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czwartek, 18 kwietnia 2013

LA CORTESANA DE NÁPOLES


La mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe.
(Faustina Kowalska)

San Francisco de Jerónimo
San Francisco de Girolamo, célebre misionero de la Compañía de Jesús a principios del siglo dieciocho, había estado encargado de dirigir las Misiones en el reino de Nápoles. Un día que predicaba en una plaza de dicha ciudad, algunas mujeres de mala vida, que había reunido una de ellas llamada Catalina, se esforzaban en interrumpir el sermón con sus cantos y sus ruidosas exclamaciones, para obligar al Padre a retirarse; pero este continuó su discurso, sin dar a conocer que advirtiese sus insolencias.

Algún tiempo después volvió a predicar en la misma plaza. Viendo cerrada la puerta de la habitación de Catalina y en profundo silencio toda la casa, ordinariamente tan alborotada:

—¿Qué es lo que ha sucedido a Catalina? —dijo el Santo.
—¿No lo sabe vuestra paternidad? La desdichada murió ayer, sin poder pronunciar palabra.
—¿Catalina ha muerto? —replica el Santo—, ¿ha fallecido repentinamente? Entremos y veamos.

Se abre la puerta, sube el Padre la escalera, y entra, seguido de la multitud, en la sala en que estaba tendido en tierra el cadáver encima de un paño, con cuatro cirios, según costumbre del país. Lo mira algún tiempo con espanto, y después le dice con voz solemne:

—Catalina, ¿dónde estás ahora?—. El cadáver permaneció mudo, pero el Santo repitió:

—Catalina, dime, ¿dónde estás ahora?... Te mando me digas dónde estás.

Entonces con gran pasmo de todo el mundo, se abrieron los ojos del cadáver, sus labios se agitaron convulsivamente, y con voz cavernosa y profunda responde:

—En el infierno! !estoy en el infierno!

A estas palabras los asistentes huyen atemorizados, y baja con ellos el Santo, repitiendo “!En el infierno! !oh Dios terrible! !en el infierno! ¿lo habéis oído? !en el infierno!”

La impresión de este prodigio fue tan viva, que un buen número de los que lo presenciaron no se atrevieron a volver a sus casas sin haber ido a confesarse.

Monseñor De Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo,
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, p. 43-44.

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