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piątek, 12 sierpnia 2016

EL CAPITÁN AYUDANTE MAYOR DE SAINT-CYR

El infierno existe, si queremos creerlo o no. Es un lugar de castigo eterno para todos aquellos que han dejado este mundo rechazando obstinadamente la misericordia de Dios. Enseñó la misma verdad nuestro Salvador Jesucristo, con seriedad y autoridad por encima de cualquier ciencia humana.
Thomas. A. Nelson

Permitidme, amados lectores, que os refiera un hecho muy curioso que pasó en la escuela principal de Saint-Cyr en los últimos años de la Restauración.

La escuela tenía entonces de capellán a un eclesiástico muy virtuoso y de talento, que llevaba el raro nombre de Rigolot [significa “Divertido”], y predicaba a los jóvenes de la escuela, que cada tarde se reunían en la capilla antes de subir al dormitorio.

Cierto día que el digno capellán había hablado admirablemente del infierno, concluida la ceremonia, se retiraba con una palmatoria en la mano a su aposento, que estaba situado en una sala reservada a los oficiales. Cuando abría la puerta, oye que lo llama alguien que lo seguía en la escalera, un anciano capitán de bigote gris y postura poco fina. 

— Perdonad, señor capellán — le dice en tono algún tanto irónico, — acabáis de hacernos un hermoso sermón sobre el infierno. Únicamente os habéis olvidado de decirnos si en el fuego del infierno seremos asados, o tostados, o hervidos. ¿Podríais decírmelo?

El capellán, viendo con quién tenía que habérselas, lo mira en el blanco de los ojos, y poniéndole su palmatoria frente al rostro, le responde tranquilamente: 

— ¡Allá veréis, capitán!

Y cierra su puerta, no pudiendo contener la risa al ver la figura a la vez simple y aturdida del pobre capitán.

No pensó más en ello; pero desde entonces le pareció que el capitán le volvía los talones, por lejos que lo viese. Sobrevino la Revolución de Julio y fue suprimido el cargo de capellán militar, tanto en el colegio de Saint-Cyr como en los demás, siendo el clérigo Rigolot nombrado por el arzobispo de París para otro puesto no menos honroso.

Unos veinte años después el venerable sacerdote se encontraba una tarde en un salón, en que había una numerosa sociedad, cuando vio que se dirigía a él un caballero anciano y de bigotes blancos, que lo saludó preguntándole si era el señor Rigolot, en otro tiempo capellán de Saint-Cyr. Y habiéndole contestado afirmativamente:

— ¡Oh, señor capellán! — le dijo con emoción el anciano militar,  — permitidme que os estreche las manos y os exprese toda mi gratitud: ¡vos me habéis salvado! 
— ¡Yo! ¿y cómo ha sido?
—¡Qué! ¿no me conocéis? ¿Os acordáis de una noche en que un capitán instructor de la Escuela, habiéndoos planteado una cuestión ridicula, le respondisteis, poniendo vuestra bujía debajo de su nariz: “¡Allá lo veréis, capitán!” Ese capitán soy yo. Sabed que desde entonces aquellas palabras me persiguieron por todas partes, no menos que el pensamiento de que iría a quemarme en el infierno. He luchado diez años, pero al fin he tenido que rendirme: he ido a confesarme y me he vuelto cristiano, cristiano a lo militar, es decir, todo de una pieza. A vos debo esta dicha, y me considero muy feliz al encontraros para poder decíroslo.

Si alguna vez, mi querido lector, oyes a algún malvado suscitar descabelladas cuestiones sobre el infierno y su fuego, responde con el sacerdote Rigolot: 

— Allá lo veréis, amigo; allá lo veréis.

Os aseguro que no tendrán la tentación de ir a verlo.

Mons. Louis-Gaston de Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo, 
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, pgs. 93-95.

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