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poniedziałek, 11 lipca 2016

NUESTRA SEÑORA DE POMPEYA SANA AL SACERDOTE ANTONIO VARONE

Si se levanta la tempestad de las tentaciones, si caes en el escollo de las tristezas, eleva tus ojos a la Estrella del Mar: ¡invoca a María!. 
San Bernardo de Claraval

Hacia mediados de Abril de aquel mismo año, el sacerdote Don Antonio Varone, de 56 años de edad, que vivía en Nápoles, en el Vico Paradiso alla Salute, número 65, cayó enfermo con un tifus maligno, junto con erisipela gangrenosa interna y externa, que se extendía desde las rodillas para abajo, hasta la extremidad de los pies, y cubría hasta las manos, la cara, la boca y la lengua, de modo que daba asco solo mirarlo. Empeorando cada día más, desahuciado por los médicos y llegado a los extremos, pidió y recibió los últimos Sacramentos de la Iglesia, el día 23 de Abril.

El médico que le asistía, Don Vicente Marsilia, le sacaba continuamente de la boca pedazos de gangrena, lo cual hacían asimismo sus amigos en ausencia del médico.

En una consulta habida con los médicos Don Rafael Valeri y don Clemente del Gandio, declararon estos que no quedaba ya esperanza alguna, y que solo un milagro podía salvar al enfermo de un desenlace funesto.

Varios señores que presenciaron la consulta, fueron testigos de ese dictamen, por lo que todos sus vecinos del barrio de la salud estaban afligidísimos, pensando en la pérdida inminente del digno sacerdote, que era amado de todos los que le conocían, y cada hora, por los balcones y en la calle, pedían al médico nuevas del estado del enfermo.

El sacerdote don Federico Caprioli, que había oído hablar de las gracias milagrosas conseguidas en Nápoles por medio de las ofrendas hechas para la nueva iglesia del Rosario en Pompeya, se llenó de esperanza; y aquel mismo día, que era domingo, tuvo una entrevista con la Condesa, con el fin de rogarle que fuese a visitar al enfermo, y recabase de él algún voto en caso de conseguir la salud.

La Condesa marchó enseguida para cumplir ese piadoso encargo, y al entrar en aquella casa, la halló llena de señores desconocidos que, gimiendo y llorando, la recibieron. Eran estos Don Vicente Varone, D. Enrique Sorrentino, D. Vicente Manzano, los sacerdotes D. Vicente Varriale, D. Rafael Guglielmi, D. Pascual Varone, D. José Lebano y otros que, traspasados de dolor, esperaban por momentos ver expirar a su amigo. La Condesa se acercó al lecho del enfermo, y le halló con la cara desfigurada, amoratada, los labios negros, la boca abierta, la respiración oprimida, y en tal estado en fin, que parecía iba a exhalar el último suspiro. Aquella vista llenó de horror e hizo estremecer involuntariamente a la Condesa; sin embargo, haciendo un esfuerzo sobre sí misma, dijo al enfermo: 

- Padre, la Virgen Santísima del Rosario de Pompeya está obrando grandes prodigios para su nueva iglesia. ¿Quiere usted prometer que si consigue la salud milagrosamente, lo manifestará a todos y dejará una escritura auténtica que así lo atestigüe?

Al oír esas palabras, el moribundo echó a 1lorar, y aunque con gran dificultad, contestó:

- Cumpliré todo lo que usted prometa en mi nombre; y cruzó los brazos como quien ruega, mientras que los circunstantes, puestos de hinojos, rezaban un Ave-María a nuestra Señora del Rosario de Pompeya. Todos lloraban, y la Condesa añadió:

- Tengan fe, que nuestra Señora concederá la gracia.

Pues bien; aquella misma noche empezó la mejoría; desprendióse la carne agangrenada, volvió a cubrirse la cara y el cuerpo todo de nueva piel, y hasta las uñas volvieron a renacer.

Viéndose ya del todo sano, parecíale haber sido mero sueño o juego de fantasía todo cuanto había ocurrido, y hasta la visita de una Señora que le había hablado de una iglesia que estaba para ser edificada en Pompeya, tomaba por una triste ilusión; así pues, creyó poder satisfacer su devoción con celebrar en acción de gracias el Santo sacrificio de la Misa en S. Nicolás de Tolentino, donde se tributaba homenaje de veneración a la Virgen de Lourdes, formando en su corazón el siguiente razonamiento: lo mismo da Lourdes que Pompeya, pues siempre es la misma la protagonista de mi culto, que es la Virgen sin mancilla, y yo me ahorro el ir hasta Pompeya.

Pero la Señora del Universo que, por altísimos fines, escogió este lugar para que en él la honren, con preferencia a otros muchos, y donde quiere que acudan sus hijos a rogarla y cantar sus alabanzas, permitió lo que vamos a poner a continuación:

Era el 12 de Junio, y habiendo oído la Condesa y yo la curación milagrosa del citado Presbítero, Sr. Barone, fuimos a visitarle, para hacernos con el atestado que había prometido, y para recibir de él las limosnas que hubiese podido recoger entre los fieles. Pero ¡cuál no fue nuestra sorpresa cuando le oímos primero, y después nos fue dado verle con nuestros propios ojos, postrado en el lecho, con una ardentísima calentara y agudísimos dolores!

Llenos de sentimiento y de asombro, preguntamos por la causa de esta nueva enfermedad, mas no se pudo recabar respuesta alguna.

Preguntamos después qué había hecho en orden a la iglesia de Pompeya, y habiendo entendido que no había hecho nada, le recordamos enseguida sus promesas, y le excitamos a cumplirlas para que volviese a recobrar la salud perdida.

Entonces, excusándose de lo pasado, prometió nuevamente no solo publicar el milagro por doquiera, si que también ir, tan pronto como pudiese, a Pompeya, y testificarlo al Sr. Obispo y a todos.

Pues bien; por la noche, en que parecía subiría de punto el mal, quedó por el contrario del todo libre y sano, de modo que llegado el día, pudo abandonar la cama y salir de casa a celebrar la santa Misa.

El día de la fiesta del Rosario hallábase el dicho Sr. D. Antonio Varone en el valle de Pompeya, celebró la santa Misa, y acabado el santo Sacrificio, entre un torrente de lágrimas que brotaban de sus ojos, contó a todos el acontecimiento prodigioso.


Bartolomé Longo, Historia del santuario de Pompeya. Dedicado a la Santísima Virgen del Rosario, Valladolid 21900, Págs. 252-257.

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