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sobota, 13 października 2012

MAL CONSEJO


No se educa al niño cuando nosotros nos rebajamos a satisfacer sus meros deseos terrenos, aun no del todo desarrollados, y a satisfacer todos sus instintos... Esto es un mimar denigrante.
Mons. Tihamér Tóth

Se refiere en la historia que un padre tenía un hijo del cual recibía toda suerte de consuelos; era juicioso, obediente, reservado, en fin, un modelo que edificaba a toda la parroquia. Un día hubo unos festejos en un lugar vecino, y el padre le dijo:
«Hijo mío, tú no sales nunca, vete un momento a divertirte con tus amigos, todos son personas decentes, no estarás con malas compañías».
Y el hijo contestó:
«Padre mío, mi mayor placer, mi mayor recreo, es estar en vuestra compañía».

Ved aquí una excelente respuesta para tu hijo: preferir la compañía del padre a todos los placeres y a todas las compañías.

«Hijo mío, le dijo aquel padre ciego, si esto es así, iré yo también contigo».
Y padre e hijo partieron.

La segunda vez que ocurrió un caso semejante, el hijo no necesitó ya tantas instancias para decidirse; la tercera partió solo; ya no necesitaba a su padre; al contrario, aquel comenzaba a estorbarle; sin necesidad de nadie sabía hallar perfectamente el camino. Su pensamiento no se ocupaba en otra cosa que en las músicas que oyó y en las personas con quienes habló.

Acabó por dejar aquellas prácticas religiosas que se había impuesto cuando estaba entregado del todo a Dios; trabó relaciones con una joven mucho peor que él. El vecindario comenzó a hablar del joven como de un novel libertino.

En cuanto su padre se dio cuenta de ello, quiso interponerse en su carrera y le prohibió salir para cualquier lugar sin su permiso; más ya no encontró en el hijo aquella antigua sumisión. ¡Nada pudo detenerle; se burlaba de su padre, diciéndole que, porque ahora no podía él ya divertirse, quería también impedírselo a los demás.

El padre, desesperado al ver que la cosa no tenía remedio, se mesaba los cabellos. La madre, que apreciaba mejor que su marido los daños de aquellas malas compañías, muchas veces le había advertido el peligro, diciéndole que otro día se arrepentiría; más era ya demasiado tarde.

Un día, al volver el hijo de sus correrías, el padre le pegó. El hijo, al verse aborrecido de sus padres, sentó plaza en el ejercito, y, al cabo de algún tiempo, recibieron en su casa una carta en la que se les notificaba que aquel hijo había perecido aplastado a los pies de los caballos.

¡Ay!, ¿dónde fue a parar aquel pobre joven? Dios quiera que no fuese al infierno. Sin embargo, si se condenó, lo cual parece probable según todas las apariencias, su padre fue el verdadero causante de su perdición. Y aunque el padre se abandonase a la penitencia, todas las lágrimas y todas las mortificaciones serian incapaces de sacar al pobre hijo de aquel lugar de tormento. ¡Ah!, ¡desgraciados padres los que arrojáis vuestros hijos a las eternas llamas!

San Juan María Vianey,
Extracto del Sermón sobre Deberes de los Padres hacia los Hijos

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