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wtorek, 12 lipca 2016

NUESTRA SEÑORA DE POMPEYA SANA A JUANA MUTI

María, eres la Madre del Universo. ¿Quién no se anima al verte tan tierna, tan compasiva, a descubrir sus íntimos tormentos? Si es pecador, tus caricias lo enternecen. Si es tu fiel devoto, tu presencia solamente enciende la llama viva del amor divino.

Santa Teresa de los Andes

Skalska-Madre de Dios
(Valle Mnikowska)
El primer día de Junio de 1876 íbamos la condesa y yo en giro, pidiendo una limosna a varias familias para llenar los fundamentos que ya estaban zanjados.

Íbamos preguntando, ya a uno, ya a otro de nuestros conocidos, quienes serían las personas más propicias a darnos un soldo al mes.

El padre Cirilo de Forio, d'Ischia, nos dijo que sabía de una familia rica y caritativa, que se llamaba Laghezza, y que vivía en la calle de Santa Teresa, número 75.

Fuimos enseguida allí, para hacerla suscribir por un soldo al mes. Era el 6 de Junio.

Aunque esos señores nos recibieron con mucha cortesía, sin embargo, al oír nuestra petición y no pudiendo prestar entera fe a nuestras palabras, para librarse de aquella importunidad exclamaron: «Es imposible edificar una iglesia con un soldo»; como si dijeran: desistan de esa utopía.

Entonces para convencerlos, les contamos que la Virgen del Rosario había ya concedido varias gracias a los que había concurrido a la santa empresa con ha soldo.

- Oh! si la Virgen se dignase hacer un prodigio —dijo la señora Carolina, la madre de familia— hoy sería el momento de mostrar su poder. Nuestra buena amiga Juana Muti se ha marchado de aquí para ir a la Villa Doria sul Vosnero, en estado muy grave, y el dueño de la casa, convencido de que dicha señora ha de morir allí de consunción, ha puesto en el contrato la cláusula de que el pago debe ser forzoso por tres años, y si muriese, su familia tendría que renovar del todo el aposento. Su médico nos acaba de decir que la pobrecilla está ya desahuciada. Todos sus amigos la lloran y nosotros estamos afligidísimos. Su querido marido don Fernando Muti está desconsolado; deja cinco huérfanos!

- Si es así —contesté— la enferma debe encomendarse a Nuestra Señora del Rosario, que para la edificación de su iglesia concede muchas gracias en estos días.

- No sabe usted —dijo una de las señoritas— ¡cuántos votos ha hecho su marido, cuántos dones ha ofrecido a varias iglesias!, pero todo inútilmente. Se ha cansado y perdido la esperanza...

- No pedimos votos ni donativos —contesté—. Pruebe su amiga lo que han experimentado tantos. He aquí la hoja de las Celadoras. 

Y diciendo esto, desarrollé un papel, en donde se leía arriba estas palabras: Para un templo a Pompeya. Empiece la enferma por poner su nombre al principio de la página con la pequeña dádiva de los soldos para el nuevo templo de María, y procure más asociados: empiece a obrar como celadora para la Virgen, y ésta no dejará de recompensarla. Prometa también que si alcanza la gracia se dará publicidad.

Así lo hizo. Aquella misma tarde las señoritas Laghezza enviaron a su amiga moribunda una carta, en la que decían hiciese un voto a la Virgen milagrosa del Rosario de Pompeya y la prometiese suscribirse como celadora de la nueva Iglesia, que debía construirse allí. Al mismo tiempo la mandaron también varios programas.

***
La señora Juana Sabbato de Muti estaba en cama en el último grado de consunción.

En Diciembre de 1875 se le notó una hinchazón con dolor al lado derecho, que fue definido por los mejores facultativos un tumor frío, que era preciso cortar para evitar tristes consecuencias. Pero con la esperanza de que desapareciese, dejaron pasar varios meses.

Después de varias consultas de las celebridades quirúrgicas y médicas napolitanas, sufriendo la enferma fuertes dolores en las vértebras, que hacían presumir se tratase de neurosis, se hizo una operación el 22 de Abril de 1876, y el 5 de Mayo se le puso un sedal. 

Es imposible decir los padecimientos que ocasionaba a aquella gentil señora la frecuente mediación del sedal. Además padecía de una tos obstinada con paroxismos de hora en hora, que la dejaban una gran postración. Y por último la sobrevino una broncoalveólide, que la daba una fiebre continua que subía hasta 40 grados.

Quedaba poca esperanza de salvarla la vida, pero para no dejar nada por hacer, fue inducido por varios médicos el cambio de aire, y la llevaron sobre la colina Soleado del Vomero. Pero allí arriba se puso peor y sentía acabarse la vida: Corrían malas noticias, quién decía que estaba moribunda, quién la tenía ya por muerta. 

En estas tristes circunstancias se hallaba la malograda señora cuando llegó la carta de las señoritas Laghezze. Al leer lo que la decían sus amigas y el Programa de la Iglesia de Pompeya la enferma se conmovió y al momento firmó su nombre en el papel, luego llamó a su madre, a su doncella y a toda su familia. Desde que se suscribió, sintió apoderarse de ella tal fe, que no dudó ya de su curación.

Llegó el 8 de Junio. Hacía precisamente un mes que la Virgen del Cielo había mirado y bendecido la humilde tierra de Pompeya, en la que se empezaba una obra que había movido cielo y tierra.

