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środa, 21 listopada 2012

MUERTE SANTA DE UNA PASTORCILLA - HOLY DEATH OF A POOR SHEPHERDESS

No busca nada de lo que tenemos, ni necesita para nada de lo nuestro, cuando en el cielo todos se afanan en satisfacer sus deseos. Si exige de nosotros que la sirvamos, es porque busca nuestro bien. Si pide que la alabemos, es porque desea nuestra salvación.
Beato Tomás de Kempis

La Virgen y El Ñiño con los ángeles 
y los santos Jorge y Teódoro, icona c. 600, 
del Monasterio de Santa Catalina 
Narra el P. Auriema que una pobre pastorcilla que guardaba su rebaño amaba tanto a María, que toda su delicia consistía en ir a la ermita de nuestra Señora que había en el monte y estarse allí, mientras pastaba el rebaño, hablando y haciendo homenajes a su amada Madre.

Como la imagen, que era de talla, estaba desprovista de adornos, como pudo le hizo un manto. Otro día, con flores del campo hizo una guirnalda y subiendo sobre el altar puso la corona a la Virgen, diciendo:

“Madre mía, bien quisiera ponerte corona de oro y piedras preciosas, pero como soy pobre recibe de mí esta corona de flores y acéptala en señal del amor que te tengo”.

Con éstos y otros obsequios procuraba siempre esta devota jovencita servir y honrar a su amada Señora. Pero veamos cómo recompensó esta buena Madre las visitas y el amor de esta hija suya.

Cayó la joven pastorcita gravemente enferma, y sucedió que dos religiosos pasaban por aquellos parajes. Cansados del viaje, se pusieron a descansar bajo un árbol. Uno de ellos dormía, pero ambos tuvieron la misma visión. Vieron una comitiva de hermosísimas doncellas, entre las que descollaba una en belleza y majestad. “¿Quién eres, señora, y dónde vas por estos caminos?”, le preguntó uno de los religiosos a la doncella de sin igual majestad. “Soy la Madre de Dios –le respondió– que voy con estas santas vírgenes a visitar a una pastorcilla que en la próxima aldea se halla moribunda y que tantas veces me ha visitado”.

Dicho esto, desapareció la visión.

Los dos buenos siervos de Dios se dijeron: “Vamos nosotros también a visitarla”. Se pusieron en camino y pronto encontraron la casita y a la pastorcita en su lecho de paja. La saludaron y ella les dijo: “Hermanos, rogad a Dios que os haga ver la compañía que me asiste”. Se arrodillaron y vieron a María que estaba junto a la moribunda con una corona en la mano y la consolaba. Luego las santas vírgenes de la comitiva iniciaron un canto dulcísimo. En los transportes de tan celestial armonía y mientras María hacía ademán de colocarle la corona, la bendita alma de la pastorcita abandonó su cuerpo yendo con María al paraíso.

Extracto de Las Glorias de María, por san Alfonso de Ligorio


It is narrated by Father Auriemma, that a poor shepherdess loved Mary so much that all her delight was to go to a little chapel of our Lady, on a mountain, and there in solitude, while her sheep were feeding, to converse with her beloved mother and pay her devotion to her. 

When she saw that the figure of Mary, in relief, was unadorned, she began, by the poor labor of her hands, to make a drapery for it. Having gathered one day some flowers in the fields, she wove them into a garland, and then ascending the altar of that little chapel, placed it on the head of the figure, saying: “Oh, my mother, I would that I could place on thy head a crown of gold and gems; but as I am poor, receive from me this poor crown of flowers, and accept it as a token of the love I bear thee.” 

Thus this devout maiden always endeavored to serve and honor her beloved Lady. But let us see how our good mother, on the other hand, rewarded the visits and the affection of her child. 

She fell ill, and was near her end. It happened that two religious passing that way, weary with travelling, stopped to rest under a tree; one fell asleep and the other watched, but both had the same vision. They saw a company of beautiful virgins, and among them there was one who, in loveliness and majesty, surpassed the rest. One of the brothers addressed her, and said: “Lady, who art thou? and where art thou going?” “I am the mother of God,” she replied, “and I am going to the neighboring village, with these holy virgins, to visit a dying shepherdess, who has many times visited me.” 

She spoke thus and disappeared. 

These two good servants of God proposed to each other to go and visit her also. They went towards the place where the dying maiden lived, entered a small cottage, and there found her lying upon a little straw. They saluted her, and she said to them: “Brothers, ask of God that he may permit you to see the company that surrounds me.” They were quickly on their knees, and saw Mary, with a crown in her hand by the side of the dying girl, consoling her. Then those holy virgins began to sing, and with that sweet music the blessed soul was released from the body. Mary crowned her, and took her soul with her to paradise.

St. Alphonsus Liguori, The Glories of Mary, New York 1852, pgs. 64-66.


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