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środa, 17 kwietnia 2013

EL CASO CURIOSO DEL DOCTOR RAYMOND DIOCRÉS


Una cosa me desconcierta intensamente y es que los sacerdotes no hablan más del infierno. Pasa decorosamente en silencio. Se sobreentiende que no todos irán al cielo sin algún esfuerzo, sin alguna convicción precisa. No dudan tampoco que el infierno está en la base del Cristianismo, que este peligro fue a arrancar la Segunda Persona a la Trinidad y que la mitad del Evangelio está llena de ello. Si yo fuera predicador y subiera a la cátedra, probaría en primer lugar la necesidad de advertir al rebaño dormido del espantoso peligro que está corriendo.
(Paul Claudel)


Gaston de Ségur (1820-1881)
En la vida de San Bruno, fundador de los Cartujos, se encuentra un hecho estudiado muy a fondo por los doctísimos Bolandistas, y que presenta a la crítica más formal todos los caracteres históricos de la autenticidad; un hecho acaecido en París en pleno día, en presencia de muchos millares de testigos, cuyos detalles han sido recogidos por sus contemporáneos, y que ha dado origen a una gran Orden religiosa.

Acababa de fallecer un célebre doctor de la Universidad de París llamado Raymond Diocrés, dejando universal admiración entre todos sus alumnos. Era el año 1082. Uno de los más sabios doctores de aquel tiempo, conocido en toda Europa por su ciencia, su talento y sus virtudes, llamado Bruno, hallábase entonces en París con cuatro compañeros, y se hizo un deber asistir a las exequias del ilustre difunto.

Se había depositado el cuerpo en la gran sala de la Cancillería, cerca de la Iglesia de Nuestra Señora, y una inmensa multitud rodeaba respetuosamente la cama, en la que, según costumbre de aquella época, estaba expuesto el difunto cubierto con un simple velo.

En el momento en que se leía una de las lecciones del Oficio de difuntos, que empieza así:

"Respóndeme. ¡Cuán grandes y numerosas son tus iniquidades!",

sale de debajo del fúnebre velo una voz sepulcral, y todos los concurrentes oyen estas palabras:

"Por justo juicio de Dios he sido ACUSADO" .

Acuden precipitadamente, levantan el paño mortuorio: el pobre difunto estaba allí inmóvil, helado, completamente muerto. Continuóse luego la ceremonia por un momento interrumpida, hallándose aterrorizados y llenos de temor todos los concurrentes.

Se vuelve a empezar el Oficio, se llega a la referida lección: "Respóndeme", y esta vez a vista de todo el mundo levántase el muerto, y con robusta y acentuada voz dice:

"Por justo juicio de Dios he sido JUZGADO".

Y vuelve a caer. El terror del auditorio llega a su colmo: dos médicos justifican de nuevo la muerte; el cadáver estaba frío, rígido; no se tuvo valor para continuar, y se aplazó el Oficio para el día siguiente. Las autoridades eclesiásticas no sabían qué resolver. Unos decían:

"Es un condenado; es indigno de las oraciones de la Iglesia”.

Decían otros:

"No, todo esto es sin duda espantoso; pero al fin, ¿no seremos todos acusados primero y después juzgados por justo juicio de Dios?"

El Obispo fue de este parecer, y al siguiente día, a la misma hora, volvió a empezar la fúnebre ceremonia, hallándose presentes, como en la víspera, Bruno y sus compañeros. Toda la Universidad, todo París había acudido a la iglesia de Nuestra Señora. Vuelve, pues, a empezarse el Oficio. A la misma lección: "Respóndeme", el cuerpo del doctor Raymond se levanta de su asiento, y con un acento indescriptible que hiela de espanto a todos los concurrentes, exclama:

"Por justo juicio de Dios he sido CONDENADO"

y volvió a caer inmóvil.

Esta vez no quedaba duda alguna: el terrible prodigio, justificado hasta la evidencia, no admitía réplica. Por orden del Obispo y del Capítulo, previa sesión, se despojó al cadáver de las insignias de sus dignidades, y fue llevado al muladar de Montfaucon.

Monseñor De Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo,
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, pgs. 36-39.


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