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wtorek, 9 października 2012

MARTIRIO DE SANTA INÉS

A mí me parece que Dios permite las tribulaciones y las persecuciones sangrientas de su propia Iglesia, para que el clima tibio de invernadero creado por una paz duradera, no la corrompa ni haga que se multipliquen la mala hierba y los cardos.
Mons. Tihamér Tóth

Santa Inés (Agnes),
Virgen y mártir,
Francisco Pacheco
(1608, Prado)
Santa Inés tenía la gran dicha de conservar puro su corazón. Se parecía a los lirios que crecen derechos hacia el cielo y embalsaman el ambiente que los rodea con un aroma exquisito y agradable. 

Su belleza y sus riquezas fueron causa de que, a la edad de poco más de doce años, fuese pretendida por el hijo del prefecto de la ciudad de Roma. Ella le dio a entender que estaba consagrada a Dios. Entonces la prendieron, bajo el pretexto de que era cristiana, más, en realidad, para que consintiese a los deseos de aquel joven... 

Pero ella estaba tan firmemente unida a Dios que ni las promesas, ni las amenazas, ni la vista de los verdugos y de los instrumentos expuestos en su presencia para amedrentarla consiguieron hacerla cambiar de sentimientos. Viendo sus perseguidores que nada podían obtener de la Santa, la cargaron de cadenas, y quisieron ponerle una argolla y varios anillos en la cabeza y en las manos; pero tan débiles eran aquellas pequeñas e inocentes manos, que sus verdugos no pudieron lograr su propósito. Permaneció firme en su resolución y, en medio de aquellos lobos rabiosos, ofreció su cuerpecito a los tormentos con una decisión que admiró a los mismos atormentadores. 

La llevaron arrastrándola a los pies de los ídolos, más ella declaró públicamente que sólo reconocía a Jesucristo, y que aquellos ídolos eran demonios. El juez, bárbaro y cruel, viendo que nada podía conseguir, pensó que sería más sensible ante la pérdida de aquella pureza de la cual hacía tanta estima. La amenazó con hacerla exponer en un infame lupanar; más ella le respondió con firmeza: 

«Podréis muy bien darme muerte; pero jamás podréis hacerme perder este tesoro; pues Jesucristo mismo es su más celoso guardián». 

El juez, lleno de rabia, la hizo conducir a aquel lugar de infernales inmundicias. Más Jesucristo, que la protegía de una manera muy particular, inspiró tan grande respeto a los guardias, que sólo se atrevían a mirarla, con una especie de espanto, y al mismo tiempo confió su custodia a uno de sus ángeles. Los jóvenes, que entraban en aquel recinto abrasados en impuro fuego, al ver, al lado de la doncella, a un ángel más hermoso que el sol, salían abrasados en amor divino. 

Pero el hijo del prefecto, más corrompido y malvado que los otros, se atrevió a penetrar en el cuarto donde se hallaba santa Inés. Sin hacer caso de aquellas maravillas, se acercó a ella con la esperanza de satisfacer sus impuros deseos; más el ángel que custodiaba a la joven mártir hirió al libertino, el cual cayó muerto a sus pies. 

Al momento se divulgó por toda la ciudad de Roma la noticia de que el hijo del prefecto había recibido la muerte de manos de Inés. El padre, lleno de furor, se fue al encuentro de la Santa, y se entregó a todo cuanto la desesperación podía inspirarle. La llamó furia del infierno, monstruo nacido para llevar la desolación a su vida, pues había dado muerte a su hijo. Entonces santa Inés contestó tranquilamente: 

«Es que quería hacerme violencia, y entonces mi ángel le dio muerte». 

El prefecto, algo más calmado, le dijo: 

«Pues ruega a tu Dios que le resucite, para que no se diga que tú le has dado muerte». 

«Es innegable que no merecéis esta gracia, dijo la Santa; más, para que sepáis que los cristianos no se vengan nunca, antes al contrario vuelven bien por mal, salid de aquí, y voy a rogar a Dios por él». 

Entonces se prosternó Inés, la faz en tierra. Mientras estaba orando, se le apareció el ángel y le dijo: 

«Ten valor». 

Al momento aquel cuerpo inanimado recobró la vida. Aquel joven, resucitado por las oraciones de la Santa, sale de aquella casa y recorre las calles de Roma clamando: 

«No, no, amigos míos, no hay otro Dios que el de los cristianos; todos los dioses que nosotros adoramos no son más que demonios engañadores que nos arrastran al infierno». 

Sin embargo, a pesar de aquel gran milagro, no dejaron de condenarla a muerte. El lugarteniente del prefecto ordenó encender una gran hoguera, en la cual hizo arrojar a la Santa. Más las llamas se abrieron sin dañar a Inés, y en cambio, quemaron a los idólatras que habían acudido a aquel lugar para presenciar tales tormentos. Viendo el lugarteniente que el fuego la respetaba y no le causaba daño alguno, ordenó degollarla con la espada, a fin de quitarle de una vez la vida; más el verdugo se puso a temblar, como si él fuese el condenado a muerte...

Como, después de su muerte, sus padres llorasen su perdida, se les apareció y les dijo:

«No lloréis mi muerte; al contrario, alegraos de que haya yo alcanzado un tal grado de gloria en el cielo» 

San Juan María Vianey, Extracto del Sermón sobre la Pureza 
(levemente cambiado)


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