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niedziela, 7 października 2012

LA CASULLA DE LA VIRGEN


Esforcémonos, pues, por tener siempre delante a esta bendita Madre, por caminar siempre junto a Ella, ya que no hay otro camino que conduzca a la vida, sino el que Ella nuestra Madre ha seguido. Nosotros que queremos llegar a la meta, no rehusemos seguir este camino. Vayamos siempre con esta nuestra querida Madre.
San Pío de Pietrelcina

Hay una leyenda sobre san Ildefonso, amante y fiel devoto de la Virgen, en la que se relata la visita y el celestial regalo de una casulla que le entregó la Virgen al Santo como premio y recompensa por el tratado que escribió en defensa suya sobre la “Perpetua Virginidad de María Santísima” en contra de las infamias y blasfemias que aparecieron en un libro escrito por unos herejes. La leyenda escrita por Santos Díaz Santillana en la parte que nos interesa textualmente dice:

“Todo Toledo acudió a la fiesta de la Virgen. El santo arzobispo se levantó a maitines y entró en la iglesia seguido de su clero. Pero, al penetrar en el templo la comitiva, todos se quedaron atónitos y asombrados. Una luz vivísima los deslumbró de tal suerte que, dejando caer las antorchas, retrocedieron despavoridos.

Quedó san Ildefonso rodeado de ángeles y resplandores. Una dulce armonía se escuchaba y un perfume suavísimo de gloria embalsamaba el ambiente. Y allí, sobre la misma ebúrnea cátedra desde donde el santo prelado solía predicar al pueblo las glorias de María, apareció la Señora, radiante, hermosísima, sonriente. Traía en sus divinas manos un presente prodigioso: una maravillosa casulla de seda y oro, refulgente de perlas y finas pedrerías, hecha por manos angélicas en los talleres del cielo.

-Bien has escrito de mí, Ildefonso -dijo la celestial Señora con voz incomparable-. Acércate, carísimo siervo de Dios; recibe de mis manos este don que traigo para ti del Tesoro de mi Hijo; úsale solo en el día de mi festividad. Y como siempre tuviste los ojos fijos en mí y el ánimo dispuesto a mi servicio, y ceñiste tus lomos con el cíngulo de la virginidad, y con la dulce elocuencia de tu labio derramaste en los corazones de los fieles mis glorias y loores; adórnate ya en esta vida de la túnica de la gloria para alegrarte después en mi morada con los demás siervos.

Cayó extático san Ildefonso al recibir la sagrada casulla, sonó de nuevo la dulce armonía de las legiones angélicas y se esparció por los ámbitos de la basílica suave humo de incienso, mientras los ojos de Ildefonso permanecían clavados en el ábside, como queriendo retener la visión que desaparecía…”

Cfr. Santiago Vanegas Cáceres, Reina, Señora y Madre,
Guayaquil-Ecuador 22005, N° 11, 14.


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