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czwartek, 18 kwietnia 2013

CÓMO UNA NIÑA ENCONTRÓ A SU MADRE


Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro. 
(San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3)

Purgatorio, por Annibale Carracci
En Francia, una pobre niña sirvienta llamada Jeanne Marie escuchó una vez un sermón sobre las santas almas, que dejó una impresión indeleble en su mente. Profundamente movida por el pensamiento del intenso e incesante sufrimiento que soportaban las pobres almas, se horrorizaba al ver cuán cruelmente eran olvidadas y dejadas de lado por sus amigos de la tierra.

Otra cosa que la impresionó profundamente es oír que hay muchas almas que están tan cerca de su liberación, que una sola misa sería suficiente para ellas; pero que son retenidas largo tiempo, hasta años, sólo porque este último y necesario sufragio fue olvidado o negado.

Con una fe simple, Jeanne Marie resolvió que, costara lo que costara, ella ofrecería una misa por las pobres almas cada mes, especialmente por las más cercanas al cielo. Ella ahorraba un poquito, a veces con dificultad, pero nunca falló en su promesa.

En una ocasión fue a París con su patrona, y cayó enferma, viéndose obligada a ir al hospital. Desafortunadamente, la enfermedad resultó ser de largo tratamiento, y su patrona tuvo que regresar a casa, deseando que su mucama pronto se reuniera con ella. Cuando al final la pobre sirvienta pudo dejar el hospital, allí había dejado todos sus ahorros, de manera que sólo le quedaba en la mano un franco.

¿Qué hizo? ¿A dónde ir? De repente, un pensamiento cruzó su mente y se acordó que no había ofrecido ese mes una misa en favor de las pobres almas. ¡Pero tenía sólo un franco! Apenas le alcanzaría para comer. Como confiaba en la ayuda de las almas del purgatorio, fue hasta una iglesia y pidió hablar con un sacerdote, para que ofreciera una misa en sufragio de las almas del purgatorio. El sacerdote aceptó, sin imaginarse que la modesta suma que la niña ofreció era el único dinero que ella poseía. Al terminar el Santo Sacrificio, nuestra heroína dejó la iglesia. Una cierta tristeza nubló su rostro, y se sintió totalmente perpleja.

Un joven caballero, tocado por su evidente decepción, le preguntó si tenía algún problema y si podía ayudarla. Ella le contó su historia brevemente, y finalizó diciendo cuánto deseaba trabajar.

De alguna manera se sintió consolada por la forma en que el joven la escuchaba, y recobró la confianza.

"Será un placer ayudarte", dijo. "Conozco una dama que en este momento está buscando una sirvienta. Ven conmigo". Y dicho esto le guió hasta una casa no muy lejos de allí y le pidió que ella tocara el timbre, asegurándole que encontraría trabajo.

En respuesta al toque de timbre, la dama de la casa abrió ella misma la puerta y preguntó a Jeanne Marie qué quería. "Señora -dijo ella-, me dijeron que usted está buscando una mucama. No tengo trabajo y me agradaría tener el puesto".

La dama estaba perpleja y replicó: "¿Quién pudo haberte dicho que necesitaba una mucama? Hace sólo un par de minutos que acabo de despedir a la que tenía, ¿acaso te has encontrado con ella?"

"No, señora. La persona que me informó que usted necesitaba una mucama fue un joven caballero".

"¡Imposible! -exclamó la señora-, ningún joven, de hecho nadie, pudo haberse enterado que necesitaba una mucama".

"Pero, señora -dijo la niña, apuntando un cuadro en la pared-, ése es el hombre que me lo dijo".

"¡No, mi niña, ese es mi único hijo, que ha muerto hace ya más de un año!"

"Muerto o no -aseguró la niña-, él fue el que me trajo hasta aquí, y aún me guió hasta la puerta. Vea la cicatriz en la frente. Lo reconocería donde fuera".

Luego, le contó toda la historia, con su último franco, y de cómo ella obtenía misas por las santas almas, especialmente por las más cercanas al cielo.

Convencida al final de la veracidad de la historia de Jeanne Marie, la dama la recibió con los brazos abiertos. "Ven, pero no como mi sirvienta, sino como mi querida hija. Tú has enviado a mi queridísimo hijo al cielo. No tengo duda que él fue el que te trajo a mí".

Fuente: Paul O’Sullivan, Léeme o laméntalo, p. 20-21.

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