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czwartek, 21 kwietnia 2016

SANACIÓN DE CLORINDA LUCARELLI

Clorinda Lucarelli, preciosa niña de unos doce años y huérfana de padre y madre, venía sufriendo desde el mes de Agosto de 1874 horriblemente, a causa do los ataques epilépticos de que era víctima.

A pesar de los remedios de la ciencia, que con tanto cuidado se le prodigaban, arreció el mal en proporciones tales, que sumió atoda la familia en un mar de tristeza y de consternación.

La tía de la desgraciada niña, la Sra. Lucarelli, que la quería y la amaba como a su propia hija, quiso consultar a uno de los más célebres facultativos de la ciudad, el ilustre Com. D. Antonio Carderelli. Este confirmó la opinión de los demás insignes facultativos, que calificaron de carácter epiléptico las convulsiones de la niña, y prescribió la cura que su ciencia le indicaba como más o menos provechosa, confesando a la vez, con grande sentimiento suyo, no poder asegurar a la afligida familia la perfecta curación de la desventurada niña.

Al oír ésta tan desconsoladora noticia, palideció, y sin decir una palabra, inclinó su hermosa frente en acto de perfecta resignación cristiana.

El primer día del hermoso mes de María, llevóla su tía a la iglesia do San Nicolás, donde se venera la prodigiosa imagen de la Virgen siempre pura, que en la gruta de Lourdes se definió a sí propia: “Yo soy la Inmaculada Concepción”, para que la Madre de misericordia volviese a ella sus misericordiosos ojos y la librase del terrible mal que sufría. Dále su piadosa tía a beber el agua milagrosa, la inscribe en la religiosa asociación intitulada “de Nuestra Señora de Lourdes”, ora con todo el fervor de su corazón para que la divina Señora se apiade de la enferma, y después de haber derramado su corazón ante el divino acatamiento, se levanta de la oración toda fortalecida, y vuelve a su casa llena de consuelo y de esperanza.

Pero Dios, en sus altos e inescrutables juicios, tenía reservado para otro tiempo y para el cumplimiento de sus soberanos designios, el mostrar al mundo la omnipotencia suplicante de su santísima Madre.

Clorinda sentíase peor cada día; las convulsiones eran más frecuentes y más violentas: la acometían cada dos o tres días, y no pocas veces todos los días, y aún repetidas veces al día.

Hiciéronla cambiar de aires, pero inútilmente, como quiera que por espacio de seis meses ni por el cambio de aires, ni por cuantas medicinas tomara, sintió pizca de mejoría; antes por el contrario, aburrida ya la enferma de tantos medicamentos y de su notoria ineficacia, dejó, sin decir a nadie, hacia el fin de Noviembre de 1875, toda medicina, desesperanzada de su virtud curativa.

La cariñosa tía, también cansada, ya como su sobrina, de la inutilidad de tantas recetas, y grandemente desconsolada viendo sin efecto todas sus promesas, sus votos, sus plegarias, haciendo como el último esfuerzo de su entrañable amor por la infeliz doliente, se dirige en espíritu a las peñas de Massabiell, a aquel santo monte que la Inmaculada Concepción santificó con su presencia y glorifica todos los días con sus prodigios en favor de la humanidad doliente, y animada ante el maravilloso espectáculo de tantos y tantos como allí cada día recobraban su amada salud, se propone enviar a aquel dichosísimo lugar a su amada enferma, confiando su cuidado a una Hermana de la Caridad, esperando que aquellas salutíferas aguas que a tantos dan la salud y la vida, se la darían también a su muy amada sobrina.

Pero ¿cómo dejar ni un solo momento apartarse de su lado a la que tan necesitada se hallaba de su continua asistencia, puesto que no ya tan solo de día, sino también de noche los terribles ataques del fiero mal la sorprendían a la infeliz, ocasionándola graves caídas y dejándola muy mal parada a consecuencia de éstas y de las contorsiones y sacudidas que recibía su delicado organismo, con incesante peligro de su vida?

