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sobota, 6 października 2012

COMO LA VIRGEN LO ESCUCHÓ A SAN ALBERTO MAGNO Y LE CONSIGUIÓ EL DON DE CIENCIA


¡Oh María, Madre mía! ¡Que Tú hayas sido tan buena conmigo y yo tan ingrato contigo! Estoy lleno de vergüenza y confusión. Madre mía, yo deseo en adelante amarte con todo mi corazón y no solamente te amaré yo, sino que emplearé lo mejor de mí para hacer que todos te conozcan, te amen y te sirvan, te alaben y recen el rosario, devoción que te es tan agradable. Madre mía, ayúdame en mí debilidad y fragilidad para que pueda cumplir mi resolución.
San Antonio María Claret

Trono de la Sabiduría
San Alberto Magno, apenas tomado el hábito de Santo Domingo, estuvo a punto de abandonar su vocación a causa de su poca capacidad para el estudio de filosofía, pero su devoción a la Santísima Virgen, a quien recurrió piadosamente en demanda de luces, lo salvó.

Una noche, mientras dormía, le pareció ver que mientras él colocaba una escalera en los muros del convento para fugarse, y comenzaba a subir por ella, de pronto aparecieron en lo alto de la muralla cuatro venerables damas entre las cuales una aventajaba a las demás en hermosura y majestad. Le pareció ver que éstas le impedían subir, y en vano intentó hacerlo por tres veces, hasta que por fin una de ellas le preguntó cuál era el motivo que le inducía a tomar aquella resolución.

Alberto contestó: “Me voy porque veo que mis compañeros hacen grandes progresos en la filosofía, mientras que yo me aplico inútilmente”. Entonces la dama que le había hecho la pregunta, añadió: “He aquí la Reina del cielo, Asiento de la Sabiduría, dirígete a Ella y conseguirás lo que deseas”. 
Alberto, dirigiéndose a la Celestial Señora, le suplicó que le diese entendimiento para aprovechar en el estudio de las ciencias. María oyó benignamente su súplica y le aseguró que le concedería lo que deseaba, añadiéndole: “Pero para que sepas que esta gracia la has obtenido por mi intercesión, llegará un día mientras estés enseñando públicamente, olvidarás de improviso todo cuanto hubieres aprendido”.

Aquella visión no había sido solamente un sueño, porque a partir del día siguiente, Alberto hizo tan rápidos progresos en las ciencias, que deslumbró a todos por su talento y sabiduría. Explicaba con admirable claridad las cuestiones más difíciles de teología y filosofía, llegando a ser en poco tiempo el más ilustre maestro de estas ciencias y la lumbrera de su siglo.

Cfr. Santiago Vanegas Cáceres,
Reina, Señora y Madre,
Guayaquil-Ecuador 2006, N° 11,5.

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