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niedziela, 7 października 2012

LA LEYENDA DE TEÓFILO


Todo lo espero de mi dulce Madre María. Por eso le pido sin vacilaciones las gracias divinas de que es tesorera, los efectos de la misericordia que se desbordan de su corazón virginal y los favores temporales que sabe ella derramar a manos llenas sobre sus hijos.
Santo Hermano Miguel

Era Teófilo clérigo de buena y granada hacienda, de carácter
Virgen de Guadalupe
pacífico, de costumbres morigeradas. Vivía en paz de Dios, entregado al estudio y a las limosnas. Ocupaba la vicaría de su obispo, teniendo con esto notable consideración por parte de los demás clérigos y siendo por todos estimado y servido. Hacía grandes obras de caridad, vestía a los desnudos, acogía a los pobres romeros que llegaban ateridos en las tardes de crudo invierno, y a los penitentes que a él se acercaban siempre los conducía suave y amorosamente al buen camino. El obispo tenía por Teófilo gran cariño, pues se sabía de seguro auxiliado por vicario tan prudente, y todas las gentes de los contornos lo estimaban por sabio, por justo, por varón ejemplar.

Aconteció que la vida del obispo llegaba a su límite. Enfermó gravemente. Al fin murió y fue llorado por todos, y de manera especial por Teófilo. Éste fue quien organizó todo lo concerniente a los funerales y al sepelio, demostrando en ello tanta diligencia y buena voluntad como en todas las ocasiones.

Pasados algunos días, todos empezaron a decir que el sucesor del obispo muerto debía ser Teófilo, ya que ningún clérigo tenía tantos méritos de piedad, discreción y buen gobierno. Enviaron cartas al Metropolitano para que nombrase obispo a Teófilo, y, en efecto, los del Arzobispado mandaron llamar a nuestro clérigo para que aceptase la mitra. Llegado a donde estaba el arzobispo, éste dijo a Teófilo: «Es mi voluntad que aceptes el obispado; nadie como tú puede ocupar un puesto que tantas virtudes y cualidades exige».

Mas Teófilo rehusó modestamente, añadiendo que la aceptación sería en contra de su voluntad, pues él deseaba seguir en su sitio, sin aspirar a nada más.

Entonces los clérigos hicieron nueva elección y nombraron a otro para el obispado. Y éste tomó nuevo vicario, con lo que Teófilo se entristeció mucho. Y si bien nada aparentaba, su espíritu, abatido por la amargura ante lo que él creía una injusticia, empezó a llenarse de envidia. Y día tras día el mal sentimiento fue creciendo, al verse tratado muy distintamente de como lo fuera antes. Acabó su privanza en casa del obispo, y aquellos que lo habían respetado y venerado cuando podía hacerles favores, ahora le desdeñaban y hacían públicos desprecios. Entonces, henchido de rencor, perdida toda prudencia, el despecho le hizo cometer un enorme pecado.

En la ciudad en que vivía Teófilo se conocía a cierto judío por su habilidad en las malas artes de la magia. Era un falso truhán, tocado de malos vicios, ducho en encantamientos, brujerías y en todas las cosas de los hechiceros, y caminaba seguro, guiado por el espíritu malo. Era gran sabedor en dar malos consejos, y así, había hecho que muchas almas se perdiesen. Y los que a él acudían, viendo que siempre el viejo marrullero conseguía lo que ellos deseaban, le rendían ferviente adoración, sin comprender que era la mano de Satanás la que lo guiaba todo. Y a este hombre acudió el desdichado Teófilo.

Fue a visitarle y le contó todos los sucesos ocurridos desde la muerte del obispo, y de cómo su antiguo poderío y la consideración de que gozara se habían esfumado. El judío le contestó: «Si tú quieres creerme, yo te haré volver a tu antiguo estado; no tengas duda sobre esto, y todo se arreglará, si tú quieres firmemente que así sea.» «Por eso vine, ¡Oh maestro!», dijo Teófilo, ya convencido al ver la seguridad con que le hablaba su interlocutor. Éste le repitió que todo estaba seguro y que volviese a su casa. «Cuando lleguen las sombras de la noche, sal de tu morada sin que tu gente lo advierta; ven, llama a la puerta, y no hagas más.»

Teófilo, loco de alegría, volvió a su casa, y ya consideraba que todo estaba arreglado y que los malos tiempos pasarían para dar principio a una época de venturas, como aquella que él añoraba tanto. Cuando llegó la noche, salió sin que nadie lo viera; se dirigió a casa del judío, golpeó en la puerta y el truhán abrió presto. Lo saludó, y, después, tomándole de la mano, lo condujo fuera de la ciudad, hasta una encrucijada.

