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poniedziałek, 20 sierpnia 2012

SUSTRAÍDO A LAS GARRAS DEL INFIERNO

En todas nuestras penas, sean del alma, sean del cuerpo, después de Dios, hemos de concebir una gran confianza en la Virgen María.
Santo Cura de Ars

Los siete primeros pasos de la Virgen,
mosaico de la iglesia de Chora, siglo 12
Cierto hombre durante mucho tiempo llevó una vida bastante cristiana para hacerle concebir grandes esperanzas de alcanzar el cielo. Pero el demonio, que no piensa más que en nuestra perdición, le tentó con tanta insistencia y tan a menudo, que llegó a ocasionarle una grave caída. Habiendo al instante entrado en reflexión, comprendió la enormidad de su pecado, y propuso en seguida recurrir al laudable remedio de la penitencia. Más concibió de su pecado una vergüenza tal, que jamás pudo determinarse a confesarlo.

Atormentado por los remordimientos de su conciencia, que no le dejaban descansar, tomó la resolución de arrojarse al agua para dar fin a sus días, esperando con ello dar término a sus penas. Más, al llegar al borde de la orilla, se llenó de temor considerando la desdicha eterna en que se iba a precipitar, y volvió atrás llorando a lágrima viva, rogando al Señor se dignase perdonarle sin que se viese obligado a confesarse. Creyó poder recobrar la paz del espíritu, visitando muchas iglesias, orando y ejecutando duras penitencias pero, a pesar de todas sus oraciones y penitencias, los remordimientos le perseguían a todas horas.

Nuestro Señor quiso que alcanzase el perdón gracias a la protección de su Santísima Madre. Una noche, mientras estaba poseído de la mayor tristeza, se sintió decididamente impulsado a confesarse, y, siguiendo aquel impulso, se levantó muy temprano y se encaminó a la iglesia; más cuando estaba a punto de confesarse, se sintió más que nunca acometido de la vergüenza, que le causaba su pecado, y no tuvo valor para realizar lo que la gracia de Dios le inspirara.

Pasado algún tiempo, tuvo otra inspiración semejante a la primera; se encaminó de nuevo a la iglesia, más allí su buena acción quedó otra vez frustrada por la vergüenza, y, en un momento de desesperación, hizo el propósito de abandonarse a la muerte antes que declarar su pecado a un confesor. Sin embargo, le vino el pensamiento de encomendarse a la Santísima Virgen. Antes de regresar a su casa, fue a postrarse ante el altar de la Madre de Dios; allí hizo presente a la Santísima Virgen la gran necesidad que de su auxilio tenía, y con lágrimas en los ojos la conjuró a que no le abandonase.

¡Cuánta bondad la de la Madre de Dios, cuánta diligencia en socorrer a aquel desgraciado! Aún no se había arrodillado, cuando desaparecieron todas sus angustias, su corazón quedó enteramente transformado, se levantó lleno de valor, se fue al encuentro de un sacerdote, al que, en medio de un río de lágrimas, confesó todos sus pecados. A medida que iba declarando sus faltas, le parecía quitarse tan gran peso de su conciencia; y después declaró que, al recibir la absolución, experimentó mayor contento que si le hubiesen regalado todo el oro del mundo. 

¡Ay!, ¡cual habría sido la desgracia de aquel pobre, si no hubiese recurrido a la Santísima Virgen! !Indudablemente ahora se abrasaría en el infierno!

San Juan María Vianey (Extracto del Sermón sobre la Esperanza)

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