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poniedziałek, 8 października 2012

EL PRECIO DEL SACRILEGIO


El sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las cosas y los lugares consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente substancialmente.
Catecismo de la Iglesia católica 2120

Koryta, Polonia
Refiere en sus Anales el Cardenal Baronio, que en la villa de Lusignan, cerca de Poitiers, había un sujeto que manifestaba un gran desprecio por la persona de Jesucristo: escarnecía y menospreciaba a cuantos frecuentaban los Sacramentos; ridiculizaba su devoción.

Sin embargo, Nuestro Señor, que siempre prefiere la conversión a la pérdida del pecador, le había enviado con alguna frecuencia remordimientos de conciencia, bien veía que obraba mal y que aquellos de que se burlaba le aventajaban en felicidad; mas, en cuanto se le ofrecía una nueva ocasión, volvía a las andadas y, de esta manera, poco a poco, acabó por ahogar enteramente los remordimientos que Dios le enviaba.

Mas, para mejor disimularlo, procuró ganar la amistad de un santo religioso, el superior del monasterio de Bonneval, lugar muy cercano a su morada. Iba allí con frecuencia, y, aunque impío, hacía gala de aquélla amistad, y se creía hasta bueno cuando estaba con aquellos santos religiosos. El superior, que, andando el tiempo, se dio cuenta de lo que pasaba en el ánimo de aquel sujeto, le decía muchas veces:
«Mi querido amigo mío, veo que no tenéis el respeto que debierais a la presencia de Jesucristo en el adorable Sacramento del altar; y creo que, si queréis convertiros, no habrá más remedio que dejar el mundo y retiraros en un monasterio para hacer allí penitencia. Mejor que nadie sabéis vos cuántas veces habéis profanado los Sacramentos, manchándoos el alma con abominables sacrilegios; si llegaseis a morir, seríais arrojado al infierno por toda la eternidad. Creedme, pensad en reparar las profanaciones cometidas; ¿cómo podéis vivir en tan miserable estado?»

Aquel pobre hombre parecía escucharle y hasta aprovecharse de sus consejos, pues sentía, ciertamente, en su conciencia el peso de los sacrilegios; mas como le repugnaba aceptar algunos pequeños sacrificios, indispensables para su conversión, resultaba que, con todo y sus buenos pensamientos, continuaba siempre igual; y así sucedió que, cansándose Dios de su impiedad y de sus sacrilegios, le abandonó a sí mismo; y el pobre cayó enfermo.

El abad, sabiendo el mal estado en que se hallaba su alma, se apresuró a visitarle. Al ver el infeliz que aquel buen religioso, que era un santo, iba a verle, lloró de alegría, y, quizá concibiendo la esperanza de que rogaría por él y le ayudaría a sacar su alma del cenagal de sus sacrilegios, suplicó al abad que se quedase con él cuanto tiempo le fuese posible.

Llegó la noche y se retiraron todos menos el abad, que permaneció junto al enfermo. Aquel pobre infeliz se puso a dar gritos horribles, diciendo:
«¡Padre mío!, ¡socorredme! ¡venid en mi auxilio!» ¡Mas, ay! ¡no era ya tiempo oportuno! Dios le había abandonado en castigo de sus impiedades y sacrilegios. «¡Ah! ¡Padre mío, ved aquí dos espantosos leones que me están acechando! ¡Ah! ¡Padre mío, socorredme!»

El abad, lleno de espanto, se arrodilló para implorar misericordia, a favor del enfermo; mas era ya demasiado tarde, la justicia de Dios le había entregado al poder de los demonios. De repente, el enfermo cambió de voz hablando en tono más sosegado; se puso a conversar como una persona sana y en el pleno dominio de su espíritu: 
«Padre mío, le dijo, aquellos leones que ahora mismo estaban cerca de mí se han retirado».

Pero mientras estaban hablando familiarmente, el enfermo perdió la voz y quedó como muerto. Por tal lo tuvo el religioso, mas quiso presenciar el fin de todo aquello; decidió, pues, pasar el resto de la noche junto al enfermo.

Al cabo de un rato, aquel pobre infeliz volvió en sí, recobró la palabra, y dijo al superior: 
«Padre mío, acabo de ser citado al tribunal de Jesucristo, y, a causa de mis impiedades y sacrilegios, estoy condenado a arder en los infiernos».

Asustado el religioso, se puso a orar, intentando probar si quedaba aún algún recurso para lograr la salvación de aquel desgraciado, mas, viéndole rezar el moribundo, le dijo:
«Padre mío, dejad vuestras oraciones, Dios no os va a escuchar en nada de cuanto le digáis respecto a mí; los demonios me rodean, sólo están esperando el instante de mi muerte, que no tardará en llegar, para arrastrarme al infierno, en donde voy a arder por toda la eternidad».

De repente, sobrecogido de espanto, exclamó:
«¡Ah! Padre mío, el demonio se me lleva; adiós Padre mío, desprecié vuestros consejos y estoy condenado».

Y diciendo esto, vomitó su alma maldita a los abismos. Se retiró el superior llorando vivamente por la suerte de aquel desgraciado que desde su lecho acababa de caer en el infierno.

San Juan María Vianey, Extracto del Sermón del Jueves Santo


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