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wtorek, 19 lipca 2016

UN COFRADE DEL SANTO ESCAPULARIO LLAMADO SANTIAGO CALPE...

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!
(La más antigua oración a la Virgen)

Un cofrade del santo Escapulario llamado Santiago Calpe, varón muy devoto de la santísima Virgen del Carmen, y que desde sus más tiernos años vestía el hábito de la Señora, mirándolo como un signo de salvación, iba cierto día a una quinta heredad propia, a algunas leguas de la ciudad. Mientras se encontraba en lo espeso de una selva, cubriéndose de improviso el cielo, estalló una deshecha tempestad. Un viento asolador, acompañado de una lluvia inundante, granizo y piedras de enorme tamaño se levanta de luego; y tan densas eran las tinieblas que cubrían la faz de la tierra, que solo a beneficio de la luz eléctrica del rayo podía ver el asustado caminante los objetos que le rodeaban.

Solitario se hallaba el infeliz viajero, sin abrigo, sin ver camino ni vereda por donde andar, ni lugar alguno do poderse guarecer, cuando un nuevo e inesperado incidente viene a arrancarle todas las esperanzas de salvación en medio de tan apremiante estado. Cae de repente sobre aquellos árboles y matorrales del erial una nube toda incendiada, que pegando fuego a toda la selva, tiende a reducirla a pavesas. Acometida de aquel elemento la persona de Santiago, no solo le consumió en un momento toda la ropa con que se cubría, sino que le tostó toda la superficie de su cuerpo, quedando libre y sin lesión úninicamente el Escapulario que vestía, y aquella parte del pecho y de la espalda que estaba en contacto con el vestido de salud.

No ponía fin el gastado Calpe en tan apurado conflicto a sus invocaciones, conjurando fervoroso el favor del Escapulario y protección de María. Poco le afectaban ya la vida temporal y los bienes materiales: sus clamores se concretaban a pedir a la Madre de Dios la gracia de no morir sin tener tiempo de confesarse; cuyos clamores escuchó la Señora, otorgándole su petición. Luego de sedada la tempestad, ansiosos los de la familia de Calpe, salieron en busca de él, recelosos de que hubiese sido envuelto en aquel triste cataclismo; y no se alucinaban por cierto. Pasando por aquel punto toparon con el infeliz, que, como estaba tendido sobre la tierra, le creyeron muerto a primera vista. Llamáronlo por su nombre, y apenas pudo responder. Tomáronlo en brazos cuando advirtieron que aun tenía vida, y lo llevaron a una quinta inmediata. Luego que estuvo allí, pidió se le pusiese el Escapulario sobre los ojos que tenía quemados, y al punto se sintió aliviado, pareciéndole que se los tocaba una mano muy blanda, recobrando de luego la vista de que el fuego lo privara. Pidió además que le llamasen un confesor, con el cual hizo una confesión de toda su vida con todas aquellas afecciones de fe y devoción que argüía el mismo caso; y habiendo pedido perdón a Dios y a los que se hallaban presentes, instó que le trajesen el santísimo Viático y la Extremaunción, cuyos sacramentos le fueron prontamente administrados.

Todos los que le asistían creían con fundamento que pocos ratos quedasen de vida a Santiago, confirmándolos más en sus ideas un súbito parasismo en que cayó el enfermo, acompañado de los más alarmantes síntomas de muerte: hasta el mismo sacerdote estaba en la creencia que hubiese llegado para aquel hombre el momento fatal. En tal estado, contra la opinión de todos los concurrentes, abre los ojos; y cuando creían que se abrían por ultima vez, mirando tranquilo a todos, dice con voz clara:

«No moriré por ahora. Mi vida ha de prolongarse hasta el sábado, día dedicado a mi madre y señora la Virgen del Carmen.» 

Todos quedaron sumamente admirados, y más aun cuando vieron que todo tuvo el más perfecto resultado. Llegado el sábado, sin que le hubiese sobrevenido nuevo accidente, dulce y suavemente exhaló su postrer aliento Santiago Calpe, mientras pronunciaba estas palabras: 

«Me voy al cielo, mediante la protección de María, por haber vestido su sagrado Escapulario.»

R. P. José Andrés de la Compañia de Jesús, Glorias del Carmelo, o sea esmerada sinopsis de las escelencias del orden profético, mariano, apostólico y eremítico del Monte Carmelo, fundada sobre la autoridad de innumerables padres y doctores, Tomo 1, Palma 1860, pgs. 194-196.

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