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niedziela, 21 sierpnia 2016

A UN CAPITÁN DE LOS TERCIOS

Honra, reverencia y respeta con especial amor a la sagrada y gloriosa Virgen María, porque es Madre de nuestro Padre soberano y, por consiguiente, nuestra gran Madre. Recurramos, pues, a ella, y como hijuelos suyos echémonos en su regazo en todo tiempo y ocurrencia, con firmísima confianza; invoquemos a esta dulce Madre, imploremos su amor maternal, procuremos imitar sus virtudes y tengamos un afecto verdaderamente filial con esta Señora.
San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, II, 16

Nuestra Señora de la Soledad
de Porta Vaga, Philippines
El célebre historiador Daniel de la Virgen María (+1678) nos refiere en su “Speculum” que en la ciudad de Malinas se hallaba de guarnición un capitán llamado Carlos Juples, hombre de vida libertina. 

Le sobrevino una grave enfermedad, que crecía de día en día, y con ella su rebeldía y obstinación, pues era de todo punto imposible el reducirle a mudar de vida y confesarse.

El capellán del ejército, compadecido de su desdicha, procuró por cuantos medios le sugería su piedad y celo, atraerle al redil del Buen Pastor; mas todos sus ardides resultaron ineficaces, pues se estrellaban contra aquel corazón disoluto y extraviado.

Mas he aquí que don Matías Emboli, que así se llamaba el capellán, supo por algunos camaradas del capitán que éste, pocos días antes de que cayese enfermo, recibió de manos de un antiguo compañero suyo el Santo Escapulario de la Virgen Santísima del Carmen.

Poco cuidadoso y solícito de la salud de su alma, nuestro alegre y juerguista capitán, apenas si lo había llevado un par de meses; quitándoselo luego para no soportar semejante engorro sobre sus arreos militares.

Sabido esto, respiró esperanzado y consolado el capellán, prometiéndose que lograría, por la intercesión de María Santísima, el que se convirtiese. Se llegó, pues, al desahuciado capitán, víctima de la más tremenda enfermedad y le dijo:

— Carlos, ¿quieres volver a llevar el Santo Escapulario que recibiste ha unos meses de manos de tu antiguo compañero de la infancia, el padre carmelita Fray Ambrosio? No dudes, hijo mío, que por la intercesión de María Santísima lograrás salir del Purgatorio en el sábado inmediato a tu muerte, como Ella prometiera a sus devotos. Yo te doy mi palabra de celebrar en el día del sábado una misa por ti en el altar de la Virgen Santísima del Carmen.

Apenas el capitán oyó nombrar a esta dulcísima y amorosa Madre, se derritió su corazón en copiosas lágrimas, hallándose sin fuerzas su obstinación para resistir a una gracia tan amorosa y persuasiva como le brindara con su Escapulario la Virgen Santísima. Se volvió a poner de nuevo el Escapulario, recibiendo los santos Sacramentos con visibles muestras de sincero arrepentimiento, y expiró con la placidez de un santo, en brazos del anciano capellán.

Al día siguiente, estando el capellán comentando con varios oficiales de su Compañía lo admirable y prodigioso del suceso y la santa muerte que había tenido, le sobrevino al venerable sacerdote un dolor vehementísimo en la palma de la mano izquierda, cual si tuviera una brasa encendida debajo de la epidermis. Era tan vehemente el dolor y tan inexplicable, que todos lo juzgaron como un recuerdo que le enviaba el capitán difunto desde el Purgatorio, a fin de que no se le olvidase el aplicarle el sábado la misa por su alma.

En efecto, los dolores le continuaron durante toda la semana, sin que hallara el menor alivio con los diversos remedios que le fueron aplicados.

Llegado el sábado, le acompañaron todos los camaradas y amigos del capitán para ofrecer por él la Santa Misa. Celebró el Santo Sacrificio en el altar de Nuestra Señora del Carmen, según le ofreciera, y en el momento de la elevación del cáliz, cesaron de improviso los dolores, mas con una novedad extraña, y fue el escuchar, al hacer el memento por los difuntos, la voz del capitán, muy suave cerca de sí, dándole las gracias, al par que se le abrieron, sin artificio alguno, unas llagas en la palma de la mano, por las que destiló copiosa sangre, cerrándosele al cabo de unos días, y dejándole una cicatriz, que no fue menor testigo para calificar la información jurídica de tan extraño y singular suceso.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 203-204.

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