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niedziela, 17 lipca 2016

DESESPERADOS, ¿CÓMO TENÉIS VALOR PARA PONER LA MANO EN MI SIERVA?

Si Ella te tiene de la mano no te puedes hundir. Bajo su manto nada hay que temer.
San Bernardo

Vicente, obispo de Beauvais, lumbrera refulgente de la orden de predicadores, que vivía en el reinado de San Luis, y varón de quien dice Tritenio que no tuvo igual en su tiempo, escribe que en la diócesis de Langres había una señora casada que hubiera llenado de confusión a muchos religiosos: tal era su ahínco para emplearse en ejercicios de devoción y penitencia y en obras de caridad. Pero como Dios solo conoce el interior de los corazones, aquella piadosa mujer ocultaba una úlcera interior capaz de corromper todas sus buenas acciones, y era un pecado cometido en su juventud que nunca se había atrevido a confesar, aunque concluían todas sus confesiones con estas palabras acompañadas por lo común de lágrimas y suspiros: 

- De todos estos pecados y de los demás que he omitido, me acuso a Dios y a vos, padre.

Fuera de eso tenía una confianza muy particular en la Madre de Dios, a quien veneraba con diversas devociones, y cuando encontraba alguna imagen de ella o se postraba delante de sus altares, se deshacía en llanto, se acusaba de su pecado, pedía perdón de él y la gracia de no condenarse por ese motivo. Su confesor, que al verla padecer aquella pena sospechaba estuviese atormentada de algún mal interior, la instó un día para que fuera a confesarse con un monje benedictino que moraba allí cerca, varón de gran virtud y fama. Lo hizo la señora así; pero con tan poco consuelo como recibía de sus confesiones ordinarias. Singular poder de la vergüenza que el enemigo de nuestra felicidad va introduciendo hasta en aquellas almas que observan arreglada conducta; especialmente cuando creen haber granjeado alguna fama de virtud.

Por fin la vergüenza que se apoderaba cada vez más de aquella pobre alma y la impedía de hablar, llegó al extremo de que ni el temor de la muerte próxima le dio valor para desatar su lengua y confesar el pecado oculto. Ella moría transida de dolor, no quedándole otra esperanza de salvación que una centella de confianza en la Madre de Dios. Para abreviar, muere, y al punto la agarran los demonios y con grande grita y feos improperios le ponen delante el pecado de su juventud ocultado siempre y las confesiones sacrílegas hechas desde entonces. Ella se ve en medio de tales monstruos y confusa y amilanada no se atrevía a implorar a su Abogada; mas la miraba con el corazón traspasado de sentimiento.

En el mismo instante llega la Madre de misericordia, que hasta entonces había impetrado la suspensión del juicio de aquella alma, y dirigiéndose a los monstruos les dice: 

- Desesperados, ¿cómo tenéis valor para poner la mano en mi sierva?
- ¡Tu sierva! –responde uno de la turba– y ¿con qué título das ese nombre a la que toda su vida ha seguido nuestros consejos y hasta en el mismo instante de la muerte se ha dejado llevar de nuestras sugestiones?
- No me toca a mí daros cuenta –responde la Virgen–, ella es mi sierva; salid de aquí.

Y volviéndose hacia su Hijo le pide perdón para aquella pobre alma sobrecogida de terror y espanto. 

- Venerada Madre mía –le dice el Salvador–, bien sabes que sin confesión no hay esperanza de salvarse y que aquella ha de hacerse en vida. No obstante, porque no me es permitido negarte nada, vengo por respeto tuyo en que esa alma vuelva a su cuerpo y borre sus pecados con la penitencia.

Dicho esto, la madre de Dios la encomienda a un ángel de su comitiva para que la lleve a su cuerpo. La señora resucitada con gran admiración do su familia manda llamar al confesor y declara su pecado oculto. Como la fama del milagro se hubiese extendido por todas partes, acudió mucha gente a ver aquella maravilla, y ella desde el lecho de muerte manifestó a todos el poder incomparable de María Santísima contando por su orden cuanto queda referido, que de otro modo no se hubiera sabido jamás: después inclinó blandamente la cabeza y se durmió con el sueño de los justos.

Bien sé que estos son casos privilegiados y que de ellos no debe de sacarse otra consecuencia que esta: que si la Madre de misericordia no puede consentir la perdición de los que se precipitan de suyo, mucho más deberá de cuidar de sus queridos hijos.

Francisco Poire S.J., La tríplice corona de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, tejida de sus principales grandezas: de excelencia, poder y bondad, y enriquecida con diversas industrias para amar, honrar y servir a esta Señora, Tomo 3, Madrid 1854, pgs. 122-124.

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