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niedziela, 24 kwietnia 2016

ROMPE GRUESAS CADENAS DE UN COFRADE SUYO

Don Carlos de Verona fue cautivo de los moros, los cuales pusiéronle en una horrible prisión y estrecha custodia, cuando su alcurnia y nobleza eran más reconocidas.

Hallábase en una lóbrega y hedionda mazmorra, encadenado de pies y manos, maltratado y tan torturado que apenas si podía mover, para nada, los brazos.

Viéndose en tal tribulación y miseria tanta y que su rescate era casi imposible, por la fabulosa y cuantiosa suma que exigían los moros por el rescate de su persona, apeló a nuestra Madre y Señora del Carmen, con fervorosas y confiadas súplicas, rogándole con viva fe no le desamparase en tal trance y le sacase con vida de aquella tortura horrible que padecía.

Vestía desde su niñez, con gran devoción, el Santo Escapulario de María y con esta misma devoción crecía más y más su esperanza de ser liberado de aquellos tormentos.

Sucedió que una noche, cuando más fervorosamente clamaba, desde la negrura del triste calabozo, a la que es faro de indeficiente misericordia, hallóse que, deshechos los grilletes y cadenas, caían a sus pies hechos pedazos. Se le apareció María Santísima y transformó en cielo aquella lóbrega e infecta mazmorra. Asiéndole luego la mano, le sacó de ella y le condujo hasta dejarle en sitio seguro y a salvo de todo peligro futuro de parte de los guardianes.

Vuelto Don Carlos a Nápoles, refirió y publicó a los cuatro vientos el prodigio que con él había obrado la Madonna del Carmine, a fin de que todos le acompañasen a dar gracias a María Santísima que con él se dignó realizar tan estupendísima maravilla.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, págs. 53-54.

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