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sobota, 25 sierpnia 2012

VETE A LA IGLESIA EN MI NOMBRE

Trabaja con espíritu de oración. Estudia las cosas del mundo; es tu deber; pero no fijes en ellas más que un solo ojo, quede el otro clavado en la luz eterna. Escucha a los científicos; pero no más que con un solo oído; ten el otro siempre dispuesto para percibir la dulce voz de tu Amigo celestial. Escribe; pero únicamente con una sola mano; agárrate con la otra a Dios, como el niño al vestido de su padre.  
Ampère


Había un hombre que decía que no tenía tiempo para orar, y cuando los domingos las campanas repicaban con estrépito convocando a los fieles, su esposa en vano le llamaba. —Ve tú, mujer, a la iglesia en mi nombre y reza también por mí —le contestaba volviéndose hacia la pared para seguir durmiendo. La pobre mujer, por más que se esforzaba, no lograba que fuese a la iglesia su marido. Así, pues, tenía que ir ella sola y rezar por los dos.

¡Cuál fue su sorpresa cuando un domingo su esposo la acompañó sin que ella tuviera que llamarle siquiera, y al ver que desde entonces no omitió ninguna sola vez el precepto de cumplir con Dios, ni aun lo habría dejado por más que le hubiesen ofrecido todos los tesoros del mundo! —¿Qué le habrá sucedido a mi marido; qué tendrá? —pensaba la buena mujer.

Hasta que un día le contó su esposo el sueño que había tenido cierta noche: —Los dos fallecimos, y tocamos a la puerta del cielo —dijo él—. Sale San Pedro..., te mira, y con gran amabilidad te dice: "Puedes entrar, hija mía, puedes entrar; entra también en nombre de tu esposo..."

Desde entonces, aquel hombre tuvo siempre tiempo para rezar.

Cfr. Mons. Tihamér Tóth, Padre nuestro.

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