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środa, 27 kwietnia 2016

LIBRADO DE UN PROFUNDO POZO

El venerable P. Miguel de la Fuente (1625), dice, en su “Compendio Historial”, que un niño de diez años, que vestía con devoción el Escapulario de nuestra Santísima Madre, ofendió con una simplicidad propia de sus cortos años y de su candorosa inocencia a un hombre desalmado, el cual, montando en cólera, lo hirió gravísimamente y, dándole por muerto, lo echó en un profundo pozo que había en las cercanías del lugar donde se desarrollara el suceso, para ocultar su crimen, cargándole o arrojando sobre el niño gran cantidad de enormes piedras, para dificultar más el que pudiera ser de algunos descubierta su monstruosa barbarie.
Al echarle de menos, sus afligidos padres corrieron como una exhalación en todas direcciones, por hallar vivo o muerto al hijo de sus entrañas, al que creyeron como Jacob a su José devorado por alguna fiera inhumana. Desconfiados de hallarle con vida, hicieron voto a la Santísima Virgen nuestra Madre de consagrarle a Ella en la Orden del Carmen como se les manifestase, y al instante comenzaron a paladear y gozar del fruto de su promesa, pues un humilde pastorcito, llamado Aníbal, que apacentaba sus ganados no lejos de aquel pozo donde se hallaba sepultado el niño devoto de la Virgen, vio que una de sus ovejitas, separándose de las demás, se iba acercando al pozo, corriendo peligro de caer dentro del mismo, por no tener brocal.

El pastorcito tiróle una piedra por ver si lograba alejarla de allí, mas, con el ruido vio que se acercaba más al borde, por lo que decidió ir él mismo a espantarla y alejarla. Mas, ¡oh milagro de la Madre de las misericordias! Tan luego como se acercó, percibió una voz lastimera y decaída que le llamaba por su nombre desde el fondo:

-“¡Aníbal, Aníbal!”, oyó el pastor que le gritaban. Turbóse todo con tan extraña novedad, y, asegurándose de lo que oía, corrió presuroso al lugar a fin de dar cuenta a la Justicia del suceso.

Corrieron todos despavoridos hacia el pozo y percibieron la misma voz que anunciara Aníbal haber oído. Amarraron con una cuerda a un joven decidido y le hicieron descender hasta el fondo.

Fue quitando una a una las piedras que cubrían el cuerpo del delicado niño y que hubiesen bastado para aplastarlo y matarlo sin remedio, si la Virgen no hubiera velado por él; y al reconocer que era Dominguito, a quien sus padres lloraban sin consuelo, comenzó a dar voces de indecible júbilo, comunicando a todos la fausta noticia.

Sacóle del pozo vivo, aunque con poquísimos alientos, por el gran peso que gravitara sobre el infeliz, mas al instante se recobró, pues, llevado en brazos al lugar, al siguiente día, que era sábado, le vieron del todo sano, jovial y alegre, sin recordarse de lo que pasara en el fondo del pozo por la ira de aquel hombre malvado.

Al día siguiente, domingo, le llevaron en procesión solemne a la ciudad de Nápoles, rodeándole inmensa multitud de fieles, y le condujeron a nuestro convento, donde, sin dilación, lo entregaron sus devotos padres a María Santísima, vistiéndole nuestro santo hábito.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 82-83.

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