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sobota, 23 kwietnia 2016

PRODIGIOSA CURACIÓN DE CONCEPCIÓN VASTARELLA

Pasada la gran cuesta, detuviéronse [la Condesa y su compañera, la señorita Ernesta Freda] en la primera explanada junto al palacio Mautone, en el sitio denominado Santa Teresa, número 81.

Sabían que allí vivía una señora de notoria piedad y muy caritativa, pero no la conocían sino por su sobrenombre, que era Vastarella. Dirigíanse a ésta con propósito de suplicarla se dignase aumentar la lista de bienhechores de la nueva obra de Pompeya, seguras de que en esta ocasión no desmentiría su bien acreditada opinión de muy piadosa. Tenía muchas escaleras el palacio.

—¿Nos haría usted —dijéronle al portero— el favor de decirnos dónde vive la señora Vastarella?

Con mucha gravedad, y sin moverse para nada de su puesto, contentóse el portero con señalarlas la escalera de la parte izquierda.

Comienzan a subir las dos señoras, pero en ninguna puerta ven grabado el nombre de Vastarella. Siguen subiendo, y ven en esto un letrero sobre una puerta del segundo piso, que decía Miccio. Estaba abierta la puerta, y se veía un tropel de gente que, con visibles señales de profundo pesar, entraba y salía.

—¿Nos hace usted el favor dedecirnos dónde vive la señora Vastarella? preguntaron las dos señoras a otra que entraba entonces en el cuarto.

—La señora por quien preguntan ustedes no vive aquí, sino en la otra parte; vayan ustedes por la escalera de enfrente.

—Dispense usted, que el portero nos ha dirigido por ésta.

—¡Ah, sí! exclamó entonces aquella, tiene razón el portero: la señora Vastarella hoy se encuentra aquí por un motivo muy doloroso por cierto; su hija está ala muerte.

Al oír tan funesta al par que inesperada noticia, pensaron volver atrás, pues era mucha indiscreción en aquellas circunstancias hablar a una madre desolada, que llora sin consuelo el inminente fatal desenlace de su hija, de proyectos y designios encaminados aglorificar a María y beneficiar al pueblo de Pompeya.

Afortunadamente en aquel mismo instante se dejó ver la otra hija de la Sra. Vastarella, la señorita Ana, que, cansada de llorar, con los ojos entumecidos por el llanto, salía del cuarto.

Como celadora que era del Sagrado Corazón de Jesús, bien pronto conoció a la Condesa, y creyendo, que iban con el piadoso intento de promover las inscripciones en la Cofradía del Divino Corazón, las invitó a que entrasen dentro, porque parecióla que las dos señorasllegaban muy oportunamente, como enviadas por la soberana Consoladora de los afligidos, para enjugar las lágrimas que en abundancia brotaban de los ojos de todos los de su familia, pero en especial de los de la madre, vertiendo en su traspasado corazón el dulce bálsamo de sus palabras inspiradas por la más viva fe y ardiente caridad. Entraron, pues, las tres en las habitaciones interiores, mudos testigos a la sazón de un espectáculo por todo extremo lastimero, y sobre todo encarecimiento doloroso.

Veíaseallí una joven esposa con el fruto de bendición en su seno, con la cara desfigurada, perdidos ya los sentidos y el habla, con la respiración sumamente anhelosa, parecida al estertor de la muerte, que presa de horribles dolores gesticulaba y hacíaespantosas contorsiones, revolviéndose atodas partes y agitándose extrañamente; con todas las señales precursoras de un fatal desenlace, que no dejaban la menor esperanza de vida ni para la madre ni para la infeliz criatura que traía en su seno.

Llamábase la desventurada señora, Concha Vastarella, hija de DonJuan y Doña Luisa Passaro, y esposa del Sr. Don VicenteMiccio. La ciencia se declaraba impotente, por boca de sus ilustres representantes el egregio Cav. Novi y el eximio profesor Cantani, para salvarla. Desahuciada, pues, por dichos renombrados médicos, sin esperanza en las prescripciones del arte saludable, y abandonada de la ciencia, veíase ante los fríos y tétricos umbrales dela muerte.

Sus afligidos padres, su desolado marido y todos de la familia, pedían con muchas lágrimas y fervorosas oraciones a Dios y asu bendita Madre por su salud, obligándose con voto formal y expreso.

Era cerca de mediodía, cuando se observó que la existencia de la enferma corría veloz hacia el término fatal de nuestra mísera y trabajosa carrera, hasta el punto que no vaciló en proferir el doctor Novi esta fatídica y sentencia: “otro acceso de convulsiones y acabóse todo”.

