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środa, 8 sierpnia 2012

PEREGRINO AMARGADO - HISTORIA DE LOS CUENTOS DE UN PEREGRINO RUSO

Los falsos dioses, los ídolos, los principios falsos y opiniones erróneas cavan la tumba de la cultura humana.
Leopold Schefer

Judíos rezando en la sinagoga
el día de Yom Kippur  (1878),
por Maurycy Gottlieb
Un día, un peregrino vino a vernos. Se quejaba amargamente de los judíos y los insultaba. Había andado por sus pueblos y había tenido que soportar su enemistad y su fullería. Su resentimiento contra ellos era tal, que los maldecía, llegando a decir que no merecían vivir a causa de su obstinación e incredulidad. Finalmente, dijo que sentía tal aversión por ellos que no podía controlarla en absoluto.

—No tienes ningún derecho, amigo —dijo el starets [anciano]— a insultar y maldecir a los judíos de este modo. Dios los hizo a ellos como nos hizo a nosotros. Deberías apenarte por ellos y rogar por ellos, no maldecirlos. Créeme, el desagrado que sientes por ellos proviene del hecho de que tú no estás fundamentado en el amor de Dios y no tienes oración interior como afianzamiento, y careces, por tanto, de paz interior. Te leeré un pasaje de los Santos Padres acerca de esto. Escucha, esto es lo que escribe Marcos el Asceta:
«El alma que está unida interiormente con Dios se vuelve, por ser tan grande su gozo, como un niño bondadoso e ingenuo, y ya no condena a nadie, sea griego, pagano, judío o pecador, sino que los contempla a todos por igual con mirada pura; halla gozo en el mundo entero, y quiere que todos griegos, judíos y gentiles glorifiquen a Dios.»
Y Macario el Grande, de Egipto, dice que el contemplativo «arde con un amor tan grande que si fuese posible él haría de su interior una morada para todos, sin hacer distinciones entre buenos y malos».

Aquí ves, querido hermano, lo que los Santos Padres piensan de ello. Así que yo te aconsejo que dejes de lado tu fiereza, y mires a todo considerando que está bajo la omnisciente Providencia de Dios, y que cuando te tropieces con vejaciones, te acuses a ti mismo en particular de falta de paciencia y humildad.

Anónimo, Relatos de un peregrino ruso,
Editorial Claretiana, Buenos Aires 2011, p. 175-176.


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