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sobota, 23 kwietnia 2016

SALVA A UNA MONJA CAÍDA

Refiere el devoto Cesáreo que en su tiempo hubo una monja llamada Beatriz, muy devota de la madre de Dios, la cual fue nombrada sacristana de su convento. Como era hermosa y agraciada, fue solicitada vehementemente por un eclesiástico que frecuentaba el convento; y no pudiendo ya resistir Beatriz a sus importunaciones se fue derecha a una imagen de la Virgen, tiró las llaves sobre el altar y dijo estas palabras: “Señora, hasta aquí te he servido lo menos mal que he podido; ahora no puedo resistir a las tentaciones que me asaltan: así te devuelvo tus llaves y te encomiendo tu iglesia.” Dicho esto se salió precipitadamente del convento con el que la había seducido.

Este malvado al poco tiempo la abandonó vilmente después de haberla perdido; de modo que viéndose la infeliz reducida a la desesperación se sumergió más en la carrera de perdición que había comenzado. Ya había pasado quince años en la disolución más espantosa, cuando la madre de bondad derramó un rayo de luz en su alma y la hizo acordarse del convento donde se había educado. En el acto resolvió volverse a él y ver si podría ser admitida con cualquier condición.

Llegada a la puerta del convento preguntó al portero, que era un anciano venerable, si conocía a la sacristana sor Beatriz. Pues ¿no la he de conocer, respondió el portero, si se ha educado aquí desde su niñez y es una de las monjas más virtuosas de este convento? A Beatriz le chocaron estas palabras; pero no comprendiendo el sentido de ellas tuvo miedo de quedarse. Cuando ya volvía la espalda, se apareció a su lado la Virgen santísima, en quien no podía pensar sin partírsele de dolor el corazón, y cogiéndola de la mano le dijo:

“Beatriz, hija mía, ¿no te acuerdas ya de la época en que no tenías pensamiento más halagüeño que el de hacerme algún servicio? Pues sábete que yo he estado aquí quince años enteros ocupando tu lugar y haciendo tu oficio, sin que nadie haya notado tu salida o advertido tu falta. Así quédate resueltamente, continúa en mi servicio y haz penitencia de los pecados cometidos. Yo seré siempre una buena madre para ti y no te abandonaré jamas.”

Al decir estas palabras desapareció, y Dios sabe si Beatriz quedó pasmada oyendo tales nuevas.


Francisco Poire S.J., La tríplice corona de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, tejida de sus principales grandezas: de excelencia, poder y bondad, y enriquecida con diversas industrias para amar, honrar y servir a esta Señora, Tomo 3, Madrid 1854, págs. 183-184.

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