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sobota, 14 lipca 2012

LA ARAÑA INSENSATA


En los viejos tiempos al pecado se le daba el nombre de pecado, y para cometerlo se tenían que ocultar los hombres en la oscuridad. Pero ¿ahora? Los hombres excusan, más aún, pretenden justificar la caída moral, y en algunos casos hasta se hace ostentación de los desórdenes morales. Hoy día el pecado sale de su escondrijo y, desvergonzado, hace su trabajo a la luz del día. Sí, también hubo pecadores entre los antiguos, pero por lo menos se les daba este nombre.
(Mons. Tihamér Tóth)

Espléndida mañana de septiembre.
Los prados todos, brillantes por el rocío.
El aire, cruzado por hilos de telaraña, que flotan ligeramente.

Uno de los hilos tropieza con la copa de un árbol, y el pequeño aeronauta, una diminuta araña, desde su blanco barquito pasa al tupido ramaje. De seguida suelta un nuevo y largo hilo, lo ata a la copa y baja hasta el pie del tronco. Allí encuentra un valladar de espinos y se entrega al trabajo: empieza a tejer la red. Ata el cabo superior al hilo por el que ha bajado; los otros los fija en las ramas del arbusto.

Y resultó una telaraña magnífica, con que podía cazar moscas admirablemente.

Pasaron los días y le pareció demasiado pequeña; la araña comenzó a ensancharla en todas direcciones. Gracias al hilo que subía a lo alto, la obra se ejecutó presto y con perfección. Cuando en las madrugadas otoñales las brillantes perlas del rocío matutino llenaban la espaciosa red, ésta semejaba un tul recamado de perlas.

La araña se sentía orgullosa de su obra. Iba engordando cada vez más. Había relegado al olvido lo haraposa y hambrienta que llegó a la copa del árbol a principios de otoño.

Una mañana se despertó de muy mal talante. El cielo estaba nublado, no se veía una sola mosca por todos los contornos; ¿qué nacer en tan fastidioso día de otoño? «Al menos daré una vuelta por la red —pensó por fin—, veré si hay algo que remendar».

Examinó todos los hilos, a ver si estaban seguros. No halló el más leve defecto; pero el mal humor crecía por momentos.

Al ir y venir refunfuñando de una a otra parte, divisó en el cabo superior de la red un largo hilo, cuyo destino no podía recordar. Los demás hilos los sabía muy bien: éste viene acá, al final de esa rama rota; aquél va allá, a aquella espina. La araña conocía todas las ramas, todos los hilos, pero qué hace aquí éste y, para colmo, es completamente incomprensible por qué va hacia arriba, a perderse en el aire. ¿Qué es esto?

La araña se irguió sobre las patas traseras y abriendo los ojos desmesuradamente, empezó a mirar a lo alto.

Cuanto más se esforzaba por adivinar el enigma, tanto más se irritaba. En medio de los continuos banquetes que se daba, se había olvidado que en una mañana de septiembre ella misma bajó por este hilo. Tampoco recordaba cuánto le sirvió al tejer la red y al ensancharla. Todo lo había ya olvidado. No veía allí más que un hilo inútil, un hilo que colgaba en el aire.

—¡Abajo!— gritó enfurecida; y de un solo mordisco lo cortó.

La telaraña se desplomó instantáneamente...y, cuando la araña recobró el sentido, yacía tendida en el suelo al pie del espino, sin poder moverse; la red, antes entretejida de perlas y plata, no era ahora más que un jirón de trapo, húmedo y asqueroso, que la aprisionaba.

Un solo instante bastó para derribar toda la magnificencia de su obra, porque no comprendió la utilidad del hilo que guiaba a las alturas.

Querido joven: también el alma humana está pendiente de un hilo que la une con Dios. Por la fe nos unimos a Dios.

Infeliz quien corta este hilo. Se trueca en un pobre peregrino errante, que camina a oscuras.

Quien lo cuida con esmero y a él se agarra, halla el apoyo que necesita para vivir una vida llena de sentido en esta tierra, esperando la felicidad eterna.

Mons. Tihamér Tóth, El joven observador 
(Colección Juventud 2), Buenos Aires 1940, p. 5-7.

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