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sobota, 20 kwietnia 2013

DOS OJUELOS DE AZABACHE

Que nuestra alma sedienta acuda a esta fuente, y que nuestra miseria recurra a este tesoro de compasión [...]. Virgen bendita, que tu bondad haga conocer en adelante al mundo la gracia que tú has hallado junto a Dios: consigue con tus oraciones el perdón de los culpables, la salud de los enfermos, el consuelo de los afligidos, ayuda y libertad para los que están en peligro.
(San Bernardo, Hom. en la Asunción de la B. Virgen María, 1, 7-8)

Virgen de Fátima
Muy entrada la noche, absuelvo al último hombre que se arrodilla a mis pies para obtener del Ministro del Señor el perdón de sus pecados.

Le veo descalzo y con el rostro extraordinariamente fatigado. Es aún joven — de 25 a 30 años — y se levanta del suelo con dificultad. Le animo y, dándole mi mano para ayudarle, le pregunto:

— Ha venido de muy lejos, ¿verdad?
— De Trás-os-Montes, al otro lado de Mogadouro.

Reconstruyo en espíritu el mapa de Portugal: Trás-os-Montes... es la provincia que más al norte está, al lado del Miño...

— ¿Está muy lejos?...  Unos doscientos, unos trescientos kiló­metros... ¿No es eso?...
— Unas cincuenta leguas — me responde, acostumbrado a calcular por las medidas antiguas. 
— Pero, ¿no habrá venido a pie todo el camino?
— Pues sí... Ya ve, era una promesa... «Habíamos prometido, yo y mi mujer, venir acá a pie si Nuestra Señora nos curaba a la hijita, que estaba ciega del todo y que los médicos no tenían esperanza de poder curarla. Nació así la niña... y ¡ahora ve!...».

Y una lágrima se deslizó por sus quemadas mejillas.

— Hacíamos una novena y todas las noches le arrojábamos en los ojos unas gotitas del agua milagrosa. El último día, cuando más descuidados estábamos, paso delante de ella y noto que vuelve la cabecita para seguirme con la vista... Me quedé como loco y me puse a llamar a gritos a mi mujer, que estaba fuera gobernando el ganado: María, ven acá, que la Virgen ya nos ha escuchado. Nuestra nena tiene vista. Y acá hemos venido. Esperamos unos días y nos pusi­mos en camino con la esperanza de llegar para el día 12. Y así ha sido.
— ¿Han tardado mucho en el viaje?
— ¡Ocho días! Hemos andado unas seis leguas por día. Por todas partes hemos encontrado gente buena. Siempre hemos tenido un pajar donde dormir. Una vez hasta hubo quien nos ofreció cena y cama. ¡Que Nuestro Señor les pague! Sólo la última noche hemos tenido que dormir a la intemperie, pero ya pasó... Fue en un pinar entre Pombal y Leiria.
— ¿Y comida? ¿La trajeron?
— ¿Comida?... Nuestro panecillo de centeno y nada más... Únicamente para la nena compramos algunas cosillas en las tiendas... Y acá llegamos...

El sonido del órgano que acompaña el «O salutaris Hostia» del segundo turno de la adoración, el primero acabada de terminar, eran las dos de la madrugada, interrumpió el coloquio. Cuando nos dirigíamos hacia la explanada de delante de la Basílica, a tomar parte en esa Hora Santa, veo a una mujer que, también descalza, se acerca a mi compañero, trayendo una niña en los brazos.

— Acá están ellas — me dijo a guisa de presentación.

Enternecido, puse la mano sobre la cabeza de la niña milagrosa­mente curada. Dos ojuelos de azabache relucían en el fondo de una especie de capuz, y de las ropas sale una manecita que se extiende para cogerme la barba.

A los tres nos saltan las lágrimas...

João de Marchi, Era una Señora más brillante que el sol…,
Cova da Iria 31972, p. 28-29.

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