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poniedziałek, 25 kwietnia 2016

SALVA A UN QUINCALLERO

En la ciudad de Toro (Zamora) sucedió el siguiente caso, por los años de 1918: Un quincallero, sujeto de chapa, valiente, desgarrado, blasfemo y acaso también discípulo aventajado de Caco, tuvo un encuentro con uno de su estofa, del cual salió cosido a puñaladas. Llevado al hospital, los médicos le pronosticaron pocos días de vida. Enterado de ello un P. Carmelita, se fue inmediatamente a visitarlo. Al verlo el enfermo, se desató en blasfemias contra todo lo divino y humano. Dióle a entender el buen Padre, muy cortésmente, que, visitando en el hospital a todos, no era bien quedase él sin su visita, máxime siendo un forastero. Desde el hospital se fue el Padre al púlpito, donde aquella tarde había de predicar, y, terminado el sermón, rezó un Padrenuestro por un pobre moribundo que estaba a punto de condenarse. Al siguiente día volvió a visitarlo.

-“¿Cómo va de ayer a hoy, buen amigo?”

-“Padre fraile, ya le dije a usted que no quiero cosas de iglesias ni de curas; lo que quiero es coser a puñaladas al que me las ha dado a mí”.

-“Bueno, hombre, ahora no estás para eso. Espera a ponerte bueno y entonces ya veremos lo que hay que hacer”.

Se entretuvo con él breves instantes, por no hacérsele sospechoso. Terminado el sermón, volvió a rezar por él el Padrenuestro.

Al siguiente día notó el Padre que se hallaba algo más amansado que los anteriores días, y se atrevió a decirle:

-“Mira, hijo, tengo obligación de hacer por ti lo que pueda. Poco es ello, pero mientras se me ofrece coyuntura para cosa de más monta te voy a dejar este recuerdillo; ponte este Escapulario aunque no sea más que por ser cosa mía, de un buen amigo que te desea la salud”.

-“Bueno, como cosa de usted me lo pongo; pero siempre empiezan ustedes así, para engatusarnos”.

Con muy buen humor y con sal andaluza le refirió el Padre algunos chistes alusivos a su caso, y marchóse a predicar el cotidiano sermón. Mas, al poco rato de acabado el sermón, vienen a llamar al Padre de parte del quincallero, que se moría el pobrecito a chorros. Al llegar el buen Padre, le encuentra de rodillas en la cama:

-“Padre, dice, ¿qué me ha puesto usted al cuello que me está quemando? Pero no me lo quiero quitar, pues no sé lo que me pasa. Ya no pienso en mi enemigo; si no es para perdonarle de corazón; enséñeme usted algo de la Religión de Cristo; quiero ser como Dios manda y confesarme”.

Se confesó fervorosamente, recibió el Viático y la Unción de enfermos, muriendo el infeliz santamente cual otro San Dimas.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen,
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 69-70.

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