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poniedziałek, 22 sierpnia 2016

EL AGUARDAR A ÚLTIMA HORA A CONVERTIRSE, ES HACER CAUDAL DE ESPANTOSOS TORMENTOS PARA EL PURGATORIO

“Vuelven al atardecer, aullando como perros, y recorren la ciudad” (Sal 59,7). Ingeniosa es la exposición que de este lugar del Salmo hace un escritor sagrado (Pablo Señeri SJ); esto es que los que aguardan a lo último a convertirse (sea lícito el decirlo) tratan a Dios de perro, cuando sólo dejan para Él los áridos restos de la vejez.
Carlos Rosignoli SJ 

Aquí quiero referir lo que le sucedió con el barón Sturton caballero ingles, por haber sido caso público y célebre entre los católicos, al paso que de grande instrucción para ellos y para todos. Lo referiré con las palabras de Dorotea de Arondel, señora de nobilísima sangre, ejemplo de virtud en el siglo y después modelo de perfección en el claustro, la cual presenció el caso y lo cuenta de esta manera:

«Suplicó mi madre un día al P. Comelio que ofreciese el santo Sacrificio por el alma de su difunto marido el barón Juan Sturton. La complació y en la Misa se estuvo el padre largo rato desde la consagración hasta después del Memento de difuntos. Concluida la Misa, meditó sobre aquellas palabras: “Benditos los difuntos que en el señor mueren”, y refirió haber visto una inmensa selva toda ardiendo y en medio de ella al barón Sturton que daba tristísimos gritos, doliéndose y acusándose de la mala vida que tuvo algún tiempo, y principalmente en la corte. Especificaba el haber disimulado, ahogando el grito de la conciencia, que era católico (porque asistía a la iglesia de los protestantes), con escándalo y grave daño espiritual de sus parientes. Pero sobre todo se lamentaba de un modo que estremecía de haber sido uno de los cuarenta y seis nombrados por la reina Isabel para sentenciar a muerte a la inocentísima reina María de Escocia, de cuya comisión tuvo tanta pena que se cree le aceleró la muerte. Todas estas particularidades refirió al padre, concluyendo con pedir misericordia con estas palabras que reiteraba con un acento de dolor imposible de explicar: “¡Apiádense, apiádense de mí, amigos míos, porque me ha herido la mano de Dios!” (Job 19,21); y desapareció en medio de estos lamentos. El padre le conoció bien aun por la cabeza calva que sobresalía un poco por encima de las llamas.

Lloraba cuando refería esto, y llorábamos todos los de la familia, que estábamos presentes, en número de más de ochenta personas. El criado de casa que le ayudaba a Misa (y que después murió generosamente por confesar la fe católica), vio y oyó lo mismo que el padre. Yo y otros que la oíamos vimos al mismo tiempo en la pared del altar un reverbero, como el que causa una llama grande cuando arde no lejos de un muro...» 

Hasta aquí ella.

Y no sería inútil añadir ahora lo que a continuación de esta historia escribió el P. Guillermo Westen, de la misma Compañía, el cual hallándose en Londres presenció la muerte del barón. Dice él que este caballero era uno de aquellos que juzgaban (permítaseme la expresión) poder pegársela a Dios, viviendo como protestante y muriendo después como católico, con sólo mantener en casa un sacerdote católico de quien pudiera servirse en el artículo de la muerte, confesando entonces la fe que había conservado en su interior. 

Pero sucedió que sorprendiéndole la última enfermedad en paraje muy distante de su casa, llegó el desgraciado al duro trance sin poderse valer del auxilio del sacerdote católico, como vanamente se había prometido. Verdad es que el Señor, por su misericordia, le infundió tal luz para conocer sus culpas, tal horror y arrepentimiento de ellas, y un clamar sin cesar pidiendo perdón, prometiendo y proponiendo, que no contento con el desahogo en que se satisfacía a sí solo, hizo llamar a cuantos de la familia tenía a la sazón consigo, y delante de ellos protestó que moría católico y que no hay otra religión en que el hombre pueda salvarse. Detestó sus numerosas, graves y escandalosas culpas, y protestó que si le fuera dado las lavaría con su sangre, así como las lavaba con sus lágrimas. Les suplicó que fuesen de esto testigos delante de los hombres, y sobré todo delante de Dios en el día del juicio tremendo: y con tales sentimientos entregó al Creador el espíritu, que como hemos visto, fue destinado a purgarse en tan largos y amargos tormentos.

Fuente: Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 26-29.






















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