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sobota, 6 października 2012

SANTO DOMINGO OBLIGA A LOS DEMONIOS A CONFESAR A LA VIRGEN


Con el Rosario se puede alcanzar todo. Según una graciosa comparación, es una larga cadena que une el cielo y la tierra, uno de cuyos extremos está en nuestras manos y el otro en las de la Santísima Virgen. Mientras el Rosario sea rezado, Dios no puede abandonar al mundo, pues esta oración es muy poderosa sobre su Corazón.
Santa Teresita del Niño Jesús

En cierta ocasión, mientras santo Domingo predicaba el rosario a una gran muchedumbre, le presentaron un albigense poseído del demonio; lo exorcizó el Santo y arrojando su rosario sobre el cuello del poseso le preguntó a los demonios, que de todos los santos del cielo, a quién temían más y a quién debían amar más los mortales.

Los espíritus inmundos prorrumpiendo en alaridos ante semejante pregunta se resistieron suplicando al Santo que tenga piedad de ellos. Insistió santo Domingo a que respondieran a su pregunta, mas todo fue inútil. Viendo que los demonios se negaban a decir palabra alguna, se puso de rodillas y elevó a la Santísima Virgen esta plegaria: “¡Oh excelentísima Virgen María! Por virtud de tu salterio y rosario, ordena a estos enemigos del género humano que respondan a mi pregunta!”

Los demonios gritando le rogaban al Santo que no los atormentara más, que les permita salir de ese cuerpo sin decir palabras. “Infelices sois e indignos de ser oídos”, respondió santo Domingo. Y arrodillándose, elevó esta plegaria a la Santísima Virgen: “Madre dignísima de la Sabiduría, te ruego en favor del pueblo aquí presente -instruido ya sobre la forma de recitar bien la salutación angélica-, ¡obliga a estos enemigos tuyos a confesar públicamente aquí la plena y auténtica verdad al respecto!”

Había apenas terminado esta oración, cuando vio a su lado a la Santísima Virgen rodeada de multitud de ángeles, que con una varilla de oro en la mano golpeaban al poseso y le decía: “Responde a Domingo, mi servidor”. (Nótese que nadie veía ni oía a la Santísima Virgen, fuera de santo Domingo.)

Entonces los demonios comenzaron a gritar:

“¡Oh enemiga nuestra! ¡Oh ruina y confusión nuestra! ¿Por qué viniste del cielo a atormentarnos en forma tan cruel? ¿Será preciso que por ti, ¡oh abogada de los pecadores, a quienes sacas del infierno; oh camino seguro del cielo!, seamos obligados -a pesar nuestro- a confesar delante de todos lo que es causa de nuestra confusión y ruina? ¡Ay de nosotros! ¡Maldición a nuestros príncipes de las tinieblas!
Oíd, pues, cristianos! Esta Madre de Cristo lo puede todo implorando ante su Hijo Dios omnipotente y puede impedir que sus siervos caigan en el infierno. Ella, como un sol, disipa las tinieblas de nuestras astutas maquinaciones. Descubre nuestras intrigas, rompe nuestras redes y reduce a la inutilidad todas nuestras tentaciones.
Nos vemos obligados a confesar que ninguno que persevere en su servicio se condena con nosotros. Un solo suspiro que Ella presente a la Santísima Trinidad vale más que todas las oraciones, votos y deseos de todos los santos. La tememos más que a todos los bienaventurados juntos y nada podemos contra sus fieles servidores.
Tened también en cuenta que muchos cristianos que la invocan al morir y que deberían condenarse, según las leyes ordinarias, se salvan gracias a su intercesión. ¡Ah! Si esta Marieta -así lo llamaban en su furia- no se hubiera opuesto a nuestros designios y esfuerzos, ¡hace tiempo habríamos derribado y destruido a la Iglesia y precipitado en el error y la infidelidad a todas sus jerarquías!
Tenemos que añadir, con mayor claridad y precisión -obligados por la violencia que nos hacen-, que nadie que persevere en el rezo del rosario se condenará. Porque Ella obtiene para sus fieles devotos la verdadera contrición de los pecados, para que los confiesen y alcancen el perdón e indulgencia de ellos”.

Cfr. Santiago Vanegas Cáceres,
Reina, Señora y Madre, Guayaquil-Ecuador 2006, N° 11,2.


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