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piątek, 12 sierpnia 2016

CONVERSIÓN ADMIRABLE

La consecuencia de esta comunidad de sentimientos y dolores entre María y Jesús es que María mereció ser reparadora dignísima del orbe perdido y, por tanto, la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y con su sangre.
San Pío X, Enc. Ad diem illum

En “La Semana Católica” de Madrid, en su número del 22 de septiembre de 1889, se refería este hecho: 

«Don Francisco Javier Zaldúa, ex-presidente de la República de Colombia y eminente jurisconsulto, no se distinguió mucho por sus sentimientos católicos. Había tomado gran parte en la expulsión de la Compañía de Jesús y otros desafueros análogos. 

Tenía dicho señor un hijo que, habiendo terminado brillantemente sus estudios en el Colegio Americano de Roma, se ordenó sacerdote y era muy devoto de la Virgen del Carmen. Hizo cuanto humanamente pudo por alcanzar de la Virgen la conversión de su padre, pero nada no lo conseguía.

Hallándose el señor Zaldúa desahuciado de los médicos, le dijo su hijo:

— Mi querido padre, ya que están agotados todos los remedios humanos, físicos o medicinales, ¿me permitirías ensayar para bien tuyo uno de orden espiritual?
— ¿Cuál es, hijo mío? — preguntó Zaldúa.
— Es sumamente sencillo: ponerte el Escapulario de la Virgen del Carmen.

Con gran sorpresa y alegría del hijo, el presidente Zaldúa inclinó la cabeza para que se le impusiera el Santo Escapulario, una vez que lo hubo recibido, preguntó a su hijo:

— ¿Qué obligaciones se contraen con este acto?
— La de confesaros — le respondió, emocionado, pero en tono imperativo, el buen hijo.
— Pensaré en ello — repuso con humildad el enfermo.

Mientras el hijo le daba tiempo para que se reconcentrase en sí y reflexionase, añadió el moribundo:

— Deseo confesarme — hijo mío, llama a un sacerdote.

Éste, que ya se hallaba prevenido de antemano por el hijo, confesó al señor Zaldúa, el cual no contento con confesar contrito y arrepentido sus pecados, añadió en alta voz que moría en la fe de la Santa Iglesia Católica y que deseaba reparar todo el mal que con su conducta o con su ejemplo había hecho a las almas, expirando luego de recibir el Viático, con muestras de sincero arrepentimiento.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 158-159.



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