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niedziela, 21 sierpnia 2016

EL MÍSERO EDELARDO

Siempre que libráis un alma del Purgatorio, hacéis al Señor tal servicio como si a él mismo le libraseis de la esclavitud. Seréis recompensados en tiempo oportuno.
Palabras del Salvador a Santa Gertrudis

Es muy recomendable la caridad del piadoso Mauro, abad de Fulda y después Arzobispo de Maguncia. Refiere de él Tritemio, que debiendo ser socorridos los pobres generosamente conforme a sus órdenes, el procurador del monasterio, llamado Edelardo, poco solícito de la ajena indigencia, disminuía con frecuencia los socorros a éstos destinados. Entre otras cosas [el abad] había dispuesto que cuando un monje pasase a mejor vida, la ordinaria porción que a éste tocaba se distribuyese a los pobres por espacio de treinta días, a fin de que esta limosna sirviese al difunto de sufragio. Pero el avaro procurador desatendía con frecuencia el cumplimiento de este mandato, o bien lo difería hasta después del trigésimo día, dejando así pasar un tiempo consagrado al alivio de los difuntos, conforme a la antigua tradición tan observada por San Gregorio el Grande. 

Acaeció en el año 830 una epidemia que se llevó buen número de individuos del monasterio; y el abad, redoblando su caridad, recomendó nueva y encarecidamente al procurador el cumplimiento de la antedicha disposición, prometiendo éste su puntual observancia. Pero Edelardo, avaro, de estrecho corazón y mezquino, desobedeció al superior: fue cruel con los pobres y más aún con sus hermanos difuntos. ¡Oh cuán perjudicial es la avaricia, sobre todo en el religioso! Por temor que faltase a los vivos defraudó a los muertos de los sufragios, y a los pobres de las limosnas. 

Entretanto la Justicia divina no dejó impune semejante codicia, porque muy afanado un día en intereses temporales, muy de noche y cuando los monjes se habían entregado al ordinario reposo, le ocurrió haber de pasar por el capítulo llevando una linterna en la mano. Allí vio al abad con número mayor de religiosos de los que había a la sazón en el monasterio, y que ocupando cada uno su silla parecía que deliberaban sobre algún negocio. Se quedó asombrado a la vista de tan inesperada reunión capitular; y esforzándose un tanto se atrevió a observar los semblantes, y sin más reconoció a los que habían fallecido en la epidemia... 

¡Oh! Entonces, helándosele la sangre, se quedó como una estatua. Pero el terror fue nada comparado con el castigo que se siguió, porque levantándose el abad y los demás se le echaron encima, y dejándole desnudo descargaron sobre él tales y tan duros azotes que quedó medio muerto, máxime que los flagelantes, acompañando con gritos los azotes, le decían con amarguísimo acento: 

— Toma, infeliz, toma el premio de tu codicia, que cuando pasados tres días te cuentes entre nosotros, recibirás algo más; y ten entendido que los sufragios de limosnas que deberían aplicarse a tu alma te serán quitados y aplicados a nosotros, a quienes tú has defraudado — y diciendo esto no fueron vistos más, quedándose solo tendido y medio muerto.

Levantándose a media noche los monjes para ir a Maitines y viéndole tendido en la sala capitular, le tomaron en brazos y le condujeron a la enfermería, donde procuraron suministrarle los remedios que pedía su lastimoso estado; pero él, rompiendo el silencio, ¡por Dios!, dijo con voz lastimosa, llamadme inmediatamente al padre abad, porque mi alma es la que necesita de medicinas más que el cuerpo, al que ya no alcanzan; y hallándose presente aquél con todos los monjes refirió lo que le había acaecido, de cuya verdad eran buen testimonio las llagas de que estaba cubierto su cuerpo. Mas por cuanto en el término de tres días debía comparecer ante el Tribunal de Dios, con grande arrepentimiento de sus culpas pidió los Santos Sacramentos, que sin dilación le fueron administrados, recibiéndolos él con extraordinaria devoción. Comenzó luego a debilitarse, hasta que entre las palabras de consuelo que le dirigía el abad y las fervorosas oraciones que sus hermanos hacían por él, entregó el espíritu justamente al concluir el tercer día.

El abad dispuso que inmediatamente se cantase por él Misa de Réquiem, y que conforme a la práctica, se distribuyese a los pobres por treinta días la porción que le correspondía estando vivo. Mas no por esto concluyeron sus penas, porque pasados los treinta días se apareció al abad en penosísima actitud; y asustado éste y conjurándole le dijese cuál era su suerte, respondió: 

— Buena por la misericordia de Dios, pero todavía estoy sumergido en penosísimos tormentos, porque aunque me han aliviado mucho las oraciones hechas por mí en el monasterio, no puedo obtener pleno perdón hasta que primero hayan ido a gozar de Dios aquellos nuestros hermanos a quienes yo defraudé por mi dureza de corazón, pues aun el mérito de la porción que en mi nombre habéis dado a los pobres, por justa disposición de Dios ha sido a ellos adjudicada. Te ruego, pues, Padre mío, que hagas distribuir una porción doble, que con esto confío quedará satisfecha la divina Justicia y tendrán fin mis padecimientos.

El abad se lo prometió. Y he aquí que concluido el segundo mes se le aparece de nuevo Edelardo, vestido de blanquísima túnica, rodeado de luz y con celestial gozo y serenidad en el semblante. Dio afectuosísimas gracias por la caridad que le habían hecho, y prometió que en el ciclo, cuya puerta le estaba ya abierta, no cesaría de procurar a sus bienhechores las divinas bendiciones (...)

Desde entonces, los buenos monjes no sólo atendían a los pobres con más solicitud, sino que, quien más, quien menos, todos entonces se abstenían de una parte de su ración ordinaria para aumentar con ella la limosna de los pobres, como sufragio de los difuntos.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio,
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 14-18.



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