Hiciéronle salir de la alcoba al más que afligido, consternado padre de la paciente, y se llamó al ministro de Dios para que, en cuanto lo permitiese la en extremo dolorosa situación de la enferma, la confortase y dispusiese para el gran paso que iba a dar a la eternidad.

En tan dolorosas circunstancias, y en aquellos supremos momentos, entraba la señora Condesa en la casa delos Sres. Miccio.

Sin atreverse a mirar a la moribunda, se acercaron a su dolorida madre, que estaba en un sofá sumida en un abismo de dolor, pero dolor superior a todo encarecimiento, convertidos sus ojos en dos manantiales de amargas lágrimas.

Cuando cayó en cuenta de la presencia de las visitantes, aumentando su llanto compasivo, les dijo entra gemidas y sollozos.

—¡Ah señoras mías! ya no hay para mis males remedio: he recurrido al adorabilísimo Corazón de Jesús, y anuestra Señora de Lourdes que tantas lágrimas enjuga piadosa allá en las rocas y ásperas breñas de Massavielle, pero (¡ay desventurada de mí! todo ha sido inútil.

Entonces la Condesa, tomando la palabra con destreza, alabó su fervor, y la aseguró que también ella veneraba y tenía en mucho esas devociones, pero que el objeto de aquella visita no era ese, sino el de pedir aella y a su familia su poderoso concurso para llevar felizmente a efecto la obra que se trataba de realizar en el desolado valle de Pompeya, es decir, una nueva iglesia para gloria de Dios y del santo Rosario de su bendita Madre.

Y diciendo esto, refirióla sucintamente cuanto de extraordinario aconteciera sobre el particular hasta aquel entonces. Y considerando después el duelo que se había apoderado de aquella desolada familia, y reflexionando, por otra parte, sobre el caso impremeditado de encontrarse en una casa donde ella no era muy conocida y a donde había ido aparar aquella mañana más bien contra su intención, puesto que había salido de su casa con objeto de dirigirse ala vía Chiaia, y un desagradable eimprevisto accidente habíala obligado acambiar de itinerario, estando así pensativa y sin acordarse siquiera de visitar a la pobre moribunda, dijo a vista de todos, llena fe y con un acento de la mayor y más firme confianza, estas palabras:

No tengo la menor duda de que nuestra Señora del Rosario, por cuyo nuevo santuario he tomado este ímprobo trabajo y por lo cual me encuentro ahora en esta desoladísima casa, enjugará las lágrimas de todos ustedes, concediéndoles misericordiosa la gracia que también se ha dignado conceder a otras dos familias, trocando así su inmenso duelo en inefable consuelo—.

Entonces uno de los presentes, que hubo de ser el médico, al observar la extraordinaria firmeza, la seguridad con que les prometía la gracia, contestó a la Condesa diciendo:

—Peroestas palabras que usted, señora, acaba de proferir, parécenme atrevidas; la enferma está ya alas puertas de la muerte, y el caso es de los más desesperados.

—Y precisamente por eso —le replicó la Condesa— porque el caso es muy desesperado, brillará con más vivos fulgores el poder de nuestra dulcísima Madre de misericordia.

Después de esto, los invitó aque hicieran alguna promesa, obligándose acontribuir con alguna oferta, aunque fuese exígua, a la nueva obra de Pompeya, y aque rezasen con fe y devoción un rosario de quince misterios; y concluyó su exhortación recordándoles aquello del Evangelio:

—Tengan fe: “Habete fidem Dei” (S. Marc. c. XI, v. 22).

—¡Ay! repuso la angustiadísima madre de la moribunda—es muy grande el descaecimiento de mi alma; ya no tengo confianza; toda esta noche la he pasado rogando al adorabilísimo y misericordioso Corazón de Jesús, le he hecho muchas promesas, héle dirigido muy ardientes votos, pero ¡ay de mí! todo en vano. También me he encomendado, por medio de un voto especial, a la soberana y prodigiosa protectora de mi familia, nuestra Señora de los Dolores; he mandado cera a la Virgen de Lourdes; pero todo inútil; se me han caído ya las alas de mi corazón, y es tan grande el desfallecimiento de mi espíritu, que yo no sé qué hacerme; haga usted... pues, las promesas que quiera.

—Pues bien, contestóle la Condesa: prometa usted a la Divina Madre, que si movida a compasión de su duelo, la consuela en su inmensa tribulación concediéndola gracia que de su soberana clemencia desea alcanzar, ha de publicarla y procurar llegue a conocimiento de todos, dejando al efecto un atestado fehaciente.

