo. Los esfuerzos de los mejores médicos nada podían conseguir. Partí para el extranjero en busca de remedio; pero, pasados seis meses de cura, no sólo no había progresado nada mi mejoría, sino que las terribles apariciones iban cada vez más en aumento. Me volvieron a casa más muerto que vivo; mi alma conoció así, antes de estar separada del cuerpo, los tormentos del infierno; desde entonces creí en el infierno y ya he experimentado lo que es.

»Mientras padecía estas torturas, comprendí al fin mi infamia; me arrepentí, me confesé, envié a sus casas a mis servidores e hice voto de pasar el resto de mi vida en medio de los trabajos más duros y de ocultarme bajo los harapos de un mendigo para ser así el más humilde siervo de las gentes de la más baja condición.

»Apenas había tomado esta decisión, cuando cesaron las apariciones. Mi reconciliación con Dios me daba una alegría tal y tan grande sentimiento de confianza, que no me lo puedo explicar todavía. De este modo comprendí también por experiencia lo que es el paraíso y cómo el Reino de Dios se difunde por nuestros corazones. Al poco tiempo, ya estaba completamente sano y puse mi proyecto en ejecución; provisto del pasaporte de un soldado que terminaba su servicio, abandoné en secreto el lugar de mi nacimiento.

»Hace ya quince años que ando recorriendo Siberia. Unas veces me he colocado en casa de algún campesino para trabajar según mis fuerzas, y otras he andado mendigando en nombre de Cristo. ¡Cuánta felicidad he encontrado en medio de estas privaciones! Esto sólo lo puede comprender aquel a quien la divina misericordia ha librado de un infierno de dolor para transportarlo al paraíso de Dios.»

Luego me entregó su testamento a fin de que yo lo remitiera a su hijo, y al día siguiente moría. Aquí tengo una copia en la Biblia que está en mi saco:

«En el nombre de Dios, glorificado en la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

»Hijo mío muy querido:

»Hace ya quince años que no has visto a tu padre, pero en su retiro él recibía a veces noticias tuyas y sentía por ti un amor paternal. Este amor es el que le mueve a enviarte estas postreras palabras, a fin de que te sirvan de lección en tu existencia.

»Tú sabes cuánto he sufrido para rescatar mi vida culpable y ligera; pero no sabes la felicidad que me han traído, durante mi vida oscura y errante, los frutos del arrepentimiento.

»Muero en paz en casa de mi bienhechor que lo es también tuyo, porque los beneficios que recibe un padre se extienden igualmente al hijo afectuoso. Exprésale mi agradecimiento de todas las maneras que te sea posible.

»Al mismo tiempo que te dejo mi paternal bendición, te exhorto a acordarte de Dios y a obedecer a tu conciencia; sé bueno, prudente y razonable; trata con benevolencia a tus subordinados, no desprecies a los mendigos ni a los peregrinos, acordándote de que sólo la desnudez y la vida errante han permitido a tu padre encontrar la tranquilidad de su alma.

»Pidiendo a Dios que te conceda su gracia, cierro tranquilamente los ojos en la esperanza de la vida eterna por la misericordia del Redentor de los hombres, Jesucristo.» 

Según: Anónimo, El Peregrino ruso, Editorial Monte Carmelo, Burgos 22003, pgs. 148-153.










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