Era la fiesta de la Purificación de la divina Madre, 2 de Febrero de 1876: y por la tarde, cuando en un momento la tía —que con tanto cuidado la vigilaba— la pierde de vista, se levanta presurosa, como si presagiase algo de siniestro, y va en pos de ella. Y ¿cuál no sería su terror al hallarla junto al pozo con la cabeza metida en la herrada? Probablemente la niña fue a beber agua, y acometida en el mismo acto por las convulsiones, estaba en peligro de caer al pozo y ahogarse.

Al día siguiente sufrió cual nunca; desde la mañana hasta la noche fueron tan frecuentes y tan violentos los ataques, que acababan con la niña, dejándola tan fuera de sí, que no conocía ni aún a las personas de su propia familia. Estaba su querida tía afligida sobremanera, y habíase apoderado tan grande desconsuelo de su corazón, que es imposible describirlo. En tan apurada situación hallábase la señora Lucarelli, cuando fue a visitarla la condesa de Fusco, y hablando de unas y otras cosas, vino por fin a recaer la conversación en el proyecto de una iglesia que se pensaba edificar en el histórico Valle de Pompeya, en honor del Smo. Rosario de María. Refirióla a este propósito algunos particulares extraordinarios con que el cielo favorecía los humildes principios de una obra tan santa. La indicó también cómo dentro de pocos días se iba a establecer en el mismo lugar de tan tristes y luctuosos recuerdos, la cofradía del Santo Rosario, exponiéndose por vez primera, con tan faustísimo motivo, a la pública veneración de los fieles de aquella comarca (cuyo abandono, bajo el punto de vista moral y religioso, era en extremo deplorable), una devota efigie de la divina Madre de clemencia.

Escuchaba el relato con atención la afligida señora, y al propio tiempo sintió renacer en su corazón una tan viva esperanza, que la movió a prometer a la soberana Consoladora de los afligidos que si a su amada sobrina la concedía el inestimable beneficio de la salud, consolándola por consiguiente a la vez a ella en su inmensa tribulación, se obligaba a concurrir con verdadero celo a la realización do tan buena obra. Era de esperar que la Madre de piedad (a quien nadie jamás acude en vano), acogiese benigna los ardientes votos de la atribulada señora, siendo ésta y sus sobrinas, hijas predilectas de la benignísima Madre, como terciarias que eran, desde hace algunos meses, de la venerable Orden de Penitencia del ínclito patriarca Santo Domingo de Guzmán.

La señora Lucarelli, llena de fey de esperanza como no la había tenido hasta entonces, inscribiéndose entre los asociados para la edificación del nuevo Santuario, exclamó con énfasis: “Condesa, si la Virgen del Rosario (aquien profeso devoción particular) tiene abien atender a mis ruegos y conceder la salud a mi sobrina, aquí me tiene usted asu disposición. Yo misma iré de casa en casa arecaudar las limosnas para la nueva iglesia de Pompeya. Por de pronto, aquí tiene usted mi óbolo, no ya de solos cinco céntimos almes, sino de cincuenta; y en prenda de la oferta que haré cuando reciba la tan deseada gracia, le anticipo a usted la limosna correspondiente atodo el año.”

La Soberana Reina de las Rosas místicas, que veía ya llegado el tiempo para manifestar a un mundo tan desleal, que corre veloz hacia su final ruina, su inmenso y misericordioso poderío, y que tal vez, como en las bodas de Caná, con su gran valimiento impetrara de su Unigénito la anticipación de sus prodigios en esta tierra del sepultado paganismo, miró propicia ala atribulada y piadosa señora, y acogió, como Madre de clemencia, sus humildes al par que ardientes ruegos. Y¡qué cosa más maravillosa! desde el mismo día, día verdaderamente de grata eimperecedera memoria, en que la santa y prodigiosa imagen se expuso ala pública veneración de los pompeyanos, desde aquella faustísima y memorable fecha de 3 de Febrero de 1876, que es en la que finalmente quedó establecida aquí canónicamente la Cofradía del Santo Rosario, vióse libre Clorinda de los terribles insultos del temeroso mal.1

