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środa, 11 lipca 2012

VOZ DE LA MADRE


Eres tan grande, Señora, y tanto vales, que todo el que desea conseguir alguna gracia y no recurre a ti, quiere que su deseo vuele sin alas. Tu benignidad no sólo socorre al que te implora, sino que muchas veces se anticipa espontáneamente a la súplica. En ti se reúnen la misericordia, la piedad, la magnificencia y todo cuanto de bueno hay en las criaturas.

(Dante Alighieri, «El Paraíso», canto XXXIII)


Veturia, del Promptuarii Iconum Insigniorum
Un día del año 491 antes de Cristo corrió por Roma una noticia espantosa, que dejaba la sangre helada de espanto. La noticia era que Coriolano, el patricio más orgulloso de Roma, condenado a destierro por el pueblo, se había pasado al enemigo, al enemigo más encarnizado de los romanos, a los volscos, y capitaneándolos, lo devastaba y quemaba todo, y ya estaba llegando a las puertas de la ciudad, ebrio de venganza.

La noticia era cierta... Estaba Coriolano al frente del enemigo y a las puertas de Roma. La ciudad, presa del mayor pánico, envió una comisión compuesta de los más distinguidos patricios, para aplacar al antiguo compañero, herido en lo más vivo. En vano: ni siquiera les dejaron entrar en el campamento. Entonces se nombró otra comisión, presidida por el sacerdocio romano: también inútil. Por fin se pidió con vivas instancias a la anciana madre de Coriolano que fuese a su hijo para aplacarlo.

Y lo que no había conseguido la elocuencia de los patricios, ni la súplica de los sacerdotes, lo consiguió Veturia, cuyos ruegos conmovedores impresionaron al hijo hasta el punto de hacerle cambiar de propósito y conducir de nuevo al enemigo lejos de las murallas de Roma... El odio ciego del hijo pagano se amansó por la débil voz de una mujer, porque aquella voz era... la voz de su madre.

Nosotros sabemos por experiencia, que la voz de las madres tiene una fuerza bendita irresistible. Por este motivo a nadie ha de sorprender que nosotros los católicos miremos con orgullo santo y ardiente ternura a María, Madre de Dios y Madre nuestra, desde aquel momento en que su divino Hijo, moribundo en la cruz, nos la dio, encargándole al mismo tiempo a Ella que nos tratara como hijos. Ella es la que nos conforta y nos infunde esperanza en medio de nuestras luchas.

Mons. Tihamér Tóth, La Virgen María, Madrid 1951, p. 51.

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