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piątek, 19 kwietnia 2013

UNA AVENTURA EN LOS APENINOS


Una sola misa ofrecida y oída en vida con devoción, por el bien propio, puede valer más que mil misas celebradas por la misma intención, después de la muerte. 
San Anselmo

Escultura barroca de Dupar,
Beniaján (España)
Un grupo de sacerdotes fueron convocados a Roma para tratar un asunto de gravedad. Eran portadores de importantes documentos, y una gran suma de dinero les fue confiada para el Santo Padre. Atentos al hecho que los Apeninos, los cuales habían de cruzar, estaban infestados de forajidos, eligieron un guía de confianza. No había por aquel entonces túneles ni trenes para cruzar las montañas.

Se encomendaron a la protección de las Ánimas Benditas del Purgatorio, y decidieron recitar el De Profundis cada hora por ellas.

Cuando llegaron al corazón de las montañas, el que iba adelante de todos dio la voz de alarma a la vez que espoleaba a los caballos a todo galope. Mirando alrededor, los sacerdotes vieron a ambos lados del sendero fieras bandas de forajidos fuertemente armados y apuntándoles. Se encontraban en una emboscada a merced de los delincuentes.

Después de una hora de temerario avance, el guía paró y mirando a los sacerdotes, dijo: "No puedo entender cómo escaparon. Esta gente nunca perdona a nadie".

Los padres estaban convencidos que debían su seguridad a las Santas Almas, como luego se confirmaría con un hecho que disiparía toda duda.

Cuando concluyeron su misión en Roma, uno de ellos fue destinado a la Ciudad Eterna, como capellán de una prisión. No mucho después, uno de los más feroces bandidos en Italia fue capturado, y condenado a muerte por una larga serie de asesinatos y esperaba la ejecución en su celda.

Ansioso de ganar su confianza, el capellán le contó sus aventuras, entre ellas las de los Apeninos. El criminal manifestó gran interés en la historia. Cuando terminó el curita su relato, el asesino exclamó: "¡YO FUI el líder de esa banda! Estábamos seguros de que ustedes portaban dinero y habíamos decidido matarlos y saquearlos. Pero una fuerza invisible nos impidió disparar, queríamos hacerlo, pero no podíamos".

El capellán luego le contó al delincuente cómo se habían encomendado a la protección de las Almas del Purgatorio, y que ellos atribuían su liberación a su protección.

El bandido no tuvo dificultad en creer. De hecho, hizo su conversión mucho más fácil. Murió con arrepentimiento.

Paul O’Sullivan, Léeme o laméntalo, págs. 22-23.


AN ADVENTURE IN THE APENNINES

A group of priests was called to Rome to treat of a grave business matter. They were bearers of important documents, and a large sum of money was entrusted to them for the Holy Father. Aware that the Apennines, over which they had to pass, were infested by daring bandits, they chose a trusty driver. There was no tunnel through the mountains nor train in those days.

They placed themselves under the protection of the Holy Souls and decided to say a De Profundis every hour for them.

When right in the heart of the mountains, the driver gave the alarm and at the same time lashed the horses into a furious gallop. Looking around, the priests saw fierce bandits at each side of the road with rifles aimed, ready to fire. They were amazed that no shot rang out. They were completely at the mercy of the bandits.

After an hour's headlong flight, the driver stopped and, looking at the priests, said: "I can not understand how we escaped. These desperadoes never spare anyone."

The Fathers were convinced that they owed their safety to the Holy Souls, a fact that was afterwards confirmed beyond doubt.

When their business was concluded in Rome, one of their number was detained in the Eternal City, where he was appointed chaplain to a prison. Not long after, one of the fiercest brigands in Italy was captured, condemned to death for a long series of murders and was awaiting execution in this prison.

Anxious to gain his confidence, the chaplain told him of several adventures he himself had had and, finally, of his recent escape in the Apennines. The criminal manifested the greatest interest in the story. When it was ended, he exclaimed: "I was the leader of that band! We thought that you had money and we determined to rob and murder you. An invisible force prevented each and all of us from firing, as we assuredly would have done had we been able."

The chaplain then told the brigand of how they had placed themselves under the protection of the Holy Souls, and that they ascribed their deliverance to their protection.

The bandit found no difficulty in believing it. In fact, it made his conversion more easy. He died full of repentance.


(Paul O’Sullivan, Read me or rue it)

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