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czwartek, 30 sierpnia 2012

LA TENTACIÓN DE CASIANO

No os quedéis pegados a este mundo efímero. No concentréis acá abajo todos vuestros planes y deseos. No sacrifiquéis vuestra herencia celestial por ventajas y goces efímeros, fugaces y terrenales. ¡Cuidado!, que ni el goce de la vida terrena os hechice ni su podredumbre os desanime hasta el punto de que por ello os olvidéis de la otra vida, la única verdadera..., ¡la vida eterna! 
Mons. Tihamér Tóth

Ermitaño – grabación en acero
por Alberto Henry Payne
(siglo XIX)
Se refiere que un joven solitario, ya desde muchos años, había abandonado el mundo para no pensar más que en la salvación de su alma. Se tornó por ello tan furioso el demonio, que al pobre joven le pareció que todo el infierno se le arrojaba encima. Nos dice Casiano, que es a quien se refiere este ejemplo, que a este solitario, viéndose importunado por tentaciones de impureza, después de muchas lágrimas y penitencias, se le ocurrió salir al encuentro de otro solitario anciano, para consolarse, confiando en que le proporcionaría remedios para vencer mejor a su enemigo, y proponiéndose a la vez encomendarse en sus oraciones. 

Mas acaeció cosa muy distinta: aquel viejo, que había pasado su vida casi sin lucha interior, lejos de consolar al joven, manifestó una gran sorpresa al oír la narración de sus tentaciones, le reprendió con aspereza, le dirigió palabras duras, llamándole infame, desgraciado, diciéndole que era indigno de llevar el nombre de solitario, toda vez que le sucedían semejantes cosas. 

El pobre joven se marchó muy desanimado, teniéndose ya por perdido y condenado, y abandonándose a la desesperación, se decía a sí mismo: «Puesto que estoy condenado, ya no tengo necesidad de resistir ni luchar; preciso me es abandonarme a todo lo que quiera el demonio; sin embargo, Dios sabe que he dejado el mundo solamente para amarle y salvar mi alma. 

¿Por qué, Dios mío -decía él en su desesperación- me habéis dado tan escasas fuerzas? Vos sabéis que yo quiero amaros, puesto que tengo temor y pena de desagradaros con todo, ¡no me dais la fuerza necesaria y me dejáis caer! Ya que todo está perdido para mí, ya que no tengo los medios de salvarme, me vuelvo otra vez al mundo».

Como, en su desesperación, se dispusiese ya a abandonar su soledad, Dios hizo conocer el estado de su alma a un santo abad que moraba en el mismo desierto, llamado Apolonio, el cual tenía gran fama de santidad. Este solitario salió al encuentro del joven; al verle tan conturbado, se acercó a él y le preguntó con gran dulzura qué le acontecía, y cuál era la causa de su aturdimiento y de la tristeza que su aspecto revelaba. 

Mas el pobre joven estaba tan profundamente abismado en sus pensamientos que no le respondió palabra. El santo abad, que veía claramente el desorden de su alma, le instó tanto a decirle qué cosa era lo que así agitaba, por qué motivo salía de la soledad, y cuál era el objeto que se proponía en su marcha, que, viendo cómo su estado era adivinado por el santo abad, a pesar de que ello ocultaba con gran cuidado, aquel joven, derramando lágrimas en abundancia y deshaciéndose en conmovedores sollozos, habló así: 

«Me vuelvo al mundo, porque estoy condenado; ya no tengo esperanza alguna de poderme salvar. Fui a aconsejarme con un anciano que quedó muy escandalizado de mi vida. Puesto que soy tan desgraciado y no puedo agradar a Dios, he resuelto abandonar mi soledad para reintegrarme al mundo donde voy a entregarme a cuanto quiera el demonio. No obstante, he derramado muchas lágrimas, para no ofender a Dios; yo bien quería salvarme, y tenía a gran gusto hacer penitencia; mas no me siento con fuerzas bastantes, y no voy ya más allá». 

