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czwartek, 28 lipca 2016

CONVERSIÓN DEL MAQUINISTA

Porque sólo Ella conjuró la maldición, trajo la bendición y abrió la puerta del paraíso. Por este motivo le va el nombre de «María», que significa «estrella del mar»; como la estrella del mar orienta a puerto a los navegantes, María dirige a los cristianos a la gloria.
(SANTO TOMÁS, Sobre el Avemaría, 1. c., p. 185).

Anónimo - Inmaculada, 1860-1870
El sacerdote Don Vicente Vela, Vicario coronel castrense de la Marina, testigo presencial, relata este suceso: 

«Era el año 1943. Con otros buques de la Escuadra Española se hallaba fondeado en El Ferrol uno de los destructores tipo “Alsedo”. El comandante del destructor supo que el maquinista suboficial del buque se encontraba en el Hospital de Marina en gravísimo estado, y sin pérdida de tiempo, voló al hospital para visitarle y consolarle.

El comandante pregunta a la religiosa sobre el estado espiritual del doliente:

- A juzgar por la imagen de la Virgen de la Caridad que se cuelga sobre su pecho -responde la Hermana- parece creyente, pero... se negó rotundamente a confesar.

El comandante -creyente a machamartillo y, por añadidura, portador del Santo Escapulario desde su infancia-, llevado de celo cristiano ejemplar, le dio a besar el crucifijo, que el enfermo besó más por acatamiento y respeto a su jefe que por veneración y afecto a Cristo Crucificado.

Le invitó a que se reconciliara con Dios, oponiéndose rotundamente. Le insistió con alientos paternales, pero todo fue inútil.

Desvanecida toda esperanza, y ante la fatigosa respiración del enfermo, el comandante, atribulado, se retiró a orar por él, no sin dejarle puesto un Escapulario del Carmen sobre su pecho.

Minutos después volvió el comandante, temiendo el desenlace fatal, y al largarle el último cabo ante el náufrago que se avecinaba, el maquinista impenitente pidió confesión.

El Santo Escapulario le dio alientos para las postreras palabras; terminada su Confesión, con profundas muestras de sincero arrepentimiento, murió plácidamente, mientras el Padre capellán le encomendaba el alma.»

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, p. 112.

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