La señora Muti cayó en un gran sopor y la pareció ver a la Virgen del Rosario sentada sobre un trono con el niño Jesús en sus brazos, y con el rosario en la mano, pero sin diadema en la cabeza. Así precisamente estaba pintada la Virgen en el viejo cuadro de Pompeya, pero la enferma no lo sabía, ni le había visto jamás.

La parecía que la Virgen la miraba con gran ternura, y ella con insistencia y con abundantes lágrimas, la rogaba que la librase de tantos martirios que sufría y la sanase. Entre sus sollozos la mostraba al niño Dios como si quisiese por medio de la Virgen alcanzar esa gracia. Entonces la clemente Madre de Dios sonrió y la miró fijamente, echándole al mismo tiempo una cinta blanca sobre la que estaban escritas estas palabras: La Virgen del Rosario de Pompeya ha concedido la gracia a la enferma Juana Muti!

- ¡Oh Madre del Rosario! Oh Madre! así lo espero! ¿Es verdad lo que me dices? ¿Con que estoy curado? ¿No moriré? —repetía la enferma— todo desvaneció, ella no creía en sí misma, la parecía un sueño. Pero no había sido sueño el suyo, porque en aquel momento oyó perfectamente el movimiento y las palabras de las personas que estaban en el cuarto inmediato. ¿Con que era una aparición de la Virgen del Rosario? ¿Pero cómo explicar que la Virgen del Rosario estuviese sentada y sin diadema, cuando en todas imágenes se veía de pie y con la corona real en la cabeza? ¿Por qué la vio en esta nueva actitud?

No sabía la pobrecilla explicarse todo esto, pero a pesar de todo se sentía con nuevas fuerzas y vuelta a la vida. Un júbilo inusitado había invadido todo su ser. Lo emoción no la dejaba contar lo sucedido. ¿Pero cómo ocultarlo? ¿Por qué na participar a sus parientes y amigos el contento y la esperanza que llenaban su corazón? 

Hecho ánimo, llamó a todos a su alrededor y con lágrimas de ternura les contó su visión. De repente cesó la fiebre y la tos obstinada, y mientras la dichosa señora estaba aún hablando llena de animación, entró en la casa su marido Fernando Muti.

A1 verla sentada en la cama y contando el extraordinario acontecimiento sin que la molestase la tos, fue tal su conmoción que echó a correr a la cuadra, montó a caballo y fúese directamente a Nápoles para saber por las señoritas Laghezza lo que había pasado.

Llegando al aposento de aquellas señoras se hincó de rodillas ante doña Carolina y con lágrimas en los ojos exclamó: 

- ¡Me habéis devuelto mi esposa! - y les contó la visión, la mejoría, y preguntó qué significaba aquella Virgen del Rosario.

Las devotas señoras estupefactas ellas también de lo que veían no supieron decir otra cosa, sino que habían venido dos señores que querían erigir una Iglesia mediante una suscripción de un soldo y que querían dedicarla a la Virgen del Rosario.

No dijeron nada de la Imagen, de la corona que faltaba y demás.

Pero el hecho era que doña Juanita había visto la Virgen como está en Pompeya, y después de esta visión había vuelto de la muerte a la vida.

Las señoras Laghezzas llenas de una santa alegría por haber querido la Virgen servirse de ellas para cumplir un prodigio, fueron en seguida a dar cuenta de todo al padre Altavilla, a quien habían oído pocos días antes en Santo Domingo Soriano manifestar desde el púlpito con palabras ardientes, el valiente intento de erigir una iglesia católica en Pompeya con un soldo al mes.

El padre Allavilla a su vez se llenó de júbilo al ver que el cielo patrocinaba con señales visibles la nueva obra que él había predicado en Napóles y no tardó en participarnos la noticia a la Condesa Tuseo y a mí. De este modo fuimos juntos los tres, el día 13 de aquel mes, al Vomero, al Casino Doria para oír de boca de la enferma lo que había sucedido. La señora Muti francamente y como persona sana, nos contó el hecho con todos sus pormenores.

El día 30 de Agosto la privilegiada señora volvió a Nápoles, completamente restablecida causando la admiración de cuantos la conocían. Ella misma escribió de su propio puño el testimonio, que fue leído por el padre Altavilla a un numeroso público en la Iglesia de San Nicolás de Tolentino.

La madre de la enferma, Clementina Sabbato ofreció 50 liras paro la fábrica del templo; su hijo Redro, una casulla. Hay en el Santuario de Pompeya una lámpara de plata y un copón con el nombre de Juanita Muti, grabados sobre ellos, que están como perenne recuerdo de la primera aparición de la Virgen del Rosario, bajo el titulo de la Virgen de Pompeya, sucedida el 8 de Junio de 1876, al cabo de un mes que se había consagrado la primera piedra del templo de María.

***

Hoy han pasado 21 años, y la mujer a quien fue concedida la gracia vive aún, y cuantos la visitan en su casa en la calle de Toledo, número 24, cuando todos la creían en el umbral de la muerte, se maravillan y bendicen a Dios sin cesar.

Y ella, después de 21 años, es feliz cuando puede relatar la insigne gracia que obtuvo, y certificar haberla recibido por la milagrosa Virgen del Rosario de Pompeya.

Bartolomé Longo, Historia del santuario de Pompeya. Dedicado a la Santísima Virgen del Rosario, Valladolid 21900, págs. (41- 48).



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