Llegados allí, le dijo: «No te santigües, veas lo que veas y no temas nada. Tu deseo se verá pronto cumplido.» Cuando el judío terminó, Teófilo vio cómo por el camino venía una procesión de gentes con cirios que despedían una vacilante luz. Los portadores de los cirios eran de feo y repulsivo aspecto: en medio de ellos venía su rey: el rey de la hueste antigua, el Maligno. El judío tomó al clérigo por la mano y lo llevó a una tienda, donde estaba asentado el rey, rodeado de otros que semejaban ser príncipes suyos. 


«¿Qué buscas y quién es ése que traes contigo?», preguntó el rey. «Señor, este hombre era vicario del obispo y de él recibió grandes honores; mas cuando murió y vino otro a ocupar la silla, fue quitado de su cargo y perdió todo lo que tenía. Por eso ha venido a caer a tus pies, para pedirte que tú, con tu poder, le restituyas lo que tenía y él sabrá corresponder adorándote y siendo buen vasallo.»

El diablo respondió: «No es vasallo mío, sino de Cristo. Que reniegue de su Señor, que siempre nos combate y vence; que reniegue también de Santa María, y que, haciendo la carta como es de rigor, ponga en ella su sello. Y entonces volverá a su antiguo lugar éste que ya será vasallo mío.» Teófilo consintió en todo esto.

Renegó de Jesucristo y de la Virgen, escribió la carta en que afirmaba su perjurio y se declaraba siervo de Satanás y puso en ella su sello. Partió de allí y volvió a su casa ya avanzada la noche, al cantar los gallos. Nadie había advertido su salida, sino Dios, a quien nada se oculta.

Mas perdió la sombra de su cuerpo, tomó mal color y empalideció. Pocos días después el obispo lo mandó llamar y le dijo: «En estos días, sin saber cómo, he venido a pensar que he cometido contigo gran injusticia al quitarte de vicario mío. Por eso he determinado restituirte en tu puesto y tus honores y proclamarlo así ante todos. Y también quiero pedirte perdón por el daño y perjuicios que te ocasioné con mi error.» «Señor -contestó Teófilo-, os agradezco de corazón lo que hacéis por mí y os perdono lo ocurrido.»

Y desde aquel día el respeto y la consideración de las gentes volvieron a Teófilo: el obispo le dispensaba grandes muestras de confianza y de todos los pueblos de la comarca venían mensajeros cargados de obsequios y portando cartas en las que todos los buenos cristianos daban fe de su amor y veneración al vicario. Y éste se tornó muy vanidoso y ufano.

Mas Cristo, que no descansa y que mira siempre por la salvación de todo pecador, por empedernido que esté, quiso traer a Teófilo por el camino del bien. Y, en efecto, le envió una enfermedad, que causó al clérigo perjuro grandes dolores de cuerpo y un adormecimiento del que no podría despertar. Mas, al fin, despejándose un poco su cabeza, comenzó a meditar en lo que le había ocurrido y sobre todo en lo que prometiera al diablo. Y cayendo en tierra, exclamó con dolor:
«¡Ay mezquino de mí, malhadado! He perdido el alma, y el cuerpo lo tengo lleno de lacerías. ¿Quién me derribó del otero al que subí? Jamás podré recobrar el bien para mi alma. Nadie querrá rogar a Dios por tan gran pecador como soy; moriré como quien yace en medio de la mar; no veo camino ni senda por donde pueda dirigir mis pasos con mediana ventura. Yo mismo me herí con mis manos; yo mismo maté mi alma y mi cuerpo. Ni me querrá oír la Virgen Gloriosa, pues renegué de Ella. Estoy perdido, y no tengo valedor. Mi traición es mayor aún que la de Judas; mi perdición, cual la de hombre alguno; y en el día del Juicio no vendrá nadie peor que yo. No hay nadie que me dé auxilio: sólo Santa María. A sus pies me echaré y, besando el suelo, pediré perdón.»

Y salió de su casa, fue a la iglesia y, tirándose en tierra, delante de la Santa Reina de los cielos, comenzó a rogar y a declarar, entre lágrimas, su enorme pecado:
«Señora, vale a esta alma mezquina. Estoy perdido y en medio del más sombrío desamparo; hice un mal encartamiento: puse mi sello en un mal papel, entregando así mi alma al pecado, humillándome ante el Espíritu Malo. Tú, Señora, Puerta del paraíso, Reina coronada, Señora verdadera, vuelve tus ojos a mí y ruega como has rogado por tanta gente dolorida.»

