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czwartek, 18 kwietnia 2013

EL JOVEN RELIGIOSO DE SAN ANTONINO

Cada pecador enciende en sí la flama de su propio fuego; no es sumergido en un fuego encendido por otros que existieron antes que él. La materia que alimenta este fuego son nuestros pecados.
(Orígenes)

Representación del sexto círculo
del infierno de Dante, por Doré
El sabio arzobispo de Florencia San Antonino refiere en sus escritos un hecho [no menos] terrible que hacia la mitad del siglo quince había aterrorizado a todo el norte de Italia. Un joven de buena familia, que a los dieciséis o diecisiete años había tenido la desgracia de callar en la confesión un pecado mortal y de comulgar en este estado, había diferido de semana en semana, de mes en mes la confesión de sus sacrilegios, continuando sus confesiones y comuniones por un miserable respeto humano. Atormentado por los remordimientos, procuraba acallarlos haciendo grandes penitencias, de suerte que pasaba por un santo. No pudiendo sufrir más, entró en un monasterio. “Aquí al menos, decía para sí, lo diré todo, y expiaré seriamente mis vergonzosos pecados”.

Para su desgracia fue acogido como un santo por los Superiores, que conocían su reputación, y se aumentó aún más con esto su vergüenza. Aplazó para más adelante sus confesiones, redobló sus penitencias y se pasaron en este deplorable estado uno, dos, tres años. No se atrevía nunca a revelar el horrible y vergonzoso peso que lo agobiaba; al fin, parecía que una mortal enfermedad le facilitaba el medio. “Ahora, decía en sus adentros, voy a hacer antes de morir una confesión general”. Pero sobreponiéndose siempre el amor propio a su arrepentimiento, enredó de tal modo la confesión de sus culpas, que el confesor no pudo comprender nada: tenía un vago deseo de abordar de nuevo el asunto al día siguiente; pero le sobrevino un acceso de delirio, y el infeliz murió.

En la Comunidad se ignoraba la horrible realidad, y se decía: “Si éste no está en el cielo, ¿quién de nosotros podrá ir?” Y se hacían tocar con sus manos cruces, rosarios, medallas. Fue trasladado el cuerpo, con una especie de veneración, a la iglesia del monasterio, y quedó expuesto en el coro hasta el día siguiente, en que habían de celebrarse los funerales.

Algunos momentos antes de la hora fijada para la ceremonia, uno de los Hermanos, enviado para tocar la campana, vio de repente delante de sí y cerca del altar al difunto, rodeado de cadenas, que parecían enrojecidas en el fuego, y apareciendo en toda su persona algo incandescente. Espantado el pobre Hermano, había caído de rodillas, fijos los ojos en la terrible aparición. Le dijo entonces el condenado:

“No roguéis por mí, pues estoy en el infierno por toda la eternidad”.

Y refirió la lamentable historia de su funesta vergüenza y de sus sacrilegios, después de lo cual desapareció, dejando en la iglesia un olor hediondo que se esparció por todo el monasterio, como para atestiguar la verdad de lo que el Hermano acababa de ver y oír.

Advertidos luego los Superiores, hicieron quitar el cadáver, considerándolo indigno de sepultura eclesiástica.

Monseñor De Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo,
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, p. 40-42.

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