— ¡Oh! no sólo haremos todo eso—respondió la afligida madre— sino que iremos a Pompeya, y allí, el mismo día que el Prelado ponga la primera piedra del nuevo santuario, y a vista de todos, publicaremos la maravillosa gracia que la Madre de gracia y de misericordia tenga a bien concedernos.

Dicho esto, llegaron a la alcoba de la enferma.

Esta hallábase a la sazón en el baño; daba lástima el verla: sus labios estaban cárdenos, dilatadas extraordinariamente las pupilas de sus ojos ya casi apagados, sus dientes muy apretados, presa dehorribles convulsiones todo su cuerpo, y ella sin sentido y sin conocimiento.

Hondamente impresionadas salieron de la alcoba la Condesa y su compañera, y muy emocionada por la tristísima impresión que acababa de recibir, volvió a su casa la Condesa, y comenzó a contar a la familia los inesperados sucesos que la habían ocurrido en su viaje de aquel día: que teniendo intención de ir a Chiaia, habíase encontrado en Capodimonte, había equivocado la habitación de Vastarella con la de Miccio, había visto con sus propios ojos la desolación de aquella cosa, el duelo de aquella desgraciada familia, y que conmovida por tan desgarrador espectáculo, les había prometido, sin la menor vacilación y quizá temerariamente, nada menos que un prodigio en favor de la moribunda, por amor de su nueva iglesia de Pompeya.

El temor, la incertidumbre, la duda y un tropel dediversos y encontrados afectos se apoderaronde todos los circunstantes: y fueron solemnes y de suprema expectaciónaquellos breves momentos—que entonces parecían siglos—que trascurrieron antes de que se supiese el éxito de la promesa. Y en verdad ¿cómo conocer si plugo o no ala soberana Reina del empíreo la absoluta confianza con que la Condesa aseguró a aquella familia su favor, hasta el punto de prometer anombre suyo un verdadero milagro?

- El mal de la señora Miccio —decíamos entre nosotros— corre veloz hacia la muerte. El estado en que la dejóla Condesa es en extremo aflictivo, desesperado, y no es posible dure mucho y por consiguiente, en el mismo díade hoy ha de resolverse el angustioso dilema: ola muerte de la infeliz señora, o la señaladísima gracia de la Virgen sin mancilla.

—¡Oh qué acontecimiento para la obra de Pompeya, que la Virgen santísima volviese sus misericordiosos ojos hacia la pobre enferma, arrebatándola de las desapiadadas fauces de la muerte con uno de esos soberanos rasgos de su maternal bondad!

Las campanas del vecino monasterio de Santa Mónica tocaban a vísperas.

Vivíamos a la sazón en el palacio del señor Passaro, numéro 290, en la calle de Salvator Rosa, barrio de San Efrem Nuevo. Conservamos gratísimos recuerdos de esta casa, como que en ella tuvo su nacimiento la obra de Pompeya, y en ella tuvimos la feliz nueva del primer prodigio que la bendita Madre de Dios obraba en favor de su nuevo santuario en este Valle de triste memoria. Recuerdo también como una tan grata noticia nos la trajo una dama de acendrada piedad, la señora duquesa Albertini SoriCaraffa.

—A estas horas—dijo entonces la Condesa—oha pasado ya a la eternidad la señora Miccio, o ha sido favorecida porla Madre de misericordia; o la muerte ha tendido sobre la desventurada familia su fúnebre manto y esta está anegada en llanto, o bien la bienaventurada Madre de la Vida la ha mirado propicia y benigna, y se ha convertido el llanto en júbilo, y los gemidos en cánticos de alabanza y acción de gracias. Salgamos, pues, de esta dolorosa incertidumbre. Llamó enseguida a su antiguo y fiel criado, y le dijo: —Vete al palacio Mautone —barrio de Santa Teresa— mira bien si el portón está medio cerrado, pues entonces sería señal cierta de que ha muerto ya la enferma, y así, sin entrar dentro ni preguntar nada anadie, vuelve luego; pero siafortunadamente vieres la puerta enteramente abierta, entra dentro y pregunta al portero cómo sigue la enferma.

El bueno del criado marchó con el recado de su ama, y mientras lo ejecutaba, fue para todos nosotros una media hora de sobresaltos y de la más temerosa ansiedad. Pero... ¿quién podrá describir nuestro gozo, nuestra alegría, nuestro alborozo cuando volvió nuestro mensajero y nos dijo:

—El portón está del todo abierto, y me ha dicho el portero que la Sra. Concha ya está buena.

