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poniedziałek, 8 października 2012

EL CONSUELO DE LA ORACIÓN - de los Cuentos de un peregrino ruso

La amorosa benevolencia de Dios para con nosotros es grande; sin embargo, nosotros, pecadores, somos indiferentes y no estamos dispuestos a conceder ni una sola hora a Dios en acción de gracias, y trocamos el tiempo del rezo, que es lo más importante, por los cuidados y ajetreos de la vida cotidiana, olvidando a Dios y nuestro deber.
(del Peregrino ruso)

Hieronymus Bosch, El Vagabundo
No teniendo ni padre ni madre, yo solía ir de niño con los pastores de nuestra aldea, y todo transcurrió felizmente hasta que tuve diez años. Entonces, un día traje el rebaño a casa sin reparar en que el mejor carnero del starosta, quiere decir del jefe de la comunidad aldeana, no estaba entre ellos. Y nuestro starosta era un hombre malo e inhumano. Cuando llegó a casa aquella tarde y vio que su carnero se había perdido, se precipitó hacia mí con insultos y amenazas. Si yo no iba y encontraba al carnero, juró que me molería a golpes, y dijo: «Te romperé los brazos y las piernas.»

Sabiendo lo cruel que era, salí tras el carnero, recorriendo los lugares donde el rebaño había pacido durante el día. Busqué y busqué durante más de media noche, pero no había ni rastro de él por ninguna parte. Y era una noche muy oscura, además, pues ya se acercaba el otoño. Cuando ya me había adentrado mucho en el bosque (y en nuestra región los bosques son interminables), una tormenta se desencadenó de repente. Parecía como si todos los árboles danzasen. A lo lejos, los lobos comenzaron a aullar. Me entró tal terror que los cabellos se me erizaron. Todo se hacía cada vez más horrible, tanto es así que estuve a punto de desplomarme de miedo y horror.

Entonces, caí de rodillas, me santigüé, y con todo mi corazón, dije: «Señor Jesucristo, ten piedad de mí.» Tan pronto como hube dicho esto, me sentí absolutamente tranquilo y como si no hubiese pasado ninguna angustia. Todo mi miedo desapareció, y me sentí tan feliz en mi corazón como si hubiese sido transportado al cielo. Esto me hizo tan dichoso que, bueno, ya no paré de repetir la Oración. Aun hoy no sé si la tormenta duró mucho, ni cómo se fue la noche.

Cuando levanté la vista, el día ya llegaba, y yo aún estaba allí arrodillado en el mismo lugar. Me incorporé tranquilamente, vi que ya no iba a encontrar al carnero, y me fui a casa. Pero ahora todo estaba bien en mi corazón, y repetía la Oración a más no poder. Tan pronto como llegué a la aldea, el starosta vio que no había traído al carnero y me apaleó hasta dejarme medio muerto; me dejó este pie fuera de sitio, ¿veis? Tuve que guardar cama seis semanas, casi sin poder moverme, a resultas de esta paliza. Todo lo que sabía era que seguía repitiendo la Oración, y que esto me consolaba.

Cuando me recobré un poco, me fui a vagar por el mundo, y puesto que ir dando de empellones por entre la multitud no me interesaba, a la par que suponía mucha ocasión de pecado, recurrí a ir errante de un lugar santo a otro, y también por los bosques. Así es como he pasado casi cinco años ya. 


Cfr. Anónimo, Relatos de un peregrino ruso.

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