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poniedziałek, 8 października 2012

MILAGRO DE LOS MILAGROS DE LA VIRGEN DEL PILAR - EL COJO DE CALANDA

Rezar mi Rosario es mi más dulce ocupación y una verdadera alegría, porque sé que mientras lo rezo estoy hablando con la más amable y generosa de las madres. 
San Francisco de Sales


El Milagro de Calanda, pintura mural de Ramón Stolz Viciano

Miguel Pellicer, vecino de Calanda, 
tenía una pierna muerta y enterrada.

Así canta la copla (...) 

Pues aún hay algo más, algo mayor, algo más estupendo y resonante: la pierna muerta y enterrada de Miguel Pellicer, y después de dos años y medio, restituida, enlazada y apta para andar....

El hecho fue así: 

Miguel Pellicer era un joven natural del pueblo de Calanda, provincia de Teruel, diócesis de Zaragoza, hijo de Miguel Pellicer y de María Blasco, escasos de medios de fortuna. Por esa razón salió el joven un día cualquiera del año 1637 hacia Castellón, para trabajar con su tío, hermano de su madre, llamado Jaime Blasco, de oficio labrador. Pero una mañana, conduciendo un carro de bueyes, de estos que llaman carro chirrión, cayó el tal Miguel, y pasándole una rueda por encima de la pierna, se la dejó tan maltrecha que, conducido de hospital en hospital, al fin llegó al de Nuestra Señora de Gracia, en Zaragoza, donde se le amputó. Se le colocó otra de palo, y servido de unas muletas llegó a su casa de Calanda, pidiendo limosna por los caminos. Aquí, ante la general consternación de padres y hermanos, y para no agravar la necesidad de la misma, tuvo que dedicarse a mendigar, y así llegó a la ciudad de Zaragoza.

Lugar estratégico para pedir limosnas era la puerta del templo de Nuestra Señora del Pilar, y allí se colocaba él diariamente, solicitando de cuantos entraban y salían hasta ser conocido por todos. Tenía la devoción de entrar en el mismo templo y untarse el muñón vendado con aceite de las lámparas que pendían de las columnas, y que sabemos pasaban de ochenta. Así un día y otro día, un mes y otro mes, hasta dos meses y cinco meses, en que añorando la casa de sus padres, quiso volver a ella, montado en algún jumento que por caridad le dejaban. Lo recibieron éstos y él se disponía a pasar la vida de aquella forma, ya por los pueblos vecinos, ya en la puerta de la iglesia del Pilar.

Llegó la noche del 29 de marzo de 1640, y Miguel Pellicer, más fatigado que otros días por haber tratado de ayudar a los suyos, después de cenar se acostó con fuertes dolores en la pierna truncada. Algún tiempo más tarde lo hicieron los padres, y al cruzar por la estancia del hijo y contemplar su pobre camastro, miran con preocupación o indiferencia y prorrumpen en exclamaciones. El hijo, a través de los sencillos ropajes de la cama, asomaba dos pies, dos piernas completas y perfectas. A los gritos acudieron los hijos, subieron los vecinos, y todos quedaron atónitos ante el hecho evidente. Despiertan al mozo afortunado y le hacen ver la transformación de las dos piernas similares y paralelas, que él mira, palpa y comprueba...

El joven no supo dar más explicación que ésta: Que él se metió en la cama profundamente rendido; que pronto cogió el sueño, pero que en lugar de dormir soñaba estar en el templo de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, ungiéndose la pierna cortada con el aceite de las lámparas, como lo tenía por costumbre, y que al verse ahora con las dos piernas, tenía por seguro que la Virgen del Pilar se la había traído y puesto... Todo ello se representa magníficamente en un cuadro o fresco de la basílica del Pilar de Zaragoza, debido al pintor Ramón Stolz. Allí se ve al joven en su camastro al pie del lecho de sus padres, la admiración de éstos al contemplar las dos piernas del hijo a la luz del candil, y en lo alto la Virgen del Pilar. Un ángel que sostiene la lámpara de aceite, otro que ofrece a la misma Imagen la muleta ya innecesaria, y todo en conjunto maravilloso, como fiel interpretación del milagro estupendo.

El arzobispo de Zaragoza, don Pedro Apaolaza, tomó cartas en el asunto y mandó incoar proceso jurídico de comprobación. Depusieron en el mismo el joven Miguel Pellicer, los padres, parientes, el Licenciado Estanga del Hospital que le cortó la pierna y así hasta treinta vecinos de Zaragoza. Y dice una de las crónicas que podían haber firmado los treinta mil que entonces tenía la ciudad, porque todos conocieron al joven Miguel cojo y con una sola pierna en la puerta del Pilar y lo vieron después sano y con dos piernas... Para mejor comprobar el hecho, se examinó el jardín del Hospital donde la pierna cortada se enterró y no apareció. Se observó que un ligero rasguño que el joven tuvo en dicha pierna volvía a llevarlo...

En fin, no podía dudarse: era la misma pierna truncada, muerta y enterrada dos años y medio hacía. Era la restitución de aquella pierna, era la vuelta a la vida de un miembro muerto y enterrado, era el Milagro de la Resurrección de la carne...