Al oírle hablar y llorar así, el santo abad mezclando sus lágrimas con las del joven, le dijo: «¡Ah! amigo mío, ¿no acertáis a ver que, lejos de haber sido tentado de tal manera porque ofendisteis a Dios, es precisamente porque le sois muy agradable? Consolaos, amigo querido, y recobrad vuestro valor; el demonio os creía vencido, mas por el contrario, vos le venceréis; a lo menos hasta mañana regresad a vuestra celda. No os desaniméis, amigo mío; yo mismo experimento cada día tentaciones como las vuestras. No hemos de contar exclusivamente con nuestras fuerzas, sino con la misericordia de Dios; voy a ayudaros en la lucha orando yo también con vos. ¡Oh, amigo mío! Dios es tan bueno que no puede abandonarnos al furor de nuestros enemigos sin darnos las fuerzas suficientes para vencer; es Él, querido amigo, quien me envía para consolaros y anunciaros que no os perderéis: seréis libertado. 

Aquel pobre joven, ya del todo consolado, regresó a su soledad y arrojándose en brazos de la divina misericordia, exclamó: «Creía, oh Dios mío, que os habíais retirado de mí para siempre».

Mientras tanto, Apolonio se fue junto a la celda de aquel anciano que tan mal recibiera al pobre joven, y postrándose con la faz en tierra, dijo: «Señor, Dios mío, Vos conocéis nuestras debilidades: librad, si os place, a aquel joven de las tentaciones que le desaniman; ¡ya veis las lágrimas que ha derramado a causa de la pena que experimentaba por haberos ofendido! Haced que sufra la misma tentación este anciano, a fin de que aprenda a tener compasión de aquellos a quienes Vos permitís que sean tentados». 

Apenas hubo acabado su oración cuando vio al demonio en figura de un asqueroso negrito, lanzando una flecha de fuego impuro a la celda del anciano, quien, no bien hubo sentido toda la fuerza del golpe, cuando fue presa de una espantosa agitación, la cual no le daba lugar a descanso. Se levantaba, salía, volvía a entrar. Después de pasado un tiempo en tales angustias, pensando al fin que jamás podría combatir con ventaja, imitando al joven solitario tomó la resolución de abandonarse al mundo, puesto que no podía resistir ya más al demonio; se despidió de su celda y partió. 

El santo abad, que le observaba sin que el otro se diese cuenta (nuestro Señor le hizo conocer que la tentación del joven había pasado al viejo), se le acercó y le preguntó dónde iba y de dónde venía con una tal agitación que le hacía olvidar la gravedad propia de sus años; le insinuó que sin duda sentiría alguna inquietud tocante a la salvación de su alma. El anciano vio muy bien que Dios hacía conocer al abad lo que pasaba en su interior. 

«Volveos, amigo mío, le dijo el santo, tened presente que esta tentación os ha venido a vuestra vejez a fin de que aprendáis a compadeceros de vuestros hermanos tentados, y a consolarlos en sus dolencias espirituales. Habíais desanimado a aquel pobre joven que vino a comunicaros sus penas; en vez de consolarle, ibais a sumirle en la desesperación; sin una gracia extraordinaria, estaría irremisiblemente perdido. Sabed, padre mío, que el demonio había declarado una guerra tan porfiada y cruel al pobre joven, porque adivinaba en él grandes disposiciones para la virtud, lo que le inspiraba un gran sentimiento de celos y de envidia, a más de que una tan firme virtud solamente podía ser vencida mediante una tentación tan firme y violenta. Aprended a tener compasión de los demás, a darles la mano para impedir que caigan. Sabed que si el demonio os ha dejado tranquilo, a pesar de tantos años de retiro, es porque veía en vos poca cosa buena: en lugar de tentaros, os desprecia.»

Este ejemplo nos muestra claramente cómo, lejos de desanimarnos al vernos tentados, hemos de experimentar consuelo y hasta regocijarnos, puesto que solamente son tentados con porfía aquellos de los cuales el demonio prevé que con su manera de vivir habrían de alcanzar el cielo. 

San Juan María Vianey, Extracto del Sermón sobre las Tentaciones






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