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wtorek, 17 lipca 2012

HISTORIA DE UNA JOVEN CASADERA – de los Cuentos de un peregrino ruso

La vida conyugal es una barca que lleva dos personas en medio de una tempestad. Si alguno de los dos hace un movimiento brusco, la barca se hunde.
Liev Nikolayevich  Tolstoi

Velazquez, Campesina Joven
 (…) Al cabo de algún tiempo, observé que una joven del lugar venía con frecuencia a la capilla y se quedaba en ella largo tiempo haciendo oración. Como yo prestase atención a lo que rezaba, oí que decía oraciones muy raras, y hasta algunas totalmente desfiguradas. Le pregunté quién le había enseñado aquellas cosas. Y me respondió que su madre que era ortodoxa, mientras que su padre era un cismático, de la secta de los «sin sacerdotes». Esta situación me pareció muy triste y le aconsejé recitar las oraciones correctamente, según la tradición de la Santa Iglesia. Le enseñé el Padre Nuestro y el Ave María. Al fin le dije: “Reza sobre todo la oración de Jesús; ella nos acerca a Dios más que todas las demás oraciones y por ella conseguirás la salvación de tu alma”.

La joven me escuchó con atención y se condujo con toda sencillez según mis consejos. ¿Y lo creeréis? Poco tiempo después me anunció que se había acostumbrado a la oración de Jesús y que sentía el deseo de repetirla incesantemente siempre que le era posible. Cuando rezaba, sentía alegría y finalmente un gran gozo, así como el deseo de continuar rezando. Todo esto me causó gran contento, y le aconsejé que siguiera rezando cada día más, invocando el nombre de Jesucristo.

(…) Y he aquí que un día de aquellos, vino la joven, toda llena de amargura, a preguntarme qué es lo que debía hacer. Su padre quería casarla contra su voluntad con un cismático como él y el oficiante sería un campesino. «¿Es esto un matrimonio legal?», clamaba la pobre; «¡esto no es sino puro libertinaje! Quiero huir a cualquier lugar que sea». Yo le repliqué: «¿A dónde huirás, que no te encuentren en seguida? En estos tiempos, en ninguna parte podrás ocultarte, pues careces de toda documentación; fácilmente darán contigo. Es mejor rogar a Dios con fervor y celo que desbarate por sus caminos los propósitos de tu padre y que guarde tu alma del pecado y de la herejía. Esto es siempre mejor que tu idea de fuga.»

Pasaba el tiempo. El ruido y las distracciones me resultaban cada vez más penosos. Y por fin, al terminar el verano, decidí abandonar la capilla y volver a peregrinar como antes.

(…) Después de caminar diez verstas, me detuve para pasar la noche en un pueblecito. Había allí un campesino enfermo de muerte. Yo aconsejé a su familia que le hiciera comulgar con los santos misterios de Cristo, y llegada la mañana mandaron al pueblo en busca del sacerdote. Yo me quedé allí a fin de inclinarme delante de los Santos Dones y rezar durante la administración de tan gran sacramento.

Estaba sentado en un banco delante de la casa esperando la llegada del sacerdote, cuando de repente vi venir corriendo hacia mí a aquella joven que había visto rezando en la capilla.

-¿Cómo llegaste hasta aquí? -le pregunté.
-Es que en mi casa estaba ya todo preparado para casarme con el cismático, y he huido.
Y luego echándose a mis pies, me suplicó:
- ¡Ten compasión de mí! Tómame contigo y llévame a un convento; yo no quiero casarme, sino vivir en el convento rezando la oración de Jesús. A ti te escucharán, y me recibirán.
-¿Qué es lo que dices? ¿A dónde quieres que te lleve, si no conozco un solo convento por estos lugares? ¿Ni cómo llevarte conmigo no teniendo, como no tienes, pasaporte? En estas condiciones no te será posible detenerte en ninguna parte; te harán volver a tu casa y te castigarán por vagabunda. Mejor será que te vuelvas a casa y ruegues a Dios; y si no quieres casarte, finge alguna incapacidad (…)

Mientras hablábamos de esta manera, vimos llegar a cuatro campesinos en un carricoche galopando derechos adonde estábamos nosotros. Apoderándose de la joven, la hicieron subir al carro y la enviaron por delante con uno de ellos; los otros tres me ataron mano con mano y me volvieron al lugar donde había pasado el verano. A todas mis explicaciones, respondían vociferando: “¡Vaya con el santito este! ¡Ya te vamos a enseñar a seducir a las muchachas!”

Hacia el atardecer, me llevaron a la cárcel, me pusieron el cepo en los pies y me encerraron para juzgarme por la mañana siguiente. El sacerdote, al saber que me hallaba preso, vino a visitarme, me trajo de comer, me consoló y me dijo que él tomaría a su cargo mi defensa y declararía, como confesor, que yo estaba bien lejos de tener las intenciones que me querían atribuir. Estuvo un poco de tiempo conmigo y se fue.

Al llegar la noche, el preboste de la jurisdicción vino a pasar por aquel lugar, y le contaron lo que sucedía. Dio orden de convocar la asamblea comunal y de llevarme a la casa de justicia. Entrados en ella, permanecimos de pie, esperando. En esto llegó el preboste dispuesto a proceder inmediatamente. Se sentó en el estrado, guardando su sombrero, y gritó:

-A ver, Epifanio: esta joven, tu hija, ¿no se ha llevado nada de tu casa?
-Nada, señor.
-¿No ha hecho alguna bellaquería con este idiota?
-Ninguna, señor.
-Entonces el asunto está terminado y juzgado, y decidimos:
Con tu hija, arréglate como mejor te parezca; a este tunante le pediremos que se vaya lejos de aquí, después de haberle impuesto un buen correctivo, para que nunca se le ocurra poner de nuevo los pies en este pueblo. Y se acabó.

Y sin añadir una palabra más, el preboste se levantó y se fue a dormir. A
mí, me devolvieron a la prisión.

Al día siguiente, muy de mañana, vinieron dos gañanes que me dieron mis buenos azotes dejándome luego en libertad. Yo me alejé, dando gracias a Dios que me había permitido padecer en nombre suyo. Todo esto me llenó de grandísimo consuelo y me animó más y más a la oración. Estos acontecimientos no me causaron la más pequeña aflicción. Parecía como si se le acaecieran a otra persona y yo no fuera más que un espectador; y esto aun cuando me estaban dando los azotes. La oración, que llenaba de alegría mi corazón, no me permitía prestar atención a cosa alguna.

Cuando llevaba recorridas cuatro verstas, me encontré con la madre de la joven, que volvía del mercado. Se detuvo y me dijo: “El novio de la niña nos ha dejado. Se ha enojado contra Akulka, y todo por haberse ido de casa”. Luego me dio un pan y un pastel, y yo seguí mi camino.

Según: Anónimo, El Peregrino ruso,
Editorial Monte Carmelo, Burgos 22003,  p. 90-98.

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