El arzobispo de Zaragoza ya citado, oídos los testigos, dictó la sentencia aprobatoria del milagro; el cura de Mazaleón, don Miguel Andréu, enterado del hecho, corrió a contemplarlo, y satisfecho del caso hizo firmar un Acta ante notario, que se llama el "Protocolo de Mazaleón", y para colmo de bienes el rey de España don Felipe IV llamó a Madrid al joven, contempló su pierna, pidió explicaciones del caso, y cuando se le dijo que todo era comprobado y que el Prelado de Zaragoza trabajaba en el proceso, cayó al suelo, tomó la pierna de Miguel Pellicer y la besó emocionado. Lo mismo hicieron los ministros adjuntos del Monarca y camaristas de palacio. La fama de este milagro se divulgó por el mundo, llegó hasta América, acrecentando la devoción de la Virgen del Pilar y fue objeto de una bibliografía, de una literatura, de una poesía y de un arte espléndidos. Hombres de ciencia, de medicina, de letras, de historia, de arte se ocuparon del mismo. Y así pasaron tres siglos, hasta el 29 de marzo de 1940 en que se celebraba el III Centenario coincidiendo con el XIX de la Venida de la Virgen a Zaragoza.

De entonces acá la casa de Miguel Pellicer se convirtió en iglesia, dedicada a la Virgen del Pilar; se la proclamó Patrona de la localidad, se solicitó Misa y Oficio propios, por el Barón de Castiel, ilustre calandino; se rezó cada año el 29 de marzo Vísperas, Maitines y Laudes por la noche, en la hora en que se supuso el Milagro, y Calanda ha sido desde entonces la villa afortunada que mereció recibir esa segunda Venida de la Virgen, como antes Zaragoza.

¿Faltaba algo más? Sí, faltaba la impronta extranjera, francesa para más garantía, y ésa llegó en el año 1958. Al celebrarse el primer Centenario de las apariciones de la Virgen en la cercana ciudad de Lourdes, los incrédulos de aquel país despotricaron contra lo que ellos llamaban superstición. Sólo creeremos cuando se dé el caso de un miembro amputado y restituido nuevamente al organismo... Entre los oyentes estaba el abate André Deroo, profesor de la Universidad de Lille, en la misma nación. Él pensó que en Francia nada había de aquello, pero sí en España, donde le sonaba algo... Ni corto ni perezoso vino a Zaragoza, visitó a la Virgen del Pilar, se informó, se llevó bibliografía, y después de nuevas visitas y consultas, publicó un libro que se titula: "L'homme à la jambe coupée ou le plus étonnant miracle de Notre Dame del Pilar". El hombre de la pierna cortada, o el más resonante milagro de la Virgen del Pilar. La obra se publicó en francés, se tradujo al español y se ha reeditado. De manera que no lo dudemos, porque no lo decimos los españoles, lo aseguran los franceses. El Milagro de Miguel Pellicer es el milagro más resonante y famoso de la Virgen del Pilar. El sólo basta para canonizar una advocación, una imagen y una Tradición.

Historia y milagros de la Virgen de Pilar, Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 91-96.


OTRA VERSIÓN MÁS CORTA: EL COJO DE CALANDA

La Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar, realizó un portentoso milagro, restituyendo la pierna a Miguel Juan Pellicer. 

Miguel Juan Pellicer a finales de 1637 tuvo un accidente en Castellón de la Plana-España, pequeño pueblo, a donde fue a trabajar en compañía de su tío. Mientras laboraba, la carreta que era arrastrada por dos mulas (cargada de trigo), cayó al suelo pasándole una de las ruedas sobre la pierna derecha. Vanos fueron los esfuerzos que hicieron los médicos en un famoso hospital de Zaragoza por salvarle la pierna, no quedando otra alternativa que amputarle el miembro cuatro dedos por debajo de la rodilla. Después de efectuada la amputación, el practicante y otro compañero enterraron el resto de la pierna en el cementerio del hospital. 

Miguel Juan, después de varios meses de convalecencia, salió del hospital con una pata de palo y una muleta. Cerca de dos años estuvo en Zaragoza pidiendo limosna en la puerta del Pilar. Cuando sentía fuertes dolores en la herida cicatrizada, acostumbraba a untarse con el aceite de las lámparas de la Virgen. Asistía a misa todos los días y se confesaba y comulgaba cada ocho días, y sobre todo le rezaba devotamente a la Virgen. 

A comienzos de 1640 regresó a la casa de sus padres en Calanda (Terruel). Una noche, el 29 de marzo de 1640, después de una dura faena, regresó muy cansado a su casa, con fuertes dolores en la parte afectada. Su cama la encontró ocupada por un soldado de caballería, a quién su familia le había dado hospitalidad, no teniendo más remedio que recostarse en un “serón de esparto y un pellejo”, junto a la cama que ocupaban sus padres. 

Mientras dormía, Miguel Juan soñó que se untaba el “muñón” con aceite, en el Pilar. Al entrar sus padres en el aposento percibieron una extraña fragancia; la madre se aproximó con el candil a ver a su hijo, y contempló llena de asombro que no tenía una, sino las dos piernas. Lo más extraordinario de este hecho, consistió en que era la misma pierna cortada, la que había sido restituida en la parte cicatrizada, porque cuando fueron a buscarla al lugar donde se encontraba enterrada, no hallaron nada. La Virgen había realizado el milagro más prodigioso y comprobado que se conoce.

Cfr. Santiago Vanegas Cáceres, Reina, Señora y Madre, 
Guayaquil-Ecuador 22005, N° 11, 19.



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