Los insignes facultativos D. Marzio Castronuoso y D. Salvador Farina, que fueron los médicos do cabecera de la niña, no tuvieron ningún inconveniente en atestiguar solemnemente la gravedad del padecimiento de la enferma, bien así como la inutilidad de los medicamentos por ellos recetados, la rapidez del inesperado cambio, y la instantánea y perfecta curación de su terrible mal. En la cual curación, no pudiendo explicarse con los remedios sugeridos por la ciencia, antes bien oponiéndose aquella ala prognosis y a todas las provisiones de esta, la irresistible fuerza do la lógica constriñe alos mismos médicos a reconocer y aconfesar la directa intervención del Agente sobrenatural.

Esto era lo que se le pedía a la ciencia, y se obtuvo, como claramente se ve por los dos certificados que a continuación transcribimos:

l.° Certifico yo el abajo firmado, doctor en medicina y Cirujía, que la señorita Clorinda Lucarelli comenzó apadecer desde el mes de Agosto de 1874 inequívocos paroxismos de epilepsia central, los cuales hánse repetido, con intervalos más omenos breves, hasta el 3 de Febrero de 1876, y que desde ese día hasta la fecha no han vuelto a repetirse. Y es do notar que esta diagnosis acerca de la índole del padecimiento, no se apoya tan solo en mi opinión particular, sino que tiene también en su favor la dela consulta de facultativos que, junto con el ilustre profesor Comendador D. Antonio de Martina, la asentaron por segura y cierta, y como tal fue reconocida y confirmada por otro profesor, el Sr. Cardarelli, y todos de común acuerdo prescribieron el más enérgico tratamiento curativo farmacéutico ehigiénico, como el aire puro de la campaña, alimentación escogida, etcétera. etc. para la enferma; pero apesar del método curativo y de todos los medios terapéuticos que la ciencia reconocía por eficaces, y la fueron aplicandocon el mayor cuidado, eran frecuentes eintensas las convulsiones epilépticas, que la acometieron por todo el tiempo susodicho, y particularmente en los últimos meses. Y para que conste firmo el presente en Nápoles a8 de Majo de 1876. Marzio Castronuoso.

2Certifico el abajo firmado: que la señorita Clorinda, hija del ya difunto profesor Don Domingo, de edad de cerca de doce años, venía sufriendo desde ha algunos años convulsiones epilépticas que repetidas veces, así de día como de noche, la atacaban, hasta hace unos cuatro meses, sin que la ciencia pudiese asignar una causa proporcionada de tales efectos, y a pesar de las múltiples curas que se la practicaron; cuando de improviso, ysin hacer ningún uso de medicamentos, sin ningún linaje de humanos remedios, ha pasado de un estado el másconvulsivo a otro deperfecta salud, la cual todavía sigue disfrutando con la consiguiente admiración do todos.

Todo lo cual yo firmo y atestiguo bajo mi propia honra y mi conciencia, dispuesto a confirmarlo hasta con juramento.

Nápoles4 de Junio de 1876.—Salvador Farina, profesor y médico de cabecera.

Bartolomé Longo, Historia del santuario de Pompeya.
Dedicado a la Santísima Virgen del Rosario,
Valladolid 21900, págs. 172-181.

1 La noticia de este prodigioso acontecimiento está tomada del atestado que escribió de su propio puño y letra la misma distinguida Sra. D. Ana María Lucarelli con fecha 3 de Abril de 1873, y que fue leído en los púlpitos de Nápoles el siguiente mes del mismo año: en la parroquia del Monte Santo, por el R. P. Carlos Rossi, de la C. de J.; en la parroquia de Santo Domingo Soriano, por el R. P. G. Altavilla, también de la C. de J.: en la Iglesia de San Cayetano, por el R. P. de Felice, Teatino; y publicado en el periódico «Y Figli de Maria,» Cuaderno IX, 15 de Junio de 1873.


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