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wtorek, 26 kwietnia 2016

CURACIÓN DE UN PARALÍTICO

En el asilo de las Hermanitas de los Pobres desamparados de Burgos, estaba recogido el anciano Luis Beltrán, natural de Covarrubias, provincia de Burgos, de setenta y cinco años de edad, completamente imposibilitado, con las piernas rígidas y el cuerpo encorvado, sin poderse mover sino con dos muletas.

Todos cuantos remedios se le aplicaron por los médicos resultaron ineficaces, por lo cual le habían dejado por incurable, y él se hallaba resignado a pasar en tan lamentable estado el tiempo que Dios le concediera de vida.

Durante la novena de nuestra Madre del Carmen, que se hace todos los años en aquel asilo con gran solemnidad, de 1921, el capellán de la casa, don Rosendo Álvarez, le impuso el Santo Escapulario del Carmen.

Tanto durante la novena, como en la Misa y en el acto de la imposición, nuestro anciano se encomendó fervorosamente a la Virgen Santísima del Carmen, pidiéndole la gracia de poder valerse sin ayuda ajena, al menos en las cosas ordinarias, para no tener que molestar.

No se hizo mucho de rogar esta bondadosa Madre. Cuenta el afortunado anciano que, apenas se le impuso el Santo Escapulario, notó en todo su cuerpo un temblor extraño, observando al mismo tiempo que sus piernas perdían su rigidez y que podía enderezar el tronco del cuerpo.

Su primera intención fue la de tirar las muletas y comenzar a gritar “¡Milagro, milagro!”, pero fue tal la impresión que esto le causó, que no podía convencerse de lo que estaba palpando.

Temeroso de ser víctima de una alucinación, continuó usando las muletas durante aquel día. Al llegar la noche, y antes de que el enfermo fuese, como de costumbre, a acostarse, tanteó cerrar la ventana sin ayuda de las muletas, lo cual verificó sin dificultad. Lleno de alegría, se desnudó y acostó sólo, siendo grande la sorpresa del enfermero cuando, al ir a meterle en la cama, le encontró ya en ella y su rostro radiante de alegría.

Al día siguiente, se vistió solo y se dirigió a la capilla como los demás, donde oyó la santa Misa y comulgó de rodillas, cosa que no había podido hacer desde que le cogió la parálisis.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 80-81.

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