Łączna liczba wyświetleń

czwartek, 19 lipca 2012

HISTORIA DE UN SUBOFICIAL QUE TENÍA PRISA - de los Cuentos de un peregrino ruso

El hombre propone y Dios dispone.


A la mañana siguiente, estábamos en pie temprano preparándonos para el camino, y sólo queríamos ya ir a dar las gracias a nuestro posadero, cuando de pronto oímos las campanas que llamaban a maitines. El comerciante y yo nos pusimos a considerar lo que haríamos. ¿Cómo partir sin ir a la iglesia después de haber oído las campanas? Mejor sería quedarnos a maitines, rezar nuestras oraciones en la iglesia y marchar así luego con más alegría. Una vez decidido así, llamamos al suboficial. Pero éste dijo:
—¿Qué objeto tiene ir a la iglesia mientras estás de viaje? ¿Qué saca Dios con que vayamos? Vayámonos a casa, y ya rezaremos luego nuestras oraciones. Ustedes dos vayan si quieren. Yo no voy a ir. Para cuando hayan asistido a maitines, yo ya estaré a unas cinco verstas de aquí, y quiero llegar a casa lo antes posible.

A esto el comerciante dijo:
—Tenga cuidado, hermano; no vaya tan deprisa con sus proyectos hasta conocer cuáles son los planes de Dios.

Nosotros fuimos a la iglesia, pues, y él emprendió el camino. Nos quedamos a maitines y también a la misa. Luego, volvíamos a nuestra buhardilla para preparar nuestras alforjas para la marcha, cuando ¿qué vemos sino a nuestra posadera trayendo el samovar? —¿A dónde van? —dijo—. Han de tomar una taza de té; sí, y comer con nosotros, también. No podemos dejarles ir hambrientos.

Nos quedamos, pues. No habíamos estado sentados junto al samovar ni media hora, cuando, de pronto, vemos a nuestro suboficial entrar corriendo sin resuello.

—Vengo a ustedes con pena y con alegría a la vez.
—¿Cómo es eso? —le preguntamos.

Y esto es lo que dijo:
—Cuando les dejé y partí, pensé en entrar en la taberna para cambiar un billete y tomar algo al mismo tiempo, para así poder proseguir mejor. Así lo hice, y después de coger el cambio y beber algo, me fui volando. Cuando había hecho unas tres verstas, se me ocurrió contar el dinero que el hombre de la taberna me había dado. Me senté al borde del camino, saqué mi portamonedas y lo examiné. Sin novedad. Luego, de repente, descubrí que mi pasaporte no estaba. Sólo algunos papeles y el dinero. Me asusté tanto como si hubiese perdido mi propia cabeza. En un instante vi lo que había ocurrido. Sin duda, se me había caído al pagar en la taberna. Tenía que volver en seguida. Corrí y corrí. Otra idea espantosa se apoderó de mí: ¿Y si no está allí? Esto significaría problemas. Me precipité al hombre de detrás del mostrador y le pregunté. «No lo he visto», dijo. ¡Qué desaliento! Busqué de un lado para otro; examiné por todas partes, donde quiera que hubiese estado. Y, ¿qué creen?: Tuve la suerte de encontrar mi pasaporte. Allí estaba, aún doblado, en el suelo, entre la paja y los desperdicios, todo pisoteado. ¡Gracias a Dios! Me alegré, se lo aseguro. Era como si me hubiese quitado un gran peso de encima. Por supuesto, estaba sucio y cubierto de barro, lo bastante como para ganarme un coscorrón, pero esto no tiene importancia. De todos modos, puedo ir a casa y volver sano y salvo. Pero vine para contárselo. Y lo que es más: a fuerza de correr, en mi sobresalto, se me ha puesto el pie en carne viva por el roce, y ya no puedo andar. Así que he venido a pedirles un poco de ungüento para ponérmelo antes de vendarlo...

Brak komentarzy:

Prześlij komentarz