Nos pusimos locos de contentos, nuestra alegría ya no conocía límites, y nuestro gozo era tan grande y tan intenso como había sido un momento antes nuestro sobresalto. ¡Oh! y como entonces, dando rienda suelta alos afectos de nuestro corazón, exclamamos en el exceso de nuestro júbilo, con el Real Profeta: “Secundum mnltitudinem dolorum meorum, consolationes tuae laetificaverunt animam meam!” Todos nos apresuramos apregonar por las casas y familias de nuestros parientes y amigos, hecho tan sorprendente, y maravilloso.

La santísima Virgen sostenía desde el cielo nuestra confianza—estoy por decir nimia y no sé si también temeraria—en Ella, y fortalecía los pasos tal vez algo atrevidos que dábamos por su obra.

Heaquí cómo ocurrió el milagroso suceso: Apenas salieron de casade la enferma la Condesa y su compañera, cuando allí mismo pusiéronse a rezar el Rosario entero las dos fervorosas señoritas - Elisa Scottiy Julia Torino, y ¡oh maravilla! a un mismo tiempo vuelven la madre y el hijo de los umbrales de la muerte a la plenitud de la vida. Desaparecen para no volver más, y a pesar de los más tristes pronósticos de su reaparición, las mortales convulsiones, y la mejoría de la moribunda, desde aquel momento, desde que la plegaria de las dos piadosas señoritas asciende, cual aromático incienso, hasta el trono de la soberana Reina del Empíreo, es instantánea, visible, rápida, maravillosa.

El 15 del mismo mes, que aquel año era Sábado Santo, la Sra. Concha Vastarella de Miccio, perfectamente restablecida, salía de casa para ir a visitar asus parientes, como se acostumbra por Pascua florida. La primera visita que hizo fue asu propia madre, quien al verla no cesaba de llorar de alegría.

Todos a una voz proclamaron el suceso como gracia extraordinaria, maravillosa de la maternal bondad de María, obtenida de su valioso patrocinio por la promesa hecha en favor de la nueva iglesia del Rosario de Pompeya.

Pero no fue, como se ha visto, una sola la gracia obtenida, sino dosa la vez, pues la Virgen Inmaculadaque tan a tiempo quería dar alos hombres inequívocas pruebas de lo mucho que gustaba el que en Pompeya se edificase un templo en honor de bu santo Rosario, y al propio tiempo querría sin duda fortalecer nuestra debilidad y auxiliar nuestra flaqueza animándonos a proseguir con denuedo la ardua empresa comenzada, no obstante que todavía se ignoraba el sitio venturoso que había de recibir en sus profundidades la piedra fundamental del templo, salvó juntamente dos preciosas existencias, la de la madre y la de la criatura

Poco después de tan faustísimo suceso, llegaba anuestra casa el Sr. D. Juan de Vastarella, acongratularse con nosotros y a darnos sus más entusiastas plácemes; y la Condesa volvió avisitar a aquella familia tan feliz y contenta ahora, y que, como es natural, estaba llena de ardor para la obra del nuevo Santuario. Y también antes de que concluyesen los sermones en aquella Cuaresma el mismo Sr. Vastarella mandó que se publicase desde el púlpito el prodigio en la iglesia de Montesanto, y lleno de gratitud ofreció ayudarme en cuanto le fuera posible para la edificaciónde la iglesia.

Junto con su familia y su hija, enteramente restablecida, vino conmigo a mi querida iglesia del Rosario, situada en Puerta Medina, y allí, al piedel altar, donde me consagré hijo dela Tercera Orden del Rosario, toda su familia abrazó aquella regla, y pudimos entonces llamarnos verdaderamente hermanos.

La bondadosa Reina de las celestiales rosas, dulcificabade esa manera los primeros trabajos y contratiempos de sus servidores, con los inefables consuelos de sus portentos.

Y hoy, después de haber pasado ya catorce años desde ese acontecimiento, hemos visto volver a los pies de esa milagrosa Madre en Valle de Pompeya atoda la familia Miccio y Vastarella, inclusa la Señorita Conchita, que siempre recuerda con suma gratitud la vida y la salud recibida por intercesión de nuestra Señora de Pompeya.


Bartolomé Longo, Historia del santuario de Pompeya.
Dedicado a la Santísima Virgen del Rosario,
Valladolid 21900, págs. 228-242.




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