Éstas fueron las preces de Teófilo, y durante cuarenta días las repitió, tendido, noche y día con contrición afligida.

Sólo al día cuarenteno se compadeció el Señor y se le apareció la Virgen María, la cual le hizo grandes reproches por el pecado enorme de que ahora estaba arrepentido. «Hombre de mala ventura, ¿qué pides ni qué ruegas? Sobre hielo escribes, siembras en pedregal. Gran amargura me has dado; me has causado un gran enojo. Ni puedo acogerte, ni rogar a mi Hijo por ti. No eres siervo nuestro; renegaste de nosotros. Busca a tu señor; no a nosotros.»

Mas Teófilo, confesando su fe y su arrepentimiento, sollozó: «¡Válgame la penitencia que he de hacer y que hago! El arrepentimiento salvó a la santa Magdalena y a David, que cometió de un golpe tres pecados, y a los habitantes del pueblo de Nínive. Por esto te ruego, Señora, que me escuches.» La Santísima Virgen le contestó: «Don sucio, la carta que hiciste y que sellaste con tu propio sello está en un recóndito sitio del infierno guardada. Y mi Hijo no querrá descender al infierno a buscarla sólo porque tú ahora gimas y te arrepientas.»

Mas Teófilo, rogando de nuevo, dijo que la carta tornaría a él tan pronto lo mandase Cristo. Durante tres días aún hizo el pobre clérigo penitencia rigurosísima. Al fin, Santa María volvió a aparecérsele, diciéndole que había intercedido ante Cristo por él y que siguiera en la vía del arrepentimiento y de la penitencia.

Pero Teófilo volvió a rogar que le rescatase la carta, pues tenía en ella empeñada el alma. La Señora fue entonces ella misma a buscar la carta, y una noche después, estando Teófilo medio desvanecido y preso de gran dolor, despertó al sentir que había recibido un golpe. Era la carta, arrojada por la Virgen, que con su poder la había rescatado. Cayó entonces el clérigo de rodillas, entonando fervientes laudes y derramando lágrimas copiosas de gratitud.

Al otro día, por la mañana, Teófilo se dirigió a la iglesia. Era día de fiesta y de toda la comarca acudían los fieles. Había de oficiar el mismo obispo. Llegó Teófilo, y echándose a los pies de su piadoso superior, confesó su pecado. Contó cómo se había apartado de su vida anterior, llevado del pecado de envidia y de soberbia, y cómo había hecho pacto con el Espíritu Malo, rey de la hueste antigua, y ante el asombro del obispo, dijo que por intercesión de la Virgen Santísima había rescatado la carta en que pusiera su sello, y así la mostró.

El obispo se santiguó ante tan gran milagro, y, una vez que acabó la misa, hizo señal al pueblo para que no se marchase aún, y dijo:
«Oíd una grave historia, tal como no oísteis otra ninguna en vuestra vida; ved el poder del diablo y cómo se engañan los que no se guardan de él. A este canónigo nuestro lo movió un mal hombre, que lo llevó a buscar al diablo para que le restituyese en un puesto que perdió. El viejo enemigo lo supo engañar; hizo que renegase de Cristo y de la Santísima Virgen y que se prosternase ante él. Después le hizo firmar y sellar una carta. Y Dios misericordioso y Santa María se compadecieron de él, y la Gloriosa Virgen bajó al infierno a buscar el papel del pacto, que aquí en esta mano tengo, para que no dudéis de cuanto os digo.»

Todos se arrodillaron, dando gracias a la Madre Gloriosa; entonaron el Te Deum laudamus, y, después, habiéndose ordenado que se encendiera un gran fuego, el obispo echó a la hoguera la carta con el sello de Teófilo. Éste recibió entonces el Cuerpo del Señor, y, cuando lo hizo, una gran claridad salió de su cuerpo, ante el asombro de todos, que comprendieron que Dios había triunfado sobre Satanás. Mas Teófilo no se envaneció por ello, sino que, al contrario, entendiendo que el fin de sus días se aproximaba, hizo penitencia y repartió sus bienes entre los pobres. Pidió perdón a sus vecinos y éstos le perdonaron de buena voluntad. Y al tercer día de haberse quemado la carta, rindió su alma al Señor y en aquella misma iglesia fue enterrado.

Así acabó Teófilo en bienaventurado, habiendo enmendado su yerro por valimiento de la Santa Virgen.

Cfr. Antología de Leyendas de la Literatura Universal,
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor, Barcelona 1953.

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