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niedziela, 31 lipca 2016

¡MISERICORDIA, OH SANTÍSIMA MADRE DEL CARMEN!

Nada hay en Ella austero, nada terrible; todo es suave. Mira con cuidado los Evangelios, y si acaso encuentras algo de dureza o de reprensión desabrida o alguna señal de indignación, aunque leve, en María, tenla en adelante por sospechosa y recela el llegarte a Ella. Pero si más bien (como es así en verdad) encuentras las cosas que pertenecen a Ella llenas de piedad y de misericordia, llenas de mansedumbre y de gracia, da las gracias a aquel Señor que con una benignísima misericordia proveyó para ti tal mediadora que nada puede haber en Ella que infunda temor. Ella se hizo toda para todos; a los sabios y a los ignorantes, con una copiosísima caridad, se hizo deudora. A todos abre el seno de la misericordia, para que todos reciban de su plenitud: redención el cautivo, curación el enfermo, consuelo el afligido, perdón el pecador [...]; en fin, toda la Trinidad gloriosa, y la misma persona del Hijo recibe de Ella la sustancia de la carne humana, a fin de que no haya quien se esconda de su calor. 
(SAN BERNARDO, Homilía en la Octava de la Asunción, 2)

El P. Francisco Boersio nos dice que, ajusticiando en Mántua a cuatro reos, uno de ellos vestía el Santo Escapulario, y aunque de tan estragada vida que merecía justamente el castigo, era, no obstante, devoto de la Santísima Virgen, y observaba con todo rigor las abstinencias de miércoles y sábados.

Llegados que fueron al suplicio, el devoto de María Santísima, fiado hasta entonces en su misericordia, prosiguió con más fervor en sus súplicas, fiando en María todas sus esperanzas, y, mientras subía las escaleras, le rezaba devotamente una Salve. Puesta ya la soga a la garganta y teniendo en sus manos una imagen pequeñita de la Señora, empezó a clamar con recia voz:

- !Misericordia, oh Santísima y misericordiosísima Madre del Carmen!

Y llamando la atención a los presentes prosiguió de esta suerte:

- !Oh, vosotros, los que sois padres, tened gran cuidado en que vuestros hijos nunca dejen la devoción a María Santísima!

Dicho todo esto, se volvió a un crucifijo y fervorosamente le pidió perdón de sus enormes culpas. Ya que fue tiempo de ejecutar la justicia, trataron de quitarle la santa imagen que estrechaba contra su pecho, mas no la quiso soltar. Se quedó el infeliz de rodillas, venerando la imagen de la Virgen, y aclamando fervorosamente:

- Tales favores reciben los verdaderos devotos de la Virgen Santísima del Carmen.

Entre tanto, el verdugo, excediéndose en la obligación de su oficio, tomó en su mano un terciado y, ciego de furor, levantó el brazo para degollarle. Pero no lo pudo conseguir por paralizársele el brazo.

Con este segundo prodigio no se pudo disimular ya tan portentoso milagro. Le quitaron las sogas de la garganta y no hallaron ni la más leve señal que atestiguase haber estado pendiente de la horca; así como tampoco de su caída al suelo.

Dieron los jueces la sentencia por cumplida, y absuelto ya jurídicamente de sus delitos. El sábado inmediato lo llevaron al convento de los carmelitas, donde cantaron una solemne misa a nuestra Madre en acción de gracias por semejante prodigio.

Llevaron después a presencia del Sr. Duque de Mántua, al devoto favorecido de María, para que le diese las gracias por su absolución. Se alegró infinito de verle el Sr. Duque, quien sonriente y alzándole del suelo, donde yacía arrodillado, le dijo:

- No a mí, que quise e intenté castigarte, sino a la Virgen Santísima del Carmen, que milagrosamente te ha librado, debes rendir toda la vida fervientes acciones de gracias, por tal merced y beneficio tan insigne